"La trama"

El hombre miró al joven con ojos bonachones, casi paternales. Viendo que éste callaba esperando respuesta, tomó la iniciativa.
—Si he entendido bien, Bradley, este asunto cobró vida en un viaje que hiciste con tus padres por Europa, visitando un convento franciscano ¿Verdad? En esa visita al convento habrías leído en una página de un libro miniado ¿Se dice así? —El hombre pareció dudar, hizo una pequeña pausa para retomar el hilo de la conversación y continuó— habrías leído, decía, que hoy, alguien o algo atentaría contra mi vida ¿Estoy en lo cierto?

El adolescente asintió con un apenas perceptible movimiento de cabeza.

—Bien —continuó el hombre—. Ese libro fue escrito, según me han informado, en el siglo XVIII, para representar cánticos que los monjes del monasterio cantaban en sus actos cotidianos ¿Te das cuenta? ¡En el siglo XVIII!, ¡Hace nada más ni nada menos que tres siglos!

El joven abrió la boca inconscientemente, tal vez por sueño, tal vez por aburrimiento. Se dio cuenta y puso, al instante, una mano delante para disimular el gesto. Se encogió de hombros.
—Además —prosiguió el hombre— nuestros expertos han estudiado el libro minuciosamente y no han descifrado código alguno que nos haga sospechar que lo que has visto en él puede representar una amenaza seria. El hombre calló un momento estudiando la reacción del joven, que continuó imperturbable, aunque con una mueca en el rostro que denotaba cansancio. Cansancio por escuchar lo mismo durante los tres últimos meses.
—Lo he repetido hasta la saciedad —El joven dejó de lado su apatía y pasó a la acción—. La amenaza está ahí, codificada entre los punctum cuadratum impresos en la página del libro. Esos puntos son en realidad notas musicales, pero están dispuestos de forma especial, ingeniosa, inequívocamente brillante. El código es un hecho. Si sus expertos no lo ven, señor, es que están ciegos.

El hombre lanzó un hondo suspiro al mismo tiempo que se quitaba los lentes. Sacó un pañuelo del bolsillo de su batín y se puso a limpiarlos con gesto paciente. Una vez colocados de nuevo y como viendo las cosas más claras se dirigió a la mesa, se sirvió un trozo generoso de carne y le ofreció al joven:
—Es mi almuerzo. Cerdo agridulce ¿Te apetece?
—No como cerdo –—rechazó el joven.
—Recapitulemos —dijo el hombre. Una, llamémosle profecía, vaticinada hace más de trescientos años, reza que en el año 2045 el dirigente más poderoso de la tierra será sacrificado, que su corazón será arrancado de cuajo y que su sangre será vertida sobre la tierra. A partir de ese momento las fuerzas del bien retomarán el mando y reinarán sobre todo el universo. Todo esto es muy confuso, Bradley, tienes que reconocerlo. Fuerzas del mal, fuerzas del bien. No sé. Se supone que nosotros somos los buenos. Soy hombre paciente y también temeroso de Dios, lo que hace que sea prudente y que tome en consideración todas las teorías, máxime con la tensión política que actualmente hay en el mundo, con los musulmanes esperando una señal para iniciar una nueva guerra santa, pero ¿Crees realmente que esta… esta… profecía, tiene algún fundamento?

El joven salió de la estancia y cerró la puerta tras de sí, cuidadosamente. Hizo un gesto cortés a los hombres que la custodiaban y se alejó por un pasillo adornado con una impoluta alfombra roja. En su mano derecha un portafolio de cuero negro dejaba escapar de vez en cuando una gota viscosa, oscura, que iba a mezclarse con las fibras de la alfombra, en perfecta armonía de tonos. De su mano izquierda, férreamente cerrada hasta ese momento, pendía un amuleto con forma de media luna, que fue a depositar en una consola olvidada al fondo del pasillo y sobre la que colgaba un retrato reciente de un sonriente presidente de los Estados Unidos.






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