"Santa Inquisición"

El sol se desplomó por la línea del horizonte, salpicando de tonos cálidos las toscamente encaladas paredes de la fortaleza. Sus rayos dejaron de filtrarse por la ventana de la mazmorra, quedando ésta en una penumbra casi irreal. En la celda, hombres y ratas convivían sin prestarse demasiada atención, esperando que la suerte o algún milagro cambiasen su tétrico destino. Varios hombres, sentados en el suelo, intercambiaban impresiones con manifiesta desgana. El cerrojo de la puerta chirrió y la puerta se abrió. Dos carceleros, robustos como toros, entraron en la celda y se llevaron a un hombre cogido por los brazos, sin hacer el menor caso a las quejas que profería.
—Otro más —dijo el que estaba tuerto, que a juzgar por el aspecto de su ojo descubierto parecía que el que llevaba tapado era el sano— a este paso vacían hoy la celda.
—Si, parece que tienen prisa —dijo el flacucho que estaba sentado a su lado— Han incrementado el ritmo.
—¿Adónde se lo llevan? La voz sonó desde el fondo de la celda.
—A rendir cuentas a Dios, dicen —respondió el tuerto cansinamente.

Aún no se había agotado el eco que la puerta produjo al cerrarse, cuando el cerrojo volvió a dar señales de vida. Entraron otros dos hombres que, tras iluminar con sus faroles la celda, señalaron con el dedo hacia una esquina. El tuerto y el flacucho se miraron sorprendidos: en la esquina no había nadie. Sin embargo, hacia allí se dirigieron y, desplegándose, arrinconaron a una rata que sorprendida por la dura luz, quedó inmóvil, como petrificada. La cogieron y la metieron en un saco entre horribles chillidos. La puerta de la mazmorra volvió a cerrarse.
—¿Adónde se la llevan? —volvió a oírse en la oscuridad.
—A rendir cuentas a Dios ¿Es que no te enteras? —dijo el tuerto. El flacucho le puso una mano en el antebrazo al tuerto, llevándose el dedo a la sien y haciendo círculos con el dedo índice —anda escaso de luces— dijo lanzando un escupitajo al suelo.
—A rendir cuentas a Dios, a purgar los pecados, a redimirse con la muerte... ¿Qué más da? El caso es que te despachan porque alguien te acusa de algo, porque quieren librarse de ti o porque a alguien no le caes bien. Sin procedimiento. Sin haberte sometido a juicio. Me pregunto de qué acusarán a esa pobre rata: ¿Blasfemia? ¿Herejía? ¿De cagarse en el alba del obispo? El tuerto soltó una ruidosa carcajada que al rebotar en las paredes de la celda, permaneció en el aire durante unos instantes, orquestando el murmullo que vino a continuación.

La puerta volvió a abrirse y cerrarse tantas veces como personas y ratas había dentro; una y otra vez hasta que en la celda sólo quedaron el tuerto y el de las pocas luces. Ni una rata más. Los hombres que acababan de entrar miraban al tuerto y al corto como si no supiesen a cuál elegir, como si no tuviesen instrucciones concretas de a quién llevar. La cuestión se resolvió en pocos segundos.
—¿Adónde se lo llevan? Esta vez sólo respondió el eco, aunque con otra pregunta. Mientras, por el enrejado de la ventana, volvían a colarse a la mazmorra las primeras luces de una nueva jornada, los primeros rayos de un nuevo día, indiferentes al drama ocurrido en su interior.






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