"Brillos fugaces"

La luz de una lejana farola apenas dibuja el contorno de sus formas, mas la oscuridad no es un impedimento para él. Sus ojos están concebidos para ver en la densidad de las sombras y es precisamente en ese medio donde mejor se desenvuelven. En el otro lado de la calzada, ajeno al peligro que le acecha, un ratoncillo se entretiene yendo y viniendo en busca de alimento. Por varias veces se incorpora sobre sus patas traseras, olfateando desconfiado el aire, pero vuelve rápidamente a su quehacer al no observar amenaza alguna. La noche es fría y serena.

El gato sigue con la mirada fija en su objetivo, inmóvil, paciente, con la seguridad que da el sentirse depredador y no presa. Su color, negro como la noche, multiplica por mil sus garantías de éxito. Eso lo sabe perfectamente, pues no hace nada por ocultarse a la tímida mirada del roedor. Tan sólo existe un obstáculo. Un gran obstáculo: la maldita carretera.

La calzada que los separa es una vía muy transitada durante el día y, aunque por la noche su actividad decrece, el tráfico sigue siendo intenso. Nunca se sabe a ciencia cierta cuándo poder cruzarla sin peligro. Y mucho menos un gato.

Mientras el ratón va y viene, el felino mantiene firme su pétrea posición, moviendo tan sólo sus pupilas. De derecha a izquierda; de izquierda a derecha. Sentado sobre sus patas traseras parece recordar que varias de sus siete vidas las perdió al cruzar la carretera en situaciones parecidas, pero no está seguro. Los gatos no saben contar, por lo que no llevan la cuenta de las vidas perdidas y las que les quedan por vivir. Eso va con la especie y con la genética. Su instinto le dice, no obstante, que es peligroso y que hay que tomar precauciones, aunque no sabe por qué.

Pasa el tiempo y no se decide a tomar la iniciativa. ¿Y si ya consumió seis? ¿Y si le queda sólo una? La tremenda duda le hace vacilar. No parece una buena idea arriesgar, pero el hechizo, la atracción que produce el ratón sobre su instinto, es más fuerte que sus tal vez erróneos razonamientos. ¿Erróneos? Otra vez la jodida duda. Debe pensar -o intuir- que el ratón no va a estar ahí toda la noche, esperando a que se decida a saltar sobre él, y que en cualquier momento desaparecerá y perderá la oportunidad de degustar un delicioso bocado. Tiene que actuar ya y dejarse de tonterías. Y así lo hace. No lo piensa más. Su instinto resulta vencedor y sale como un proyectil cruzando la carretera.

El ruido chillón de los neumáticos y el golpe seco han llegado a los oídos del ratón y le han puesto de nuevo en guardia. Olisquea en una dirección, luego en otra, y así hasta que detiene sus diminutos ojillos en un bulto que ha aparecido en mitad de la calzada y que antes no estaba. Del bulto, inerte, empieza a salir un humeante reguero viscoso, que desprende a sus ojos y bajo la débil luz de la farola, brillos fugaces. Por varias veces se incorpora sobre sus patas traseras volviendo a olfatear desconfiado el aire, pero todo parece estar en la más absoluta de las calmas. La noche discurre lenta e inexorable y el alba está próxima. Está siendo, salvo algún percance aislado, fría e inusualmente tranquila.






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