"La carta"

El ayudante entró en el despacho del inspector tras golpear suavemente la puerta. Portaba un sobre abierto.
—Ha llegado hoy por correo. Creo que le interesará leerla.

El inspector sacó del sobre una hoja de papel amarillento, como reciclado de tiempos mejores. La carta parecía escrita con pulso inseguro y tenía una letra apenas legible. Se acomodó en el respaldo del sillón, emitió un suspiró y comenzó a leer:

“Todo empezó con el trasplante. Hasta ese momento yo había sido una persona amable y respetada. Disfrutaba ayudando a la gente, fuese cual fuese el motivo. Si entraba una viejecita en el autobús, le cedía gustosamente el sitio: “Oh, señora… faltaría más… siéntese, por favor”… Si un ciego esperaba a que alguien le ayudase a cruzar la calle, allí estaba yo acelerando el paso para llegar antes que nadie: “De nada, de nada… ha sido un placer ayudarle”… Estos actos desinteresados y este comportamiento cívico hacían que me sintiese reconfortado y muy satisfecho por poder ayudar. Pero todo esto cambió drásticamente a partir del trasplante”.

“A partir del día en que perdí la mano ya nada fue igual, y no por el hecho de haber quedado sin un miembro, sino por lo que sucedió a partir de ese momento. El dolor que sentí cuando la sierra cambió de sonido al encontrar materia blanda y, más tarde, en el hospital cuando el trasplante, no fue nada comparado con el dolor que siento ahora; un dolor insoportable que me corroe, que me desgarra las entrañas y que hace que me den arcadas solo con pensar en mi situación”.

“Tengo que acabar con este sufrimiento, con este sin vivir que me está matando desde entonces. Siempre me pregunto ¿De quien sería? ¿A qué se dedicaría? ¿Cómo habrá muerto? Recorro con la vista una y otra mano buscando diferencias pero, aparentemente no las hay ¡Si hasta le ha salido vello como a la mía! Sé que todo eso es falso y que bajo esa inocente apariencia se esconde algo malvado y diabólico. Dirán… ¡pero si es tu propia mano! No. Nunca lo ha sido. Ni por un momento en estos cinco últimos años”.

“Al poco de serme trasplantada ya empecé a notar que algo no iba bien. Recuperé la funcionalidad en un tiempo récord, lo que hizo que los cirujanos que me habían intervenido se felicitasen por el éxito, pero algo no encajaba. Multitud de veces les indiqué que algo raro pasaba, que funcionalmente era perfecta, pero, que… que… que actuaba por su cuenta. Ellos se miraban perplejos y reían a escondidas, como si hubiese dicho algo gracioso”.

“Nada más cicatrizar empezó a mostrarse tal y como era. Mi única mano propia, ante tamaño comportamiento, intentaba aplacarla, sujetarla, pero no podía con ella. Era mucho más débil y siempre salía perdiendo. La primera vez que lo hizo creí que no sería capaz, que entre mi otra mano y mi voluntad conseguiríamos doblegarla. La realidad se me presentó con toda su crudeza cuando tuve el convencimiento de que me había ganado la partida. Hubo cuatro veces más. Cuatro cadáveres más. Los nombres que aparecen en el reverso de esta carta son los de las personas que sufrieron su violencia y su implacable ira. Cuando esta carta llegue a ustedes yo ya no estaré en este mundo, ya me habré ido, y conmigo se habrá marchado para siempre esta cruel e implacable asesina. Estoy contento por eso, porque no volverá a matar. No culpen sino a ella de esos horribles crímenes”.


El inspector, una vez leída la carta, interrogó a su ayudante:
—¿Qué opina?
—Son todos iguales, inspector, no saben ya qué inventar para decir que ellos no son culpables de nada ¡Le echa la culpa a su propia mano!... ¡Por Dios! ¿Y usted? ¿Qué piensa?

El inspector no contestó. Golpeaba la carta doblada contra el pulgar de su mano izquierda semejando estar inmerso en profundos pensamientos. Le parecía que aquel hombre había dicho la verdad, que había sido sincero en su último aliento de vida. Un escalofrío recorrió su cuerpo como queriendo dar a entender que la carta no había puesto fin a la historia. No paraba de darle vueltas a lo que la mujer del difunto le había dicho el día del entierro: “he donado sus órganos y miembros a la ciencia. Siempre insistió en que si alguna parte de su cuerpo servía para ayudar a alguien o salvar alguna vida que no se la comiesen los gusanos.”






Enviar un comentario

nombre:
correo electrónico:
url:
Su comentario:

sintaxis html: deshabilitado