"Alguien bostezó con el canto del cuco"

Estoy sentado en el sofá, mirando a la pantalla del televisor, haciendo zapping distraídamente sin implicarme demasiado en lo que veo. A mis espaldas, un sonido monótonamente familiar llama mi atención. Es el cuco, la mascota mecánica de la familia, que quiere tomar protagonismo entre la algarabía de sonidos que van surgiendo conforme voy cambiando de canal. Uno, dos, tres… hasta once cantos, cuento. Ha sacado pecho y quiere destacar por encima de realitys, noticieros y películas. Tiene raza este pájaro, como buen alemán que es, no en vano es oriundo de la afamada Selva Negra.

Mi dedo índice se ha detenido y ha dejado de cambiar sin habérselo ordenado. Por su cuenta y riesgo. Tiene narices, el tío. Me fastidia enormemente porque a veces da la impresión de que va por libre, de que lo hace para sacarme los colores, sin importarle quien esté delante. Me fijo en la pantalla y caigo: en el canal donde se ha detenido están dando El Cazador, de Michael Cimino, una de mis películas favoritas y él lo debe saber, por eso se ha parado, sabedor de que siempre disfruto con ella, de que siempre le saco algo nuevo a pesar de la multitud de veces que la he visto. En la pantalla están De Niro, Walken, Savage,… con una cogorza de órdago, intentando –aunque no consiguiendo- jugar al billar, mientras Frankie Walli deshoja la premonitoria y melancólica “can’t take my eyes off you”.

Me ha venido a la cabeza una idea sobre la qué escribir, por lo que corro a por mi cuaderno para marcar las líneas básicas por dónde deberá discurrir la trama. Siempre tengo a mano papel y lápiz, bien sea en casa, en el trabajo o, incluso, cuando voy por la calle. Nunca se sabe cuando va a surgir la inspiración. Sin embargo, cuando me siento de nuevo y apoyo la punta del lápiz en el cuaderno, aquél se niega a emprender el viaje, a tomar la salida. Es otra vez mi dedo, que actúa por su cuenta. No le debe gustar lo que mi cerebro ha discurrido y lo rechaza con su premeditada holgazanería. El puñetero dedito se está convirtiendo en mi más severo crítico.

La película da un giro brutal. Sin previo aviso, la pausada primera parte da paso a la más trepidante acción en un Vietnam inmisericorde. En la pantalla, un De Niro en actitud paternal, está rescatando de las aguas a un Savage con las piernas destrozadas al caer desde un helicóptero al río. Vuelvo a centrar mi atención en el cuaderno. Varias ideas vuelven a cruzar fugazmente por mi mente pero mi dedo índice, con un pasotismo que raya en lo esperpéntico, vuelve a ignorarlas. Quizá el señorito esté impresionado por la crudeza de las imágenes o quizá no tenga el día y no quiera ser el ejecutor de unas líneas burdas, exentas de cualquier atisbo de talento, como las que le ordeno escribir la mayoría de las veces.

El cuco vuelve a salir por decimosegunda vez. Me ha parecido que se ha tomado su tiempo en cantar, como si también estuviese atento a la película. Ya somos tres: el cuco tocapelotas, el puto índice descastado y yo, el escritor frustrado, viendo como De Niro y Walken se la montan a los charlys mientras se juegan la vida a la ruleta rusa. Me quedo dormido, pero me despierta el jodido engendro mecánico cuando más estaba disfrutando del sueño. No sé el tiempo que ha transcurrido. Ha salido una sola vez ¿la una ya? como protestando por hacer horas extra. Todavía tengo el lápiz entre los dedos y el cuaderno encima de mis rodillas. No hay nada escrito en él, por lo que desisto definitivamente. Hoy ya es demasiado tarde para que salga algo decente de la aturdida y cansada fábrica. Me devano los sesos por escribir algo coherente y en la televisión Christopher Walken se los vuela porque sí, porque le da la gana, en una de las escenas más crudas que haya visto jamás en la pantalla. Apago el televisor resignado.

Me caigo de sueño. Dejo al cuco fuera de combate apagando la luz de la sala, puesto que sin ella se debe cortar y ya no sale. Al índice me lo llevo conmigo, en volandas, procurando no darle más trabajo, que el pobrecillo ya ha tenido bastante. Confío en que Michael, de vuelta en casa, pueda rehacer su marcada vida. Me meto en la cama, esperando que con el efecto reparador del sueño descubra con gozo que para el cuco, mi índice y para mí mismo, amanecerá un nuevo día.






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