"La herencia"

—Os he hecho llamar porque creo que va siendo hora de que arreglemos nuestras diferencias —la mujer que hablaba hizo una pausa, tomó de la mesa un vaso de agua y bebió un buen trago. Papá —continuó— me lo ha hecho saber antes de revisar por última vez su testamento.

Las otras dos mujeres se miraron interrogativamente, pero no dijeron nada. La voz de su hermana volvió a centrar su atención:
—Siempre hemos tenido nuestras diferencias, no voy a ocultarlo, y sería cínico por mi parte no reconocerlo. Lo de papá es cosa de meses; tal vez de días, y quiere que antes de morir nos reconciliemos. En cualquier caso hemos de guardar las apariencias, pues si observa que seguimos enemistadas donará toda su fortuna a Dios sabe qué. Así mismo me lo ha dicho.

Las miradas de las mujeres volvieron a encontrarse, pero continuaron calladas. La mayor volvió a tomar la palabra:
—Os fuisteis de casa para vivir vuestra vida, sin que nadie os molestase. Quisisteis volar, vivir de espaldas a la realidad de la familia y no os preocupasteis de papá ni en los peores momentos de su enfermedad. Llevo quince años cuidándolo, aguantando sus desplantes, su continuo mal humor. Pero no os he reunido para echároslo en cara, no, todo eso no importa ya. No es momento para reproches sino para arreglar las cosas. Mientras cenamos, comentaremos los pormenores de la herencia. —¡Aurita! —llamó haciendo sonar las palmas— sírvenos la cena, por favor.

La sirvienta entró en el comedor mientras las tres hermanas se acomodaban alrededor de la mesa, alrededor del objeto ante el que tantas y tantas veces se habían sentado y que las había mantenido en otro tiempo unidas. La hermana mayor se sentó a la cabecera y, tomando la iniciativa, cogió las manos de sus dos hermanas.
—Es maravilloso —dijo— juntas otra vez, como en los viejos tiempos.
—¡Setas! ¡hummm… me encantan! —casi gritó la menor de las hermanas zafándose de la presión que su hermana mayor ejercía sobre su mano ¡Qué buena elección has hecho! Todavía recuerdo cuando salíamos al monte con papá a recogerlas.
—Creí que sería un buen comienzo —dijo la hermana mayor. Las he seleccionado yo misma.
—Sí, creo que es un buen comienzo —asintió la que hasta ahora había permanecido callada mientras se servía un buen plato— Si no nos has reunido para reprocharnos nuestra conducta ¿Para qué entonces? Ya sabemos qué parte nos corresponde a cada una ¿No?
—Sí —dijo la hermana mayor— pero tened en cuenta lo de la reconciliación. No sólo tiene que ser un hecho sino parecerlo. Sin ella no entramos en el testamento.
—¡Hummm… qué buenos! —la hermana menor estaba entusiasmada con los boletos— No los había probado desde entonces, pero la espera ha merecido la pena.
—Están deliciosos, dijo la mediana. Pero... ¿Y ese picor? ¿Llevan guindilla o algo así?

A la hermana menor se le habían subido los colores. Tenía el rostro congestionado y respiraba con dificultad. Con el tenedor revolvió en el plato como buscando la evidencia. Al fin, encontró lo que buscaba y dijo, no sin dificultad:
—Pero… ¿Qué… qué nos has puesto? ¡Nooo...! ¡Dios mío! —la mediana se llevó las manos a la garganta— Nos has hecho venir para deshacerte de nosotras y quedarte con toda la herencia  ¡Esa era tu reconciliación! ¡Maldita seas!
—Os juro que no sé de qué habláis. Yo misma cogí y seleccione una por una esas setas. No había ninguna mínimamente tóxica, os lo aseguro, aunque…

La sirvienta entró en el comedor minutos después y se acercó a la mesa. Las dos hermanas menores apenas se movían y de la boca les salía una especie de espuma blanca. La señora estaba bien despierta y los ojos parecían querer salírsele de las órbitas.
—Lo siento, señora —Aurita tomó el protagonismo de la velada— pero no podía permitir que mi hijo, su hermanastro al fin y al cabo, fuese ignorado por más tiempo. Creo que ha llegado el momento de hacer justicia y de vengar todas las afrentas. Mientas usted recogía boletos yo salí por paxilos involutos. El resto ya lo conoce. Mañana vendrá el forense y certificará sus muertes como una intoxicación por imprudencia. Las hay a montones en esta época. Pediremos la prueba del ADN y su padre no tendrá más remedio que reconocer a su propio hijo. Siento que las cosas hayan tenido que acabar así.






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