"La verdadera tragedia de un naufragio"

Un chirrido espantoso quebró la noche, recorriendo la superficie de un océano inusualmente tranquilo. El sonido se prolongó por espacio de unos diez segundos y luego todo quedó otra vez en silencio. Damian Orlowski se despertó sobresaltado y comenzó a vestirse con toda la rapidez de que fue capaz. Cuando abrió la puerta de su camarote y salió al pasillo ya había algunas personas que iban y venían preguntándose angustiadas por lo sucedido. Eran las veintitrés horas y cuarenta y cinco minutos del día 15 de abril de 1912.

Damian Orlowski era un competente científico polaco que trabajaba en Inglaterra en el campo de la ingeniería celular. Su trabajo lo llevaba con mucha discreción, por lo que sus superiores, si bien sabían en qué invertía el tiempo, no estaban del todo al corriente de sus descubrimientos y avances. En las últimas semanas Orlowki había dado un paso definitivo en su investigación, logrando llegar al final de lo que tantos años llevaba persiguiendo y tantos sacrificios le había costado. Comunicó a la dirección y a los inversores americanos que su trabajo se acercaba a su fin y que lo pondría en conocimiento del mundo científico en un viaje que próximamente haría a los Estados Unidos. El día 10 de abril se embarcó en un trasatlántico para cubrir el trayecto Southampton-Nueva York.

¡CQD, CQD…! ¿Alguien puede oírnos? Hemos colisionado con un iceberg y tenemos serios problemas ¡S.O.S.! –Imploraba el radiotelegrafista una y otra vez.

-El Carpathia es el más cercano, capitán, y está a unas 60 millas. Forzando la máquina tardará unas cuatro horas en llegar.
-¡Maldita sea, Philips! Nos quedan apenas un par de horas antes de que todo se vaya al carajo. El Carpathia está demasiado lejos. Siga insistiendo, por Dios.

Al poco tiempo del impacto la gente, aturdida, ya corría de un lugar para otro sin saber qué hacer. Los pasillos de los camarotes eran una continua marabunta humana, una peregrinación de pasajeros angustiados que iban y venían sin un destino, con el único fin de llegar por todos los medios a la cubierta principal y allí informarse de lo que estaba sucediendo. Oficiales y marineros de la tripulación intentaban en vano calmarlos y les apremiaban para que se pusiesen los chalecos salvavidas. En esos momentos de tensa agitación Damian Orlowski vio como una madre con su hijo en brazos era derribada y pisoteada brutalmente hasta perder el conocimiento. Nadie se detuvo para prestarles auxilio. Se quedó mirando al pequeño unos instantes y dudó si ir en su ayuda, pero viendo sus propios brazos ocupados por el voluminoso maletín desvió su mirada, volvió sobre sus pasos y siguió a la gente que se dirigía atropelladamente hacia la cubierta de primera clase.

La cubierta principal era un desordenado caos donde nada parecía estar en su sitio. Por todas partes se veía a gente corriendo, intentando integrarse en los grupos que estaban organizando los oficiales para evacuar el navío. Algunos miembros de la orquesta, que momentos antes habían estado amenizando la cena, tocaban ahora allí. Sus caras, a pesar de la agitación, eran animosas; sus gestos, exagerados. Ponían especial empeño en parecer serenos sin acabar de lograrlo del todo. Sus piezas, alegres en el comedor, sonaban ahora con una carga dramática rayando en lo funesto. Abajo, en la superficie del agua, varios botes sobrecargados se alejaban a toda prisa del barco. Sus tripulantes intentaban apartar con los remos a gente que nadaba desesperada hacia ellos. Fue en ese momento cuando Orlowki pudo comprobar la verdadera magnitud y gravedad del desastre. La proa del navío empezaba a sumergirse, siendo ya notoria la escora hacia el lado de estribor. La popa estaba casi en su totalidad fuera del agua, de manera que pronto empezarían a asomar las hélices. El Titanic estaba sentenciado.

Damián Orlowski vio la oportunidad y pensó que no podía perder más tiempo. Se acercó al grupo de gente menos numeroso y le dijo al oído al oficial que era vital que él tuviese prioridad, dada la importancia de los documentos que llevaba encima –le mostró el maletín- El oficial ni siquiera le miró cuando le espetó:
-¿Más importantes que la vida de estas personas? Póngase a la cola y espere su turno.
-Le repito, oficial –insistió- que llevo documentación importantísima y puesto que lo ha mencionado, mucho más importante que la vida de todas esas personas. Tiene que dejarme subir.
-¿Acaso está sordo? Le he dicho que espere su turno. Para esta gente también es vital subir al bote. Además… no puede subir con equipaje. Tenemos órdenes tajantes de que a los botes salvavidas solo suban pasajeros. Nada más.

Orlowski abrazó con todas sus fuerzas el maletín y se dispuso a subir, costase lo que costase, golpeando en su acción a varias personas que le precedían en la cola. El oficial le cortó el paso, agarrando con sus manos el portafolios con el fin de arrebatárselo. Forcejearon sobre la borda unos instantes, hasta que en un intento por desprender el maletín de las manos del oficial, Orlowski dio un fuerte tirón y, soltándose aquel, perdió el equilibrio cayendo al mar. El oficial se quedó mirando fijamente la fatal trayectoria, hasta que el maletín y su dueño desaparecieron abrazados en la negrura de las gélidas aguas.

Nunca llegó a saberse lo que contenía aquel maletín. Si el oficial hubiese sabido que portaba la solución al enigma más codiciado por la humanidad desde el inicio de los tiempos, seguramente hubiese obrado de otra manera. Si aquel hombre hubiese permitido que Damian Orlowski subiese al bote, el misterio sobre la vida y la muerte, la idolatrada inmortalidad, hubiese quedado zanjado para siempre y no se hubiera ido a pique con el Titanic.






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