"La Profecía"

Sentado en su sofá preferido, Ernesto pasa distraídamente las páginas de El País, sin detenerse en ninguna lectura concreta. Su mirada, perdida, se centra en la parte superior de cada hoja, donde viene impresa la fecha. Una página tras otra, cadenciosamente, hasta que llega a la última. Y vuelta a empezar. Lleva así desde muy temprano, desde que leyó la noticia que le sobrecogió el corazón. De eso hace ya casi tres horas.

Se levanta, por fin, y se asoma a una de las ventanas que dan a la calle, disimuladamente, sin descorrer los finos visillos de encaje que la visten. Centra su atención en la puerta de entrada del edificio, parcialmente tapada por el rótulo de la tienda que hay en la planta baja “Maldito rótulo” se sorprende jurando para sí, mientras se agacha en un intento por coger más ángulo de visión “desde aquí sólo se ven las piernas”.

Ernesto envió a la cárcel a un tipo nueve años atrás. Bueno, él no, un jurado popular compuesto por nueve personas de las que él era el portavoz. Las pruebas fueron tan claras e irrefutables que el jurado no tuvo ninguna duda a la hora de declararlo culpable. El juez dictó sentencia condenándole a 35 años de cárcel por asesinato en primer grado. El acusado habría violado a su víctima, procediendo a descuartizarla después, esparciendo sus restos por diversos contenedores situados en sitios estratégicos de la ciudad. Al finalizar el juicio el condenado le dijo que soñaría con su cara todas las noches, hasta que fuese a buscarlo para ajustar cuentas. Desapareció de la sala escupiéndole a la cara “es una profecía”.

Han pasado ya quince años desde aquello y en ese tiempo, Ernesto, no ha sido capaz de apartar de su mente por un solo día el juramento hecho por el asesino. Hoy, la profecía ha vuelto a ocupar un lugar preeminente en su cabeza después de leer el periódico, en el que viene una pequeña noticia que para muchos habría pasado desapercibida, pero no para Ernesto. La noticia dice que en la madrugada de ese mismo día “el desmembrador” –así lo bautizaron cuando lo del crimen- ha dejado la cárcel donde se encontraba recluido… No pudo seguir leyendo.

Alguien ha llamado desde la calle y a Ernesto le protesta el corazón por segunda vez. Conteniendo la respiración se queda escuchando junto al interfono, sin moverse, sin hacer el más mínimo ademán de querer abrir la puerta. El timbre vuelve a sonar, esta vez con más insistencia, una, dos, y hasta tres veces. Se acerca rápidamente a la ventana para observar por detrás de los visillos, pero no alcanza a ver más que unos tejanos y unas zapatillas deportivas. Vuelve a maldecir. Identifica con pavor el clásico ruido de que alguien en algún piso ha pulsado el botón de apertura de la puerta. El que entra ha debido llamar a todos los timbres hasta encontrar quien le abriera. Pega su oreja a la puerta, aguzando el oído, rezando para que el que sube en el ascensor se detenga en otro piso, en otra vivienda que no sea la suya. Son momentos dramáticos en los que su corazón parece no tener descanso, no encontrar cuartel. El tiempo permanece en suspenso y deja de transcurrir, mientras la caldera de vapor que es su pecho está al límite y amenaza con reventar. Suena el timbre.

Ernesto podría haber mirado a través de la mirilla y comprobar que quien se encuentra al otro lado de la puerta es el chico del supermercado, que trae la compra que su mujer, ausente desde muy temprano, ha hecho esta mañana. También podría haber acabado de leer la noticia que el periódico recoge en la página de sucesos y que reza lo siguiente: “El desmembrador ha dejado la cárcel donde se encontraba recluido desde hace quince años, tras ser encontrado muerto en su celda en extrañas circunstancias”. Podría muy bien haber hecho todo eso, sí, pero no ha podido porque su corazón no ha aguantado y se ha parado para siempre.






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