"El cielo inmediato"

Siempre me han entusiasmado los temas relacionados con el más allá, con paraísos, con lugares oscuros, con infiernos, pero por encima de todo siempre me ha interesado saber la forma en que uno puede llegar a ganarse —si es que existe ese lugar— el cielo. He hecho esta pregunta a mucha gente pero hasta hoy nadie ha sabido contestarme cómo lo hizo en su día la persona a la que más firmemente he admirado: Mi abuelo.

Mi abuelo era un tipo sencillo, rudo aunque sin asperezas, sin más formación que la que le dio la escuela de la vida, la escuela de los que aprenden a base de tropezar, levantarse y elegir otro camino más transitable, o menos dificultoso, según se mire. A pesar de no haber tenido estudios era un hombre culto, autodidacta por antonomasia y bien formado en diferentes temas. Le gustaba mucho escuchar a la gente que tenía algo que decir y aprender de sus experiencias, lo que le permitía crecer en erudición e ir formando sus propios juicios, que eran, ahora estoy en condiciones de evaluarle, de una clarividencia asombrosa. Todos los años, cuando el curso finalizaba, mis padres me enviaban a casa de mis abuelos a pasar las vacaciones de verano. Mi abuelo solía llevarme a pescar al río que pasaba por cerca de casa; bueno, más que a pescar —no era verdaderamente un experto— me llevaba para alejarme un poco del mundo, para poder charlar conmigo de tú a tú, sin que la abuela, que era sumamente religiosa, le llamase constantemente la atención por meterme —como ella solía decir— pájaros en la cabeza. Cierto día en que no picaban en el río ni los mosquitos, ante mi insistente pregunta de cómo podía hacer para ganar el cielo, respondió de esta manera: “Verás, hace muchos, muchos años, en el país que hoy dominan las grandes pirámides vivió un pueblo muy culto y avanzado. Los egipcios —así se llamaban— eran gente muy religiosa y tremendamente supersticiosa, más o menos como la abuela. Se pasaban la vida pensando en cómo poder llegar a las alturas y estar lo más cerca posible de los dioses una vez les llegara la muerte. Me preguntarás que por qué te cuento esto. Bueno, la razón es que a mí todo lo relacionado con los dioses me da un poco de pelusa y no necesito estar cerca de ellos para sentirme protegido. Todo se reduce al equilibrio. Añoramos un espacio que nos dé seguridad, un espacio en el que creer y crecer, en el que nos encontremos a gusto y en perfecta armonía. Yo soy de los que piensa que hay más de un cielo y que es el más cercano, el más inmediato a nosotros, el que tenemos que sembrar y cultivar”.

Estuve pensando en lo que me dijo mi abuelo durante mucho tiempo. Fue al año siguiente, también durante las vacaciones, cuando volví a interesarme y a preguntarle nuevamente sobre el tema. Quería saber lo que significaba eso de “cielo más inmediato” en cómo podría yo descubrirlo y, si fuese posible, entrar en él. Esta vez fue más explícito: “Mi cielo particular es el lugar donde me refugio cuando estoy triste, cuando tengo algo que reprocharme o cuando no estoy satisfecho conmigo mismo. Pero también hago uso de él cuando estoy alegre y satisfecho por haber hecho las cosas como me dicta la conciencia. Es algo así como una caja donde meto todos mis actos y en la que una especie de filtro que actúa como barrera —mi conciencia— se encarga de separar el grano de la paja, haciendo que los buenos actos prevalezcan sobre los malos, aunque éstos últimos, dada la paz que logras alcanzar, acaban por ser inexistentes. Eres todavía muy joven para entender esto pero si piensas continuamente en ello, con el tiempo sabrás de lo que te estoy hablando y llegarás a modelar tu propio espacio”.

Ahora, en plena madurez, sé muy bien a lo que se refería mi abuelo. Con el paso de los años he ido formando mi cielo inmediato, mi propia cajita, modelándola a mi carácter y a mis necesidades. Procuré seguir las máximas que mi abuelo me adelantó en aquellas calurosas tardes fluviales repitiéndolas hasta la extenuación. Siempre tengo presente la frase con la que dio por cerrado el tema: “te pondrán zancadillas, encontrarás barreras aparentemente infranqueables, pero con determinación construirás un cielo inmediato a tu medida, en el que no quepan el odio, la falsedad o el engaño. Si te encuentras bien en él no necesitarás buscar más cielos”






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