"Crónica sentimental urbana"

Entró en el bar pasadas las diecisiete horas. Afuera, una lluvia menuda acompañada de un fuerte viento calaba hasta la médula a los atrevidos viandantes que osaban desafiar a los elementos. Mientras sacudía enérgicamente la cazadora para eliminar el exceso de humedad echó un rápido vistazo al interior del local. Él era el primero en llegar, estaba seguro. Se sentó en una mesa junto a una de las ventanas.
—¿Qué va a ser? —Le preguntó una camarera joven con evidente desgana, casi escupiendo las palabras.
—Un café con leche, por favor —dijo distraído, sin prestar demasiada atención a la descortesía de la joven. Miraba hacia la calle, donde una señora peleaba por darle la vuelta a su maltrecho paraguas, destrozado por el viento. Al final, viéndolo inservible, optó por arrojarlo a un contenedor.

Ella entró poco después de las diecisiete quince, aprovechando una tregua que dio la lluvia. Se sentó en la única mesa que quedaba libre, en el otro extremo de la cafetería. Él no la vio entrar pues en ese momento estaba leyendo el periódico. Después de acomodarse y de pedir una consumición recorrió con la vista el local. Una mueca de desilusión se dibujó en su cara y, resignada, se puso a dar pequeños sorbos a su hirviente y achicoriado café.

Eran las dieciocho horas cuando él acabó de leer el periódico por completo, incluidos anuncios por palabras y necrológicas. Pese a su creciente nerviosismo todavía era capaz de controlar sus emociones. Miro por centésima vez en dirección a la puerta, por la que entraba en ese momento una pareja riendo a carcajadas. A su espalda, unos niños se peleaban y repartían codazos y cachetes a discreción entre los clientes, yendo, uno de ellos, a impactar levemente en su hombro. Una señora de mediana edad se levantó de su silla como si un resorte la impulsase y asiendo a los niños por los brazos los llevó arrastro hacia su mesa. No sabría qué elegir —pensó— si los golpes de los niños o los chillidos histéricos de la madre.
—Disculpe —dijo esta ya sentada en su mesa— pero es que no hay quien pueda…
—Déjelos estar —la interrumpió— No ha sido nada.

A las dieciocho treinta ella pidió su tercer café. Estaba tan nerviosa como él aunque lo disimulaba menos. Sus continuas miradas a la puerta de entrada, a través de la ventana y por todo el local eran más que evidentes. La cajetilla de tabaco que había empezado nada más llegar estaba prácticamente vacía. Mientras, las últimas hebras del pitillo número quince perdían intensidad en el cenicero para irse apagando lentamente. El milésimo barrido que su vista hizo por el local tropezó con los ojos de él. Por unos instantes ambas miradas se encontraron y se estudiaron. Instantes mínimos, fugaces. Pero no fue más que una ilusión porque ninguna luz se encendió. Su mirada se desvió y continuó escrutando el resto del local sin la más mínima señal de reconocimiento.

Ella y él llevaban más de un año comunicándose por internet en foros y chats y no sabían que apariencia tenía el otro. Coincidían en ideales, en gustos, en aficiones… Mantenían que eran una sola persona, dado que creían conocerse a la perfección. Por eso, cuando uno de ellos propuso establecer una cita ambos convinieron en no dar pistas, en ir de incógnito, como una prueba a superar. Estaban completamente seguros de que saldrían airosos del encuentro.

Poco después de las diecinueve horas ella se levantó y fue hacia la barra para pagar. Su rostro era fiel reflejo del cansancio y de la desilusión. Todavía estaba allí cuando él se levantó con el mismo propósito. En la calle, el viento y la lluvia se habían esfumado de repente y el sol lucía ahora sin limitaciones. Tomaron direcciones opuestas, ahora con la duda de que la sólida relación que habían iniciado un año antes llegara a fructificar.






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