"Deja que el viento azote tu rostro"

La luminosidad de un cielo ibicenco espléndidamente azul le hizo entornar los ojos al mirar hacia arriba. El sol estaba justo en su cenit, por lo que tuvo que valerse de una mano a modo de visera para ver cómo un nutrido grupo de gaviotas cambiaba de dirección constantemente, como si no tuviese claro adónde ir. La bandada pareció por fin orientarse y al rato desapareció por detrás de los edificios abandonados del viejo faro. Hacia allí se encaminó, llevando su paso a la carrera, preso de una gran excitación. Una vez en el edificio subió las escaleras que llevaban a lo más alto del faro y pronto estuvo delante de multitud de aves que pugnaban por encontrar un lugar dónde anidar. Las aves no se vieron importunadas, puesto que sus visitas eran frecuentes y su presencia, soportada. Pasó entre parejas que se esmeraban en cortejos amorosos, entre nidos con huevos o pajarillos recién nacidos, y entre polluelos que, recién abandonado el nido, se esmeraban en experimentar con sus primeros vuelos. Se quedó mirando a uno que, después de agitar decididamente sus alas varias veces, se elevó torpemente, dio un par de vueltas sobre el mirador y fue a posarse como pudo a sus pies, como esperando una ovación. Todavía fascinado por la demostración, se dirigió hacia la barandilla protectora y allí se quedó mirando largo rato hacia la inmensidad del mar, dejando que sus pulmones se impregnasen de la suave y húmeda brisa marina.

La fascinación de Angelo por las aves le venía de muy atrás. Cuando contaba apenas un año de edad su padre le regaló un canario de un llamativo color naranja. El pájaro era especialmente parlanchín y pasó a ser, ya desde el primer día, el pasatiempo preferido del niño. Ni el mismísimo sonajero, ni el socorrido chupete, nada le consolaba cuando rompía, por una u otra causa, a llorar. Sólo Pavarotti –así bautizaron al ave- lograba el milagro de hacerle callar cuando repicaba con sus sonoros trinos. En ocasiones, su padre liberaba al ave de su reclusión para que Angelo se divirtiese viéndole volar. Lo cierto es que cuando lo hacía el niño quedaba fascinado, siguiendo al pájaro por toda la habitación sin perder detalle. Ese fue su primer contacto con estos gráciles y vivarachos seres. Contacto que ya no perdería en toda su existencia.

Y llegó el día en el que Pavarotti murió. Ése día fue recordado por Angelo como el más triste de su vida. Tardó mucho tiempo en superarlo y fue gracias a que su padre, que viendo que las aves en cautividad no captaban ya su atención, le instruyó para poder disfrutar con ellas en libertad. Aquí nació su verdadera pasión, comenzando a leer todo lo que caía en sus manos y a experimentar sobre el secreto de su vuelo. Cuando llegaban los Reyes Magos o los cumpleaños siempre pedía como regalo trajes de héroes voladores: Spiderman, Batman, Supermán,... todos esos trajes formaban parte de su especial guardarropa, pero cuando comprobó que no le servían para sus fines los olvidó y arrinconó en el fondo del armario.

Su obsesión por volar llegó a ser agobiante y su madre no permaneció ajena a esta preocupación. En cierta ocasión le dijo: “Verás, hijo, las aves vuelan porque sin esa facultad no podrían subsistir. Es su vida y les permite alcanzar su sustento. No saben hacer otra cosa. Los humanos somos más complejos y tenemos otras habilidades que nos permiten realizar nuestras funciones. No necesitamos volar para sobrevivir. Si quieres experimentar esa sensación sube a un sitio bien alto, cierra los ojos y deja que la brisa te azote el rostro. Abre los brazos y déjate llevar por tu imaginación. Te aseguro que puedes llegar a sentir tal grado de libertad que te parecerá que estés volando”. Angelo escuchó atentamente todo lo que su madre le explicó, pero se guardó mucho de decirle que lo que ella recomendaba era lo mismo que venía haciendo desde siempre y que la sensación experimentada no se parecía en nada a la libertad que él anhelaba. Le haría caso, aunque sólo en parte.

Desde lo alto del faro Angelo observó cómo el sol atravesaba fugazmente el horizonte, dando paso a un incipiente crepúsculo. Daba la sensación de que el astro tenía prisa por recogerse para ir a aparecer en otro lugar. La barandilla protectora le llegaba por encima de la cintura y estaba sostenida por multitud de contrafuertes transversales que contribuían a darle solidez. Pasó una pierna por encima de ella y después la otra, de tal forma que ahora estaba asido, pero por la parte de fuera, por la parte que da al vacío. Separó cuidadosamente sus manos del cuerpo, yendo a agarrarse todo lo lejos que sus brazos le permitían. Una ligera brisa alborotó sus cabellos, mientras varias gaviotas que habían permanecido a su lado emprendieron el vuelo, como invitándole a imitarlas. Cerró los ojos y liberó sus manos de la barandilla.

No llegó a volar. Y no lo hizo porque el sol hubiese derretido sus alas, o porque, de haberlas tenido, hiciese ademán de utilizarlas. No, no voló porque siempre tuvo claro que sus brazos no servirían para elevarle, puesto que no era un ave ¿O tal vez lo era? En los pocos segundos que duró su aventura encontró por fin la libertad que tanto había estado buscando, ese viento al que su madre hacía referencia, ese fenómeno violento que azotó con fuerza su rostro. Fueron los segundos más largos de su corta existencia.






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