"Juego de vida"

—Verá, no sé si debo hablar sobre ese asunto. Su familia es muy reservada y yo… ¿Es usted policía? —dijo el viejo.
—No, soy escritor y estoy recogiendo información para escribir un libro. No se preocupe, mi interés es meramente profesional, preservaré su identidad y no iré más allá de lo que usted decida contarme. —Prométame que sólo escribirá lo que yo le cuente y que no pondrá nada de su cosecha.
—Se lo prometo. Podrá echarle un vistazo antes de su publicación. Además, le regalaré un ejemplar dedicado si lo desea.
—En ese caso… —El viejo pareció dudar, pero finalmente se decidió—. Era un niño completamente normal, aunque desde muy pequeño se le vio un interés desmedido por el juego. Le gustaba jugar y apostar ¿Sabe? Daba igual con quien: padres, amigos, vecinos… nadie se libraba del asedio y de sus continuas apuestas. Además, era condenadamente bueno. En cierta ocasión, con apenas ocho años, ganó el primer premio de tute de las fiestas del pueblo, donde había consumados especialistas. Éstos no se lo tomaron muy bien y llegaron a decir que el crío hacía trampas. ¿Sabe? hubo una bronca de miedo y por poco se lía una buena.
—¿Es verdad eso? —dijo el escritor.
—Como se lo cuento.
—Lo que me cuenta raya en lo increíble. Prosiga, por favor.
—Conforme fue creciendo —continuó el viejo— su afición por el juego se incrementó hasta tal punto que se convirtió en una obsesión. Cartas, lotería, bingo, apuestas de todo tipo… todo le valía. El caso es que, sopesando toda su actividad, el balance siempre fue positivo; es decir, ganaba dinero. Fue muy sonado lo de la apuesta a un político que vino a hacer campaña al pueblo. El muchacho le apostó doscientos euros a que era capaz, él mismo, de morderse un ojo. El político, ante tamaño despropósito, apostó la cantidad gustosamente, con la sonrisa socarrona del que se sabe triunfador. El chico sacó de la cuenca su ojo de cristal —El verdadero lo había perdido en un accidente— y se lo llevó a la boca sujetándolo entre los incisivos. La carcajada general de los que asistían a la apuesta dejó al político mudo y sin saber qué decir, mientras el muchacho se colocaba el ojo y extendía la mano para cobrar la apuesta.
—Algo de eso había oído —asintió el escritor—. Fuentes bien informadas me aseguraron que ese político era el por aquel entonces candidato a alcalde y que luego resultó elegido.
—Bueno, yo también tengo que tomar mis precauciones ¿Sabe? Hay que ser discreto —dijo el viejo.
—Me interesa, sobre todo, la última etapa de su vida. Es ahí donde pienso centrar mi historia ¿qué puede decirme de ella?
—Bueno —El viejo bajó la cabeza visiblemente afectado— como ya sabrá, el muchacho murió joven. Muy joven. Vivió muy intensamente su corta vida y en ella lo probó casi todo. Cansado de que ya nada le divirtiese decidió cruzar la delgada línea que separa la sensatez de la locura y la insensatez de la cordura. Decidió apostar en serio ¿Me sigue?
—Creo que sí —dudó el escritor—. Su historia no me es del todo desconocida y por ello la elegí para mi trabajo, pero los detalles que usted aporta me son muy valiosos. ¿Qué sucedió después?
—Sucedió lo que tarde o temprano tenía que suceder –dijo el viejo. Tantas veces fue el cántaro a la fuente que al final acabó rompiéndose ¿Sabe? Durante el último año se le vio pletórico, exultante, tenía una vitalidad y alegría nunca antes vistas en él. A los que le conocíamos y le queríamos nos encantaba verle así, pues era, por norma, taciturno y reservado. Un día nos enteramos de que su cadáver había sido encontrado en un callejón inmundo y solitario. Tenía una bala en la cabeza y estaba lleno de excrementos. —¿Ajuste de cuentas? —dijo el escritor.
—Eso es lo que se hizo creer a la gente, pero la realidad fue bien distinta. Esto que voy a decirle sólo lo sé yo. Él me lo contó pocos días antes de su muerte.
—¿A qué se refiere? —preguntó intrigado el escritor.
—Llevaba once meses jugando. Once largos meses. ¿Sabe lo que supone jugar a eso todas las noches durante once meses? —parecía una pregunta pero cuando el escritor abrió la boca para responder el viejo prosiguió—. Ya no le llegaba con uno, eso era para principiantes, esa noche jugó con tres. Imagino que su adrenalina tenía que estar por las nubes y eso es lo único que a él le ponía.
—Perdone, no acabo de compren…
—Tres cartas, tres fichas, tres boletos… podrían haber sido todas esas cosas; sin embargo eligió tres proyectiles.
—¿Quiere usted decir que…? —El escritor abrió la boca visiblemente sorprendido.
—Así es —El viejo suspiró—. Lo que venía practicando esos once meses y lo último a lo que jugó fue a la ruleta rusa ¿Sabe?






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