"Cuarta dimensión"

 —Señoras, señores, —una voz con marcado acento argentino sonó por la megafonía— bienvenidos a bordo del vuelo 45103 con destino a Nueva York. La tripulación les da la bienvenida y les desea un feliz viaje. Gracias por elegir American Airlines para volar.

Damián Kozinski sonrió al escuchar al steward. Le encantaba la calidez del acento que acababa de escuchar pues no en vano era el que siempre había oído en casa —su madre era criolla— Se desabrochó el cinturón y se acomodó en el asiento, echando una última mirada a su Madrid del alma, que desaparecía de la vista a marchas forzadas. Sacó del bolsillo de la sudadera el iPod y se ajustó los cascos, disponiéndose a pasar las ocho horas que duraba el vuelo de la mejor manera posible. Desde que sus padres se habían divorciado viajaba todos los veranos a ver a su padre y este año no iba a ser una excepción. Hizo una mueca de resignación a la vez que pulsaba el play del aparato. La guitarra acústica de Jimmy Page en “Stairway to Heaven” entró de lleno en su mente como una poderosa droga, produciéndole una agradable sensación. Un sol inmensamente rojo se ponía por el horizonte mientras altos cirros empezaban a agruparse de forma amenazadora.

Un estruendoso sonido hizo que se incorporase con un sobresalto. Miró el reloj y comprobó que apenas habían transcurrido veinte minutos desde el despegue. Afuera, la tormenta estaba en pleno apogeo y un abundante aparato eléctrico se mezclaba con lluvia en forma de granizo, de manera que al golpear contra el fuselaje producía un sonido ensordecedor. El capitán de la nave se apresuró a informar a los pasajeros.

—Estamos atravesando una fuerte tormenta pero no deben preocuparse, es sólo un poco de ruido y no implica ningún riesgo.

En ese momento Damián se quedó mirando fijamente por la ventanilla.
—¿Ha visto eso? —se dirigió a la persona que tenía a su lado, un hombrecillo extremadamente delgado con un bigote ridículo— ¿Lo ha visto?
—¿Que si he visto qué? —repuso el tipejo, sorprendido.
—Ahí afuera, en el ala. Había alguien sentado. La voz le temblaba claramente.
El individuo lo miro con cara sorprendida primero y de fastidio después, como si entendiese que quería tomarle el pelo.
—Sí, claro que le vi. Alguien que pretende ahorrase el pasaje y viajar más fresquito —dijo soltando una ruidosa carcajada, mientras agarraba la rodilla de Damián y pateaba ruidosamente en el suelo.
“Ellos no existen, están sólo en tu cabeza” —le decía siempre su madre para alejarlo de la visión de extraños seres que lo acompañaban desde muy niño— “Tienes que ignorarlos”
“Soy un estúpido” —pensó Damián haciendo buenas las palabras de su madre— “Debería morderme la lengua”. Miró al hombrecillo y le dirigió una fingida sonrisa apretando los dientes.

La tormenta se fue como vino, de improviso, y Damián, harto de música, se quitó los cascos y apagó el iPod. Las pantallas de vídeo del avión se encendieron en ese momento y aparecieron las letras que anunciaban el inicio de una película: “Alien, el 8º pasajero” pudo leer. “Bueno, ya la he visto, pero servirá para entretenerse un buen rato”. Algo volvió a llamar su atención en el lado opuesto del avión.... Un extraño ser con cara de murciélago y cuerpo de primate estaba mirándole fijamente. De su cara llamaban la atención los ojos, de color verde, que semejaban dos rayos láser centelleando en la oscuridad. Unos grandes dientes puntiagudos como agujas y que exhibía sin pudor, le daban un aspecto entre fiero y cómico. Se fue caminando por el ala desafiando a la gravedad hasta que llegó a la altura del motor. Se sentó y arrojó algo dentro que Damián no fue capaz de distinguir. El motor emitió un fogonazo de apenas un par de segundos y se extinguió. El ser desapareció de la vista.

Damián se quedó helado pero no dijo nada. Miró al hombrecillo de reojo y vio que estaba dormido. Se levantó de su asiento y comprobó que la mayoría del pasaje dormía también, ajeno a los acontecimientos. “Ellos no existen, están sólo en tu cabeza. Tienes que ignorarlos” —la voz de su madre resonó de nuevo en su cabeza— Se encogió de hombros y se puso a ver la película.

En la pantalla Ellen Ripley acababa de mandar al espacio a la criatura y los créditos daban por finalizada la proyección. Damián se desperezaba disimuladamente cuando su mirada se cruzó otra vez con dos rayos de color verde. En el ala opuesta, el vampiro, o lo que fuese, volvía a introducir algo en el otro motor. Fogonazo y de nuevo la completa oscuridad. Damián se recostó en el asiento, cerró los ojos y soltó un suspiro “ya sé, mamá, ya sé” y miró para otro lado.

En el aeropuerto de Nueva York Edward Kozinski esperaba nervioso la llegada de su hijo. Todavía se sigue preguntando por qué el vuelo 45103 nunca llegó a su destino.






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