"Crimen en dos dimensiones"

Un sonido irritante invade la habitación y una mano desorientada se eleva torpemente intentando localizar al causante.
—Diga —logra articular por fin el de la mano en un susurro apenas inteligible, ya localizado y neutralizado el molesto artefacto.
—¿Inspector? Aquí Estévez.
—Por el amor de Dios, Estévez ¿Sabe usted la hora que es? Espero que tenga una buena razón para despertarme a las… —mira el reloj— cuatro de la mañana.
—Ha aparecido otro.

El inspector Galíndez tiene ante sí un nuevo caso; mejor dicho, un nuevo cadáver, porque el caso, dada la semejanza con los cuatro anteriores, parece ser el mismo. Uno más de la serie de crímenes que se vienen cometiendo en la ciudad y que se están convirtiendo en algo habitual, en un embarazoso día a día. Sin dejar de mirar el cadáver busca en el bolsillo interior de su americana la pitillera, extrae un cigarrillo y lo golpea contra la tapa para compactar el tabaco. Es Estévez quien se adelanta para darle fuego.
—Lo mismo de siempre, inspector: Varón de unos cincuenta años, acomodado, limpieza impoluta en lo tocante a pistas y… sangre, mucha sangre. El forense cree que se ha empleado un hacha como en los otros casos. Una carnicería, vamos.
El inspector asiente cabizbajo, da una calada profunda al cigarro y retiene el humo durante unos instantes. Una fuerte tos le hace expulsarlo por la vía rápida cuando ya empezaba a quemarle los pulmones —tengo que dejar esta mierda, Estévez, pero ahora no es el momento. Hay que resolver este jodido caso antes de que se pida mi cabeza, y para que eso suceda no nos queda mucho tiempo. ¿Libro en la escena?
—Sí, inspector, encima de la mesa, como siempre.
—Hummm. Supongo que no hace falta que le pregunte qué libro es.
—No, no hace falta. Se trata del mismo que ha aparecido las otras veces.

Al inspector Galíndez no le huele bien este caso. De hecho, ni siquiera le huele y eso en un sabueso resabiado como él es preocupante. En todos los casos asignados hasta la fecha siempre ha habido alguna pista, algún cabo suelto, algo que le ha permitido empezar a trenzar el entramado que llevó al esclarecimiento de los hechos. Pero esta vez es distinto. La puerta aparece cerrada desde dentro, cosa por otra parte bastante esclarecedora, porque eso supone que el asesino no vino del exterior, que estaba dentro, pero… ¿Cómo se las apañó para salir? Las ventanas también están cerradas desde dentro y no hay más formas de entrar. Descartado por pura lógica el suicidio, la investigación se para aquí, sin que haya más avances. Además, todas las víctimas son banqueros y en la escena del crimen aparece siempre un libro. El mismo libro. Demasiado poco para avanzar.

El inspector Galíndez se acerca a la chimenea y extiende sus manos hacia la lumbre para calentarlas. Todavía desprende algo de calor, pese a que la leña se ha consumido hace bastante tiempo. La estancia, bien caldeada, hace que se despoje del abrigo y de la bufanda, tan necesarios en el gélido frío exterior. Coge el libro de encima de la mesa y lo examina detenidamente a través de sus diminutos lentes, deteniéndose particularmente en las primeras páginas. Las pasa despacio, hacia adelante, hacia atrás y vuelta a empezar. Al cabo de un buen rato una imperceptible sonrisa –la primera en mucho tiempo- empieza a humanizar su rostro. Estévez se le acerca e interrumpe sus pensamientos:
—¿Se ha fijado en la frente, inspector?
—Claro, como para no fijarse. La palabra “Usurero” escrita en la frente de todas las víctimas. ¿A usted le gustan los banqueros, Estévez?
—Siendo sincero, inspector, no son santo de mi devoción.
—Al asesino, al parecer, tampoco, pero no se preocupe, por ahora no está usted entre los sospechosos. ¿Le gusta la literatura?
—Bueno, no devoro libros, si es a lo que se refiere, pero leo el periódico cuando tengo tiempo. ¿Por qué lo pregunta?
—Supongo, entonces, que no habrá oído lo que se dice en ciertos foros literarios de que los homicidas en la literatura son inmortales, que permanecen vivos mientras los libros que los hospedan permanecen inalterables.
—No, no lo había oído, la verdad ¿Adónde quiere llegar, inspector?.
—Consiga una lista de todos los banqueros de la ciudad y pregúnteles si tienen ese título en su biblioteca —el inspector Galíndez arroja “Crimen y castigo” al fuego— Creo que a Raskólnikov se le acabaron las coartadas.






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