"El recinto oscuro"

—¡Eh!… ¿Qué hacéis ahí?
—¿Nos preguntas a nosotros?
—Sí, a vosotros ¿A quién sino?
—Pues… esperamos.
—¿Esperáis? ¿A qué esperáis?
—A que nos toque el turno.

Alguien pregunta desde lo alto sin tener idea de lo que ocurre aquí abajo. Los de dentro vivimos en tensa y continua espera, con la incertidumbre de no saber si seremos lo siguiente en desaparecer. No conocemos lo de afuera porque nadie que haya salido ha regresado para decirnos cómo es todo. Tenemos miedo. Mucho miedo. Somos, en cierto modo, gladiadores sin esperanza, luchadores desarmados resignados a lo que les depare el destino. A veces escuchamos fuertes ovaciones y pensamos que lo de afuera es un circo, pero no estamos seguros. Dentro, la oscuridad lo invade todo y tan solo se divisa una pequeña luz proveniente de una abertura en todo lo alto, un pequeño punto blanco que apenas da para matizar un poco la penumbra por la que con dificultad nos movemos. Es de ahí desde donde han preguntado. En el fondo, donde las sombras son más densas, deambulamos una gran variedad de moradores, apenas insinuados por los rayos de luz más temerarios e insolentes. Se pueden encontrar flores de todo tipo, pañuelos de vivos colores, objetos de diversa índole, naipes y también animales. Sí, animales. Nosotros, que somos los temerosos, los que no conocemos más que esta lúgubre mazmorra, los que tememos enfrentarnos con la realidad exterior por más que repudiemos la interior. Porque lo desconocido, lo inexplorado, es en el temor cien veces peor que la mejor de las realidades. Aplausos. Una nueva función circense parece haber comenzado y la tensión vuelve a los gladiadores sin espada. La oscuridad se hace en el recinto. Una mano entra y sale varias veces, rastrea el fondo y encuentra por fin lo que busca. Vuelve la escasa luz y en el recuento faltamos un conejo y una paloma.
—¡Eh! vosotros ¿Seguís ahí? —Los aplausos hace tiempo que han cesado. Hay más eco ahora.
—Aquí seguimos.
—¿Se puede saber qué hacéis dentro de una chistera?.
—Pues… rezamos.
—¿Rezáis? ¿Para qué rezáis?.
—Para que la mano no nos elija.






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