"En tierra extraña"

Nada más aterrizar la aeronave liberó el cinturón de seguridad y dejó escapar un profundo suspiro, hasta el punto de que la pasajera que volaba a su derecha, oyéndolo, sonrió divertida. ¿Su primer vuelo? La pregunta quedó suspendida en el aire, sin respuesta.

Al abandonar el avión pasó junto a la auxiliar que con tanta paciencia le había atendido durante el vuelo, improvisando, mano en alto, un tímido saludo. A su lado, con la sonrisa todavía en el rostro, bajaba la pasajera que momentos antes se había dirigido a él durante el aterrizaje. La miró por el rabillo del ojo y se recriminó el no haber prestado la debida atención a su espléndida belleza. ¡Maldita fobia! Quiso disculparse.
 —No, no lo es, pero no consigo acostumbrarme. El volar me puede —dijo mostrando la cara más amable que fue capaz de componer.
—¿Perdón?
—La respuesta a su pregunta. Discúlpeme por no haberla respondido en su momento. Estaba un poco nervioso.
—Oh, sí, claro —la mujer se volvió para tirar de su maleta, que se había atascado en la escalera— No tiene importancia. ¿Negocios?
—Hummm… no. En cualquier caso es una historia bastante larga. Puede que algún día se la cuente si hay ocasión. Permítame que le eche una mano —Ya estaba cogiéndole la maleta. ¿Y usted?
—Bueno, yo sí vengo por negocios, pero es una historia demasiado corta para que merezca la pena contarla. Regreso a París en el último vuelo.

Acompañó a la mujer hasta la salida, charlando y bromeando con cosas intrascendentes. Afuera, un coche la estaba esperando con el motor en marcha.
—Voy un poco justa y tengo una reunión en apenas una hora. El tiempo preciso para refrescarme un poco. Ha sido un placer conocerle, mi nombre es Isabel Durán —dijo ofreciéndole la mano.
—Modesto Sánchez —extendió la suya— Lo mismo digo. Tal vez en otra ocasión dispongamos de más tiempo para contarnos cosas.
—Me encantaría —sentenció ella con otra radiante sonrisa “made in señora estupenda” mientras subía al coche. El vehículo se alejó y Modesto lo siguió con la mirada hasta que se perdió de vista, en medio del denso tráfico. “Lástima” —pensó— Fue en ese momento cuando fue consciente de dónde estaba. Lo que sus ojos veían no se parecía en nada a lo que había dejado años atrás, cuando en el mes de febrero de 1939, a punto de entrar las tropas nacionales en Madrid y con apenas dieciocho años, tuvo que salir apresuradamente hacia el exilio. Francia lo había acogido, pero si actualmente gozaba de una posición cómoda en la vida no se debía al azar ni a los regalos que le habían hecho los gabachos –como le gustaba llamar a los franceses- sino a haber trabajado muy duro.
—¿Taxi, señor? Modesto seguía inmerso en sus propias reflexiones cuando la voz del taxista volvió a percutir
—¿Necesita un taxi, señor?
—Oh, sí. Lléveme… lléveme a la puerta del Sol.

Contempló asombrado el gran cambio experimentado por la ciudad, siéndole fácil reconocer viejos edificios y la estructura de las calles principales, que seguían prácticamente igual. Fue hacia la Plaza Mayor y por el camino encontró una cafetería que estaba abarrotada de gente de todas edades. El olor del aceite caliente y de la masa al freírse que inundaba el local hizo que se sintiese transportado a lugares conocidos, aunque prácticamente olvidados.
—Porras ¿tienen porras? —Le preguntó al camarero.
—Claro, caballero ¿Quiere, además, algo para mojar el churrete? —el camarero rió su propio chiste pero al ver que no era secundado soltó un grito desganado por encima del hombro ¡marchando uno con leche y una de porras! El primer bocado le hizo estremecerse. El sabor intenso de la crujiente masa explosionó en su paladar bloqueando instantáneamente sus demás sentidos. No es que fuese sólo el sabor lo que realizó la transformación: eran los treinta y siete años que se habían casi esfumado en un país extranjero, con gentes extrañas, con lengua desconocida; era su familia, abandonaba a una suerte incierta. Eran tantas cosas… Se recostó en el respaldo de la silla saboreando uno a uno los sucesivos bocados y extrayendo aromas y texturas durante muchos años arrinconados. Cuando terminó estuvo fijándose en la gente para ver si le sonaba alguna cara, algún rasgo, pero nadie pareció darse cuenta de la lucha que libraba en su interior, de la sorprendente soledad que le producía el regreso a su propia casa.

Cogió el metro en dirección a la plaza de la Cibeles, para continuar, ya a pie, por el Paseo de Recoletos. Tal vez allí, en ése lugar tan frecuentado por él en el pasado, pudiese encontrar alguna respuesta a un montón de preguntas que se hacía constantemente. En el metro volvió a fijarse en la gente, en sus caras, en sus reacciones, pero iban a lo suyo y no mostraban interés por nada. No se parecían a la gente que dejó atrás cuando se vio obligado a huir del país. Le parecía gente rara. Tan rara que creía no tener nada en común con ella. “tantos años fuera me han convertido en un extranjero en mi propia tierra” —sonrió amargamente.

El Paseo de Recoletos lo condujo a su lugar en otro tiempo preferido, un lugar donde acudía con su padre en los días festivos del verano a tomar horchata fresca. Allí, en el café Gijón, acudió a multitud de tertulias, charlas y reuniones, conociendo a gente como García Lorca, Valle Inclán, Celia Gámez y tantos otros. Ese lugar había estado permanentemente en su memoria durante el largo exilio, recordando anécdotas y palabras cariñosas que la gente le dedicaba. Se alegró mucho de verlo todavía abierto pero no había nada en él que le recordase a aquélla época: ni la decoración, ni las conversaciones, ni la gente que en él estaba. Por no haber no había ni siquiera horchata.

A última hora de la tarde Modesto estaba de nuevo en el aeropuerto, luego de realizar una fugaz visita al cementerio para estar unos minutos con sus padres. Quería conseguir un billete de vuelta a París para ese mismo día -empresa harto difícil- pero tuvo suerte. Alguien se había sentido indispuesto y había cancelado el vuelo pudiendo él conseguir pasaje. Mientras estaba esperando en la cafetería vio pasar muy cerca a la mujer que había viajado con él esa misma mañana. Recordó que le había dicho que regresaría en el último vuelo.
—¡Isabel! —llamó. A la mujer se le iluminó el rostro cuando le vio con el brazo en alto, saludándola. —¿Usted? No sabía que regresara tan pronto.
—Pues ya ves, yo tampoco. De hecho no estaba previsto ¿Recuerdas que te dije que algún día te contaría mi historia? —Modesto la cogió del brazo, mientras por la megafonía anunciaban el embarque de su vuelo— Creo que este es un buen momento para empezar a contártela.






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