"Dos realidades"

El automóvil entró en la curva a gran velocidad, derrapando y enfilando el borde del precipicio. Su conductor giró hábilmente el volante en un último intento por agarrarse al asfalto, pero la inercia ejerció su implacable ley y el vehículo se precipitó al vacío. Desapareció en el mar en un suspiro, bajo la suave luz de la luna llena.

No recuerda casi nada, apenas unas imágenes entrecortadas, golpes del flash que se pierden en su mente sin dar ninguna respuesta: su jefe, que le llama al despacho y le confirma su sospecha. Palmadita en la espalda y un “si necesitas algo no dudes en llamarme”… Discusión acalorada con su mujer. Resquemor e indicios de ruptura… Copas y más copas… ¿Y?

Su cabeza es un completo caos. Voces desconocidas se suceden y solapan; hablan todas a la vez, excitadas, angustiadas. Después, el silencio. Su ropa, completamente empapada, tiene un fuerte olor a verdura hervida. Se lleva una mano a la boca y asiente ¿Salobre? pero su memoria sigue sin traerle imágenes que le indiquen qué ha sucedido desde que salió de aquel bar.

Está amaneciendo. Camina por un sendero delimitado por filas interminables de grandes salicáceas. Sus hojas, de un luminoso verde pálido, se entrelazan en sus copas enmarcando y dando forma arqueada al conjunto. Los primeros rayos de sol empiezan a filtrarse a través de la vegetación y el día rompe en todo su esplendor. A lo lejos divisa una figura solitaria que viene hacia él y acelera vivamente el paso para llegar a su altura. La distancia parece no acortarse, como si el pavimento fuese elástico y alguien lo estuviese estirando, pero su paso es firme y decidido y la distancia poco a poco va disminuyendo. Las líneas de la figura van tomando forma y pronto cree identificar sus facciones. Le conoce. El corazón le da un vuelco.

Se miran, se tocan, se abrazan confundidos ¿Tú aquí? Se quieren decir muchas cosas pero las palabras no salen. Ni falta que hacen. Los ojos de la figura solitaria caen hasta el suelo para esconder unas gruesas lágrimas que han ido bajando por su rostro. Él sí parece comprender. La imagen de la figura, clara y nítida hasta ese momento, se vuelve cada vez más difusa. Regresan las voces al interior de su cabeza.

 —Hay pulso y el ritmo cardíaco se estabiliza. Le tenemos.

Abre los ojos con dificultad, cautelosamente. Tiene el cuerpo magullado y se siente muy débil. Lo primero que ve son unos tubos fluorescentes que ciegan su visión, pero se va acostumbrando poco a poco. Al fondo ve a su mujer y a su madre que han roto a llorar de alegría.
 —Le he visto, madre —dice con apenas un hilillo de voz.
 —¿Qué dices, hijo? ¿A quien has visto? —le pregunta su madre.
 —A papá, y os aseguro que era tan real como vosotras mismas. No sabéis lo feliz que me siento de haberle abrazado. Era algo que me oprimía el corazón desde que se fue y no pude despedirme de él. ¿Qué es este sitio? ¿Dónde estamos?
 —Ahora en el hospital —le dice cariñosa su mujer- hace unos minutos posiblemente en el mismo sitio al que fue tu padre cuando nos dejó.
 —Es posible que no recuerde más que imágenes entrecortadas perdidas por su mente —le dice uno de los médicos que le atiende— pero pronto se recuperará y resolverá por sí mismo todas esas preguntas que ahora permanecen sin respuesta. Bienvenido de nuevo al mundo de los vivos.






Enviar un comentario

nombre:
correo electrónico:
url:
Su comentario:

sintaxis html: deshabilitado