¡Qué bello es morir!

El museo abrió sus puertas y la larga cola de gente que permanecía a la espera fue desapareciendo de forma ordenada y sin atropellos. El día había amanecido desapacible y lluvioso en París pero a pesar de ello y dada la fecha —14 de julio— se esperaba una afluencia masiva de visitantes. Bjorn subió la escalinata que daba a la puerta principal del Louvre poco después de que entrase la última persona que permanecía en la cola. Pasó junto al guarda de la entrada forzando una sonrisa y haciendo una imperceptible reverencia. El guarda sonrió asintiendo, quizá pensando en lo raros que son los nórdicos, que en pleno verano se pasean por los mundos de Dios embutidos en gabardinas abotonadas hasta las cejas.

Bjorn era, efectivamente, de ascendencia sueca. Su altura, su larga melena y sus ojos de un azul turquesa propio de los mares caribeños, le daban esa apariencia típicamente nórdica. Su padre había sido en su día embajador en Iraq, por lo que Bjorn pasó parte su juventud en aquél país, quedando prendado de su cultura y del hechizo que todo lo oriental provoca en muchos occidentales. De vuelta en Estocolmo y en contra del parecer de sus padres, abrazó el islamismo como religión, siguiendo al pie de la letra sus mandatos y obligaciones.

Ya dentro del museo se dirigió al departamento de antigüedades orientales, donde pudo observar maravillado todo el arte asirio y mesopotámico. Bjorn miraba deslumbrado hacia todos lados, disfrutando del ambiente que allí se respiraba y del esplendor de esas antiguas civilizaciones que varios milenios atrás fueran el referente en cuanto a poderío militar y cultura se refiere. Se emocionó al pensar en un resurgimiento de esas civilizaciones, libres de la opresión de las potencias occidentales y de su errónea concepción del universo. Caminaba inmerso en estos pensamientos cuando pasó cerca de un grupo de japoneses que atendía a las explicaciones que daba su guía a los pies del Código de Hammurabi. Se sumó al grupo sin que los japoneses advirtiesen su presencia, asintiendo distraídamente a las acertadas explicaciones de la competente guía.

Salía del departamento oriental cuando oyó una voz a sus espaldas: —¡Eh, oiga, deténgase! La sangre le subió a toda prisa a la cabeza. Se volvió lentamente y vio que un guarda se acercaba a él a grandes pasos. Llevó inconscientemente su mano derecha al bolsillo de la gabardina y se sintió morir.
—¿Esto es suyo? —dijo el guarda con el brazo extendido portando un objeto en la palma de la mano. —¡El mando del garaje…! ¡Oh, sí, gracias…! No sé lo que hubiera hecho de haberlo perdido.
—Tenga cuidado —volvió a mediar el guarda— en los tiempos que corren no están muy bien vistos estos artefactos.

El guarda llevó su mano a la visera de la gorra a modo de saludo y con una sonrisa complaciente se alejó para continuar con su rutina. Bjorn emitió un hondo suspiro y se palpó el costado izquierdo. Su corazón se había disparado y parecía una caldera de vapor a punto de estallar. El museo estaba ahora a rebosar en cuanto a visitantes. Por todas partes se veían grupos que iban de aquí para allá conversando animadamente y comentando las maravillas que se mostraban a sus ojos. Calculó en unas dos mil las personas que en ese momento estarían en el interior del museo. “Buen número” pensó. Introdujo su mano izquierda en el interior de la gabardina comprobando que todo estuviese en orden. Su mano derecha se deslizó por el bolsillo acariciando el mando. Cerró los ojos encomendándose a Alá al mismo tiempo que apretaba con fuerza los dientes. Pulsó el botón para abrir la puerta de acceso al mundo de los santos, de los inmolados, de los mártires. Al mundo que a partir de ahora sería su nuevo reino.






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