"La carta"

El ayudante entró en el despacho del inspector tras golpear suavemente la puerta. Portaba un sobre abierto.
—Ha llegado hoy por correo. Creo que le interesará leerla.

El inspector sacó del sobre una hoja de papel amarillento, como reciclado de tiempos mejores. La carta parecía escrita con pulso inseguro y tenía una letra apenas legible. Se acomodó en el respaldo del sillón, emitió un suspiró y comenzó a leer:

“Todo empezó con el trasplante. Hasta ese momento yo había sido una persona amable y respetada. Disfrutaba ayudando a la gente, fuese cual fuese el motivo. Si entraba una viejecita en el autobús, le cedía gustosamente el sitio: “Oh, señora… faltaría más… siéntese, por favor”… Si un ciego esperaba a que alguien le ayudase a cruzar la calle, allí estaba yo acelerando el paso para llegar antes que nadie: “De nada, de nada… ha sido un placer ayudarle”… Estos actos desinteresados y este comportamiento cívico hacían que me sintiese reconfortado y muy satisfecho por poder ayudar. Pero todo esto cambió drásticamente a partir del trasplante”.

“A partir del día en que perdí la mano ya nada fue igual, y no por el hecho de haber quedado sin un miembro, sino por lo que sucedió a partir de ese momento. El dolor que sentí cuando la sierra cambió de sonido al encontrar materia blanda y, más tarde, en el hospital cuando el trasplante, no fue nada comparado con el dolor que siento ahora; un dolor insoportable que me corroe, que me desgarra las entrañas y que hace que me den arcadas solo con pensar en mi situación”.

“Tengo que acabar con este sufrimiento, con este sin vivir que me está matando desde entonces. Siempre me pregunto ¿De quien sería? ¿A qué se dedicaría? ¿Cómo habrá muerto? Recorro con la vista una y otra mano buscando diferencias pero, aparentemente no las hay ¡Si hasta le ha salido vello como a la mía! Sé que todo eso es falso y que bajo esa inocente apariencia se esconde algo malvado y diabólico. Dirán… ¡pero si es tu propia mano! No. Nunca lo ha sido. Ni por un momento en estos cinco últimos años”.

“Al poco de serme trasplantada ya empecé a notar que algo no iba bien. Recuperé la funcionalidad en un tiempo récord, lo que hizo que los cirujanos que me habían intervenido se felicitasen por el éxito, pero algo no encajaba. Multitud de veces les indiqué que algo raro pasaba, que funcionalmente era perfecta, pero, que… que… que actuaba por su cuenta. Ellos se miraban perplejos y reían a escondidas, como si hubiese dicho algo gracioso”.

“Nada más cicatrizar empezó a mostrarse tal y como era. Mi única mano propia, ante tamaño comportamiento, intentaba aplacarla, sujetarla, pero no podía con ella. Era mucho más débil y siempre salía perdiendo. La primera vez que lo hizo creí que no sería capaz, que entre mi otra mano y mi voluntad conseguiríamos doblegarla. La realidad se me presentó con toda su crudeza cuando tuve el convencimiento de que me había ganado la partida. Hubo cuatro veces más. Cuatro cadáveres más. Los nombres que aparecen en el reverso de esta carta son los de las personas que sufrieron su violencia y su implacable ira. Cuando esta carta llegue a ustedes yo ya no estaré en este mundo, ya me habré ido, y conmigo se habrá marchado para siempre esta cruel e implacable asesina. Estoy contento por eso, porque no volverá a matar. No culpen sino a ella de esos horribles crímenes”.


El inspector, una vez leída la carta, interrogó a su ayudante:
—¿Qué opina?
—Son todos iguales, inspector, no saben ya qué inventar para decir que ellos no son culpables de nada ¡Le echa la culpa a su propia mano!... ¡Por Dios! ¿Y usted? ¿Qué piensa?

El inspector no contestó. Golpeaba la carta doblada contra el pulgar de su mano izquierda semejando estar inmerso en profundos pensamientos. Le parecía que aquel hombre había dicho la verdad, que había sido sincero en su último aliento de vida. Un escalofrío recorrió su cuerpo como queriendo dar a entender que la carta no había puesto fin a la historia. No paraba de darle vueltas a lo que la mujer del difunto le había dicho el día del entierro: “he donado sus órganos y miembros a la ciencia. Siempre insistió en que si alguna parte de su cuerpo servía para ayudar a alguien o salvar alguna vida que no se la comiesen los gusanos.”

"La trama"

El hombre miró al joven con ojos bonachones, casi paternales. Viendo que éste callaba esperando respuesta, tomó la iniciativa.
—Si he entendido bien, Bradley, este asunto cobró vida en un viaje que hiciste con tus padres por Europa, visitando un convento franciscano ¿Verdad? En esa visita al convento habrías leído en una página de un libro miniado ¿Se dice así? —El hombre pareció dudar, hizo una pequeña pausa para retomar el hilo de la conversación y continuó— habrías leído, decía, que hoy, alguien o algo atentaría contra mi vida ¿Estoy en lo cierto?

El adolescente asintió con un apenas perceptible movimiento de cabeza.

—Bien —continuó el hombre—. Ese libro fue escrito, según me han informado, en el siglo XVIII, para representar cánticos que los monjes del monasterio cantaban en sus actos cotidianos ¿Te das cuenta? ¡En el siglo XVIII!, ¡Hace nada más ni nada menos que tres siglos!

El joven abrió la boca inconscientemente, tal vez por sueño, tal vez por aburrimiento. Se dio cuenta y puso, al instante, una mano delante para disimular el gesto. Se encogió de hombros.
—Además —prosiguió el hombre— nuestros expertos han estudiado el libro minuciosamente y no han descifrado código alguno que nos haga sospechar que lo que has visto en él puede representar una amenaza seria. El hombre calló un momento estudiando la reacción del joven, que continuó imperturbable, aunque con una mueca en el rostro que denotaba cansancio. Cansancio por escuchar lo mismo durante los tres últimos meses.
—Lo he repetido hasta la saciedad —El joven dejó de lado su apatía y pasó a la acción—. La amenaza está ahí, codificada entre los punctum cuadratum impresos en la página del libro. Esos puntos son en realidad notas musicales, pero están dispuestos de forma especial, ingeniosa, inequívocamente brillante. El código es un hecho. Si sus expertos no lo ven, señor, es que están ciegos.

El hombre lanzó un hondo suspiro al mismo tiempo que se quitaba los lentes. Sacó un pañuelo del bolsillo de su batín y se puso a limpiarlos con gesto paciente. Una vez colocados de nuevo y como viendo las cosas más claras se dirigió a la mesa, se sirvió un trozo generoso de carne y le ofreció al joven:
—Es mi almuerzo. Cerdo agridulce ¿Te apetece?
—No como cerdo –—rechazó el joven.
—Recapitulemos —dijo el hombre. Una, llamémosle profecía, vaticinada hace más de trescientos años, reza que en el año 2045 el dirigente más poderoso de la tierra será sacrificado, que su corazón será arrancado de cuajo y que su sangre será vertida sobre la tierra. A partir de ese momento las fuerzas del bien retomarán el mando y reinarán sobre todo el universo. Todo esto es muy confuso, Bradley, tienes que reconocerlo. Fuerzas del mal, fuerzas del bien. No sé. Se supone que nosotros somos los buenos. Soy hombre paciente y también temeroso de Dios, lo que hace que sea prudente y que tome en consideración todas las teorías, máxime con la tensión política que actualmente hay en el mundo, con los musulmanes esperando una señal para iniciar una nueva guerra santa, pero ¿Crees realmente que esta… esta… profecía, tiene algún fundamento?

El joven salió de la estancia y cerró la puerta tras de sí, cuidadosamente. Hizo un gesto cortés a los hombres que la custodiaban y se alejó por un pasillo adornado con una impoluta alfombra roja. En su mano derecha un portafolio de cuero negro dejaba escapar de vez en cuando una gota viscosa, oscura, que iba a mezclarse con las fibras de la alfombra, en perfecta armonía de tonos. De su mano izquierda, férreamente cerrada hasta ese momento, pendía un amuleto con forma de media luna, que fue a depositar en una consola olvidada al fondo del pasillo y sobre la que colgaba un retrato reciente de un sonriente presidente de los Estados Unidos.

“Doctor, tiene usted un problema”

—Cuéntemelo todo, desde el principio.
—En realidad, yo…
—Es lógico que le cueste hablar de ello. Les pasa a todos cuando vienen por primera vez. Tenga en cuenta que soy médico y que todo lo que usted me cuente es confidencial. Puede y debe hablarme con toda franqueza. Además, de ello depende que lleguemos o no a solucionar su problema. ¿Más relajado ahora?
—No, si relajado estoy, lo que pasa es que…
—Confíe en mí. Llevo más de veinte años de profesión y le aseguro que mis pacientes están plenamente satisfechos. Supongo que ya se habrá informado.
—Si, en efecto, me he informado muy bien con respecto a usted.
—Bien, entonces ¿Qué problema hay?
—Ninguno, ninguno. No hay ningún problema.
—Venga por aquí, por favor.
—De acuerdo, pero le advierto que no dispongo de mucho tiempo.
—Será cosa de unos minutos tan solo. Desnúdese de cintura para abajo.

Veinte minutos después…

—¿Ve como no ha sido tan difícil?
—La verdad es que no.
—Bien, está usted como un roble. La verdad, no alcanzo a comprender por qué necesitaba acudir a un urólogo. En lo que concierne a mi especialidad todo le funciona a la perfección ¿Le emito una factura o prefiere pasar sin ella? Ya sabe, es por lo del iva.
—Verá. No acudí a usted para hacerme un chequeo, aunque nunca está de más, desde luego. Insistió tanto y le vi tan metido en su trabajo que no quise contrariarle. Permítame una pregunta, doctor ¿La paga dentro del período voluntario o lo va a hacer con recargo por mora? Ya sabe, es por lo de la sanción. Soy inspector de Hacienda.

"Santa Inquisición"

El sol se desplomó por la línea del horizonte, salpicando de tonos cálidos las toscamente encaladas paredes de la fortaleza. Sus rayos dejaron de filtrarse por la ventana de la mazmorra, quedando ésta en una penumbra casi irreal. En la celda, hombres y ratas convivían sin prestarse demasiada atención, esperando que la suerte o algún milagro cambiasen su tétrico destino. Varios hombres, sentados en el suelo, intercambiaban impresiones con manifiesta desgana. El cerrojo de la puerta chirrió y la puerta se abrió. Dos carceleros, robustos como toros, entraron en la celda y se llevaron a un hombre cogido por los brazos, sin hacer el menor caso a las quejas que profería.
—Otro más —dijo el que estaba tuerto, que a juzgar por el aspecto de su ojo descubierto parecía que el que llevaba tapado era el sano— a este paso vacían hoy la celda.
—Si, parece que tienen prisa —dijo el flacucho que estaba sentado a su lado— Han incrementado el ritmo.
—¿Adónde se lo llevan? La voz sonó desde el fondo de la celda.
—A rendir cuentas a Dios, dicen —respondió el tuerto cansinamente.

Aún no se había agotado el eco que la puerta produjo al cerrarse, cuando el cerrojo volvió a dar señales de vida. Entraron otros dos hombres que, tras iluminar con sus faroles la celda, señalaron con el dedo hacia una esquina. El tuerto y el flacucho se miraron sorprendidos: en la esquina no había nadie. Sin embargo, hacia allí se dirigieron y, desplegándose, arrinconaron a una rata que sorprendida por la dura luz, quedó inmóvil, como petrificada. La cogieron y la metieron en un saco entre horribles chillidos. La puerta de la mazmorra volvió a cerrarse.
—¿Adónde se la llevan? —volvió a oírse en la oscuridad.
—A rendir cuentas a Dios ¿Es que no te enteras? —dijo el tuerto. El flacucho le puso una mano en el antebrazo al tuerto, llevándose el dedo a la sien y haciendo círculos con el dedo índice —anda escaso de luces— dijo lanzando un escupitajo al suelo.
—A rendir cuentas a Dios, a purgar los pecados, a redimirse con la muerte... ¿Qué más da? El caso es que te despachan porque alguien te acusa de algo, porque quieren librarse de ti o porque a alguien no le caes bien. Sin procedimiento. Sin haberte sometido a juicio. Me pregunto de qué acusarán a esa pobre rata: ¿Blasfemia? ¿Herejía? ¿De cagarse en el alba del obispo? El tuerto soltó una ruidosa carcajada que al rebotar en las paredes de la celda, permaneció en el aire durante unos instantes, orquestando el murmullo que vino a continuación.

La puerta volvió a abrirse y cerrarse tantas veces como personas y ratas había dentro; una y otra vez hasta que en la celda sólo quedaron el tuerto y el de las pocas luces. Ni una rata más. Los hombres que acababan de entrar miraban al tuerto y al corto como si no supiesen a cuál elegir, como si no tuviesen instrucciones concretas de a quién llevar. La cuestión se resolvió en pocos segundos.
—¿Adónde se lo llevan? Esta vez sólo respondió el eco, aunque con otra pregunta. Mientras, por el enrejado de la ventana, volvían a colarse a la mazmorra las primeras luces de una nueva jornada, los primeros rayos de un nuevo día, indiferentes al drama ocurrido en su interior.

"En tierra extraña"

Nada más aterrizar la aeronave liberó el cinturón de seguridad y dejó escapar un profundo suspiro, hasta el punto de que la pasajera que volaba a su derecha, oyéndolo, sonrió divertida. ¿Su primer vuelo? La pregunta quedó suspendida en el aire, sin respuesta.

Al abandonar el avión pasó junto a la auxiliar que con tanta paciencia le había atendido durante el vuelo, improvisando, mano en alto, un tímido saludo. A su lado, con la sonrisa todavía en el rostro, bajaba la pasajera que momentos antes se había dirigido a él durante el aterrizaje. La miró por el rabillo del ojo y se recriminó el no haber prestado la debida atención a su espléndida belleza. ¡Maldita fobia! Quiso disculparse.
 —No, no lo es, pero no consigo acostumbrarme. El volar me puede —dijo mostrando la cara más amable que fue capaz de componer.
—¿Perdón?
—La respuesta a su pregunta. Discúlpeme por no haberla respondido en su momento. Estaba un poco nervioso.
—Oh, sí, claro —la mujer se volvió para tirar de su maleta, que se había atascado en la escalera— No tiene importancia. ¿Negocios?
—Hummm… no. En cualquier caso es una historia bastante larga. Puede que algún día se la cuente si hay ocasión. Permítame que le eche una mano —Ya estaba cogiéndole la maleta. ¿Y usted?
—Bueno, yo sí vengo por negocios, pero es una historia demasiado corta para que merezca la pena contarla. Regreso a París en el último vuelo.

Acompañó a la mujer hasta la salida, charlando y bromeando con cosas intrascendentes. Afuera, un coche la estaba esperando con el motor en marcha.
—Voy un poco justa y tengo una reunión en apenas una hora. El tiempo preciso para refrescarme un poco. Ha sido un placer conocerle, mi nombre es Isabel Durán —dijo ofreciéndole la mano.
—Modesto Sánchez —extendió la suya— Lo mismo digo. Tal vez en otra ocasión dispongamos de más tiempo para contarnos cosas.
—Me encantaría —sentenció ella con otra radiante sonrisa “made in señora estupenda” mientras subía al coche. El vehículo se alejó y Modesto lo siguió con la mirada hasta que se perdió de vista, en medio del denso tráfico. “Lástima” —pensó— Fue en ese momento cuando fue consciente de dónde estaba. Lo que sus ojos veían no se parecía en nada a lo que había dejado años atrás, cuando en el mes de febrero de 1939, a punto de entrar las tropas nacionales en Madrid y con apenas dieciocho años, tuvo que salir apresuradamente hacia el exilio. Francia lo había acogido, pero si actualmente gozaba de una posición cómoda en la vida no se debía al azar ni a los regalos que le habían hecho los gabachos –como le gustaba llamar a los franceses- sino a haber trabajado muy duro.
—¿Taxi, señor? Modesto seguía inmerso en sus propias reflexiones cuando la voz del taxista volvió a percutir
—¿Necesita un taxi, señor?
—Oh, sí. Lléveme… lléveme a la puerta del Sol.

Contempló asombrado el gran cambio experimentado por la ciudad, siéndole fácil reconocer viejos edificios y la estructura de las calles principales, que seguían prácticamente igual. Fue hacia la Plaza Mayor y por el camino encontró una cafetería que estaba abarrotada de gente de todas edades. El olor del aceite caliente y de la masa al freírse que inundaba el local hizo que se sintiese transportado a lugares conocidos, aunque prácticamente olvidados.
—Porras ¿tienen porras? —Le preguntó al camarero.
—Claro, caballero ¿Quiere, además, algo para mojar el churrete? —el camarero rió su propio chiste pero al ver que no era secundado soltó un grito desganado por encima del hombro ¡marchando uno con leche y una de porras! El primer bocado le hizo estremecerse. El sabor intenso de la crujiente masa explosionó en su paladar bloqueando instantáneamente sus demás sentidos. No es que fuese sólo el sabor lo que realizó la transformación: eran los treinta y siete años que se habían casi esfumado en un país extranjero, con gentes extrañas, con lengua desconocida; era su familia, abandonaba a una suerte incierta. Eran tantas cosas… Se recostó en el respaldo de la silla saboreando uno a uno los sucesivos bocados y extrayendo aromas y texturas durante muchos años arrinconados. Cuando terminó estuvo fijándose en la gente para ver si le sonaba alguna cara, algún rasgo, pero nadie pareció darse cuenta de la lucha que libraba en su interior, de la sorprendente soledad que le producía el regreso a su propia casa.

Cogió el metro en dirección a la plaza de la Cibeles, para continuar, ya a pie, por el Paseo de Recoletos. Tal vez allí, en ése lugar tan frecuentado por él en el pasado, pudiese encontrar alguna respuesta a un montón de preguntas que se hacía constantemente. En el metro volvió a fijarse en la gente, en sus caras, en sus reacciones, pero iban a lo suyo y no mostraban interés por nada. No se parecían a la gente que dejó atrás cuando se vio obligado a huir del país. Le parecía gente rara. Tan rara que creía no tener nada en común con ella. “tantos años fuera me han convertido en un extranjero en mi propia tierra” —sonrió amargamente.

El Paseo de Recoletos lo condujo a su lugar en otro tiempo preferido, un lugar donde acudía con su padre en los días festivos del verano a tomar horchata fresca. Allí, en el café Gijón, acudió a multitud de tertulias, charlas y reuniones, conociendo a gente como García Lorca, Valle Inclán, Celia Gámez y tantos otros. Ese lugar había estado permanentemente en su memoria durante el largo exilio, recordando anécdotas y palabras cariñosas que la gente le dedicaba. Se alegró mucho de verlo todavía abierto pero no había nada en él que le recordase a aquélla época: ni la decoración, ni las conversaciones, ni la gente que en él estaba. Por no haber no había ni siquiera horchata.

A última hora de la tarde Modesto estaba de nuevo en el aeropuerto, luego de realizar una fugaz visita al cementerio para estar unos minutos con sus padres. Quería conseguir un billete de vuelta a París para ese mismo día -empresa harto difícil- pero tuvo suerte. Alguien se había sentido indispuesto y había cancelado el vuelo pudiendo él conseguir pasaje. Mientras estaba esperando en la cafetería vio pasar muy cerca a la mujer que había viajado con él esa misma mañana. Recordó que le había dicho que regresaría en el último vuelo.
—¡Isabel! —llamó. A la mujer se le iluminó el rostro cuando le vio con el brazo en alto, saludándola. —¿Usted? No sabía que regresara tan pronto.
—Pues ya ves, yo tampoco. De hecho no estaba previsto ¿Recuerdas que te dije que algún día te contaría mi historia? —Modesto la cogió del brazo, mientras por la megafonía anunciaban el embarque de su vuelo— Creo que este es un buen momento para empezar a contártela.

"La herencia"

—Os he hecho llamar porque creo que va siendo hora de que arreglemos nuestras diferencias —la mujer que hablaba hizo una pausa, tomó de la mesa un vaso de agua y bebió un buen trago. Papá —continuó— me lo ha hecho saber antes de revisar por última vez su testamento.

Las otras dos mujeres se miraron interrogativamente, pero no dijeron nada. La voz de su hermana volvió a centrar su atención:
—Siempre hemos tenido nuestras diferencias, no voy a ocultarlo, y sería cínico por mi parte no reconocerlo. Lo de papá es cosa de meses; tal vez de días, y quiere que antes de morir nos reconciliemos. En cualquier caso hemos de guardar las apariencias, pues si observa que seguimos enemistadas donará toda su fortuna a Dios sabe qué. Así mismo me lo ha dicho.

Las miradas de las mujeres volvieron a encontrarse, pero continuaron calladas. La mayor volvió a tomar la palabra:
—Os fuisteis de casa para vivir vuestra vida, sin que nadie os molestase. Quisisteis volar, vivir de espaldas a la realidad de la familia y no os preocupasteis de papá ni en los peores momentos de su enfermedad. Llevo quince años cuidándolo, aguantando sus desplantes, su continuo mal humor. Pero no os he reunido para echároslo en cara, no, todo eso no importa ya. No es momento para reproches sino para arreglar las cosas. Mientras cenamos, comentaremos los pormenores de la herencia. —¡Aurita! —llamó haciendo sonar las palmas— sírvenos la cena, por favor.

La sirvienta entró en el comedor mientras las tres hermanas se acomodaban alrededor de la mesa, alrededor del objeto ante el que tantas y tantas veces se habían sentado y que las había mantenido en otro tiempo unidas. La hermana mayor se sentó a la cabecera y, tomando la iniciativa, cogió las manos de sus dos hermanas.
—Es maravilloso —dijo— juntas otra vez, como en los viejos tiempos.
—¡Setas! ¡hummm… me encantan! —casi gritó la menor de las hermanas zafándose de la presión que su hermana mayor ejercía sobre su mano ¡Qué buena elección has hecho! Todavía recuerdo cuando salíamos al monte con papá a recogerlas.
—Creí que sería un buen comienzo —dijo la hermana mayor. Las he seleccionado yo misma.
—Sí, creo que es un buen comienzo —asintió la que hasta ahora había permanecido callada mientras se servía un buen plato— Si no nos has reunido para reprocharnos nuestra conducta ¿Para qué entonces? Ya sabemos qué parte nos corresponde a cada una ¿No?
—Sí —dijo la hermana mayor— pero tened en cuenta lo de la reconciliación. No sólo tiene que ser un hecho sino parecerlo. Sin ella no entramos en el testamento.
—¡Hummm… qué buenos! —la hermana menor estaba entusiasmada con los boletos— No los había probado desde entonces, pero la espera ha merecido la pena.
—Están deliciosos, dijo la mediana. Pero... ¿Y ese picor? ¿Llevan guindilla o algo así?

A la hermana menor se le habían subido los colores. Tenía el rostro congestionado y respiraba con dificultad. Con el tenedor revolvió en el plato como buscando la evidencia. Al fin, encontró lo que buscaba y dijo, no sin dificultad:
—Pero… ¿Qué… qué nos has puesto? ¡Nooo...! ¡Dios mío! —la mediana se llevó las manos a la garganta— Nos has hecho venir para deshacerte de nosotras y quedarte con toda la herencia  ¡Esa era tu reconciliación! ¡Maldita seas!
—Os juro que no sé de qué habláis. Yo misma cogí y seleccione una por una esas setas. No había ninguna mínimamente tóxica, os lo aseguro, aunque…

La sirvienta entró en el comedor minutos después y se acercó a la mesa. Las dos hermanas menores apenas se movían y de la boca les salía una especie de espuma blanca. La señora estaba bien despierta y los ojos parecían querer salírsele de las órbitas.
—Lo siento, señora —Aurita tomó el protagonismo de la velada— pero no podía permitir que mi hijo, su hermanastro al fin y al cabo, fuese ignorado por más tiempo. Creo que ha llegado el momento de hacer justicia y de vengar todas las afrentas. Mientas usted recogía boletos yo salí por paxilos involutos. El resto ya lo conoce. Mañana vendrá el forense y certificará sus muertes como una intoxicación por imprudencia. Las hay a montones en esta época. Pediremos la prueba del ADN y su padre no tendrá más remedio que reconocer a su propio hijo. Siento que las cosas hayan tenido que acabar así.

"La Profecía"

Sentado en su sofá preferido, Ernesto pasa distraídamente las páginas de El País, sin detenerse en ninguna lectura concreta. Su mirada, perdida, se centra en la parte superior de cada hoja, donde viene impresa la fecha. Una página tras otra, cadenciosamente, hasta que llega a la última. Y vuelta a empezar. Lleva así desde muy temprano, desde que leyó la noticia que le sobrecogió el corazón. De eso hace ya casi tres horas.

Se levanta, por fin, y se asoma a una de las ventanas que dan a la calle, disimuladamente, sin descorrer los finos visillos de encaje que la visten. Centra su atención en la puerta de entrada del edificio, parcialmente tapada por el rótulo de la tienda que hay en la planta baja “Maldito rótulo” se sorprende jurando para sí, mientras se agacha en un intento por coger más ángulo de visión “desde aquí sólo se ven las piernas”.

Ernesto envió a la cárcel a un tipo nueve años atrás. Bueno, él no, un jurado popular compuesto por nueve personas de las que él era el portavoz. Las pruebas fueron tan claras e irrefutables que el jurado no tuvo ninguna duda a la hora de declararlo culpable. El juez dictó sentencia condenándole a 35 años de cárcel por asesinato en primer grado. El acusado habría violado a su víctima, procediendo a descuartizarla después, esparciendo sus restos por diversos contenedores situados en sitios estratégicos de la ciudad. Al finalizar el juicio el condenado le dijo que soñaría con su cara todas las noches, hasta que fuese a buscarlo para ajustar cuentas. Desapareció de la sala escupiéndole a la cara “es una profecía”.

Han pasado ya quince años desde aquello y en ese tiempo, Ernesto, no ha sido capaz de apartar de su mente por un solo día el juramento hecho por el asesino. Hoy, la profecía ha vuelto a ocupar un lugar preeminente en su cabeza después de leer el periódico, en el que viene una pequeña noticia que para muchos habría pasado desapercibida, pero no para Ernesto. La noticia dice que en la madrugada de ese mismo día “el desmembrador” –así lo bautizaron cuando lo del crimen- ha dejado la cárcel donde se encontraba recluido… No pudo seguir leyendo.

Alguien ha llamado desde la calle y a Ernesto le protesta el corazón por segunda vez. Conteniendo la respiración se queda escuchando junto al interfono, sin moverse, sin hacer el más mínimo ademán de querer abrir la puerta. El timbre vuelve a sonar, esta vez con más insistencia, una, dos, y hasta tres veces. Se acerca rápidamente a la ventana para observar por detrás de los visillos, pero no alcanza a ver más que unos tejanos y unas zapatillas deportivas. Vuelve a maldecir. Identifica con pavor el clásico ruido de que alguien en algún piso ha pulsado el botón de apertura de la puerta. El que entra ha debido llamar a todos los timbres hasta encontrar quien le abriera. Pega su oreja a la puerta, aguzando el oído, rezando para que el que sube en el ascensor se detenga en otro piso, en otra vivienda que no sea la suya. Son momentos dramáticos en los que su corazón parece no tener descanso, no encontrar cuartel. El tiempo permanece en suspenso y deja de transcurrir, mientras la caldera de vapor que es su pecho está al límite y amenaza con reventar. Suena el timbre.

Ernesto podría haber mirado a través de la mirilla y comprobar que quien se encuentra al otro lado de la puerta es el chico del supermercado, que trae la compra que su mujer, ausente desde muy temprano, ha hecho esta mañana. También podría haber acabado de leer la noticia que el periódico recoge en la página de sucesos y que reza lo siguiente: “El desmembrador ha dejado la cárcel donde se encontraba recluido desde hace quince años, tras ser encontrado muerto en su celda en extrañas circunstancias”. Podría muy bien haber hecho todo eso, sí, pero no ha podido porque su corazón no ha aguantado y se ha parado para siempre.

"Brillos fugaces"

 [ Más ]

"60 minutos"

6,15 horas.

Cuando sonó el despertador, Alice ya estaba despierta. En realidad no había dormido nada en toda la noche. Razones había.

Le costó mucho levantarse y una vez en pie se movió torpemente como si fuese una marioneta, como si alguien tensase los hilos y manejase a voluntad su abatido cuerpo. Por el pasillo pasó por delante de la habitación de su hija. Le hubiera gustado entrar a arroparla y a darle un beso en la frente, como solía hacer cuando ella estaba. Una vez en la cocina cogió el tarro del café, lo abrió, e inspiró profundamente, deleitándose con el aroma que desprendía. Echó dos cucharadas en la cafetera y se sentó a esperar. Pronto la máquina empezó a dar muestras de efectividad y el café empezó a salir de sus metálicas entrañas.

 En la penitenciaría de Atlanta, Georgia, Nate, llevaba también varios días sin dormir. Hacía casi dos años que estaba en el corredor de la muerte y hoy, precisamente hoy, era el día de su ejecución. Inmediatamente después del amanecer le pondrían una inyección letal que acabaría con su particular e infructuosa cruzada. Eso si no llegaba antes el indulto del gobernador. Le quedaba justamente una hora de vida.

6,32 horas.

Alice se sirvió una más que generosa taza de café, incorporó dos cucharadas de azúcar y se puso a darle vueltas para desleírlo. Acto seguido extrajo la cucharilla y contempló como la espuma giraba y giraba en la taza hasta quedar totalmente inmóvil. Las pequeñas burbujas fueron desapareciendo y la superficie pronto estuvo totalmente despejada. Acercó la taza a los labios y bebió un primer sorbo, que le supo amargo a pesar del azúcar. Encendió la radio y consultó el reloj.

A esa misma hora un funcionario entró en la celda de Nate portando el desayuno y ropa limpia, indicándole que se la pusiese. Sorprende lo contradictoria y cínica que puede llegar a ser la sociedad: te dan ropa limpia y un desayuno espléndido cuando te van a despachar, cuando se te va a negar el disfrute del más fundamental de tus derechos: la vida. Creo que más que una despedida a los repudiados es un castigo, para que sepas lo que te vas a perder de aquí en adelante. Nate dejó el desayuno a un lado comenzó a vestirse lentamente, como intentando alargar el tiempo exprimiéndole al reloj valiosos minutos.

6,40 horas.

Alice daba su segundo sorbo al café. Le había puesto otra cucharada de azúcar pero seguía sabiendo amargo. Dejó la taza en la mesa y se concentró en lo que decían las noticias: en una emisora local alguien transmitía desde el exterior de la penitenciaría del estado y hablaba de una inminente ejecución. Especulaba con la posibilidad de que el gobernador hiciese una llamada de última hora y conmutase la sentencia por la de cadena perpetua.

7,05 horas.

En el centro penitenciario todo estaba dispuesto. Nate estaba echado en la camilla, con brazos y piernas sujetos por fuertes correas. Su mirada era ausente y se dejaba hacer sin oponer resistencia. De nada hubiera servido, por otra parte. Toda la fuerza la había empleado en intentar demostrar que él no era culpable, que no había matado a nadie, que todo se debía a un tremendo y fatal error judicial. Ahora su vida dependía de una llamada telefónica. Paradojas del destino. Eran las 7,10 y faltaban tan sólo cinco minutos para la ejecución, para su ejecución. Miró al funcionario que estaba al lado del teléfono y le pareció que sus ojos le transmitían “Ánimo, el gobernador llamará” pero esto no le tranquilizó. Pensó en su mujer, que había soportado todo un calvario en los dos últimos años, y en su hija y unas tímidas lágrimas pugnaron por salir, pero no se derrumbó. Un pinchazo lo devolvió a la realidad. Alguien le había puesto la vía.

7,14 horas.

El café seguía estando amargo a pesar de las cuatro cucharadas de azúcar que Alice le había puesto ¿Sería su boca? Además, se había enfriado. Miró el reloj y comprobó que faltaba apenas un minuto. Siguió con la vista la aguja del segundero, acompañando con imperceptibles golpes de cabeza, su inexorable y despejado camino hacia las 12. En ese mismo momento unas interferencias creadas por una motocicleta fuera de la casa le hicieron dejar de escuchar la emisora. Acercó la mano al dial para sintonizar.

El teléfono de la penitenciaría no llegó a sonar. La radio de Alice sonó y sonó, hora tras hora, hasta que alguien la apagó. Junto a su cuerpo había un sobre apoyado en una taza de café a medio tomar. Los periódicos de ese día hicieron eco de la noticia en primera página: “Nate Adams, el hombre que había asesinado cruelmente a su hija dos años atrás, ha sido ajusticiado a las 7,15 de la mañana en la penitenciaría del estado”.

"La verdadera tragedia de un naufragio"

Un chirrido espantoso quebró la noche, recorriendo la superficie de un océano inusualmente tranquilo. El sonido se prolongó por espacio de unos diez segundos y luego todo quedó otra vez en silencio. Damian Orlowski se despertó sobresaltado y comenzó a vestirse con toda la rapidez de que fue capaz. Cuando abrió la puerta de su camarote y salió al pasillo ya había algunas personas que iban y venían preguntándose angustiadas por lo sucedido. Eran las veintitrés horas y cuarenta y cinco minutos del día 15 de abril de 1912.

Damian Orlowski era un competente científico polaco que trabajaba en Inglaterra en el campo de la ingeniería celular. Su trabajo lo llevaba con mucha discreción, por lo que sus superiores, si bien sabían en qué invertía el tiempo, no estaban del todo al corriente de sus descubrimientos y avances. En las últimas semanas Orlowki había dado un paso definitivo en su investigación, logrando llegar al final de lo que tantos años llevaba persiguiendo y tantos sacrificios le había costado. Comunicó a la dirección y a los inversores americanos que su trabajo se acercaba a su fin y que lo pondría en conocimiento del mundo científico en un viaje que próximamente haría a los Estados Unidos. El día 10 de abril se embarcó en un trasatlántico para cubrir el trayecto Southampton-Nueva York.

¡CQD, CQD…! ¿Alguien puede oírnos? Hemos colisionado con un iceberg y tenemos serios problemas ¡S.O.S.! –Imploraba el radiotelegrafista una y otra vez.

-El Carpathia es el más cercano, capitán, y está a unas 60 millas. Forzando la máquina tardará unas cuatro horas en llegar.
-¡Maldita sea, Philips! Nos quedan apenas un par de horas antes de que todo se vaya al carajo. El Carpathia está demasiado lejos. Siga insistiendo, por Dios.

Al poco tiempo del impacto la gente, aturdida, ya corría de un lugar para otro sin saber qué hacer. Los pasillos de los camarotes eran una continua marabunta humana, una peregrinación de pasajeros angustiados que iban y venían sin un destino, con el único fin de llegar por todos los medios a la cubierta principal y allí informarse de lo que estaba sucediendo. Oficiales y marineros de la tripulación intentaban en vano calmarlos y les apremiaban para que se pusiesen los chalecos salvavidas. En esos momentos de tensa agitación Damian Orlowski vio como una madre con su hijo en brazos era derribada y pisoteada brutalmente hasta perder el conocimiento. Nadie se detuvo para prestarles auxilio. Se quedó mirando al pequeño unos instantes y dudó si ir en su ayuda, pero viendo sus propios brazos ocupados por el voluminoso maletín desvió su mirada, volvió sobre sus pasos y siguió a la gente que se dirigía atropelladamente hacia la cubierta de primera clase.

La cubierta principal era un desordenado caos donde nada parecía estar en su sitio. Por todas partes se veía a gente corriendo, intentando integrarse en los grupos que estaban organizando los oficiales para evacuar el navío. Algunos miembros de la orquesta, que momentos antes habían estado amenizando la cena, tocaban ahora allí. Sus caras, a pesar de la agitación, eran animosas; sus gestos, exagerados. Ponían especial empeño en parecer serenos sin acabar de lograrlo del todo. Sus piezas, alegres en el comedor, sonaban ahora con una carga dramática rayando en lo funesto. Abajo, en la superficie del agua, varios botes sobrecargados se alejaban a toda prisa del barco. Sus tripulantes intentaban apartar con los remos a gente que nadaba desesperada hacia ellos. Fue en ese momento cuando Orlowki pudo comprobar la verdadera magnitud y gravedad del desastre. La proa del navío empezaba a sumergirse, siendo ya notoria la escora hacia el lado de estribor. La popa estaba casi en su totalidad fuera del agua, de manera que pronto empezarían a asomar las hélices. El Titanic estaba sentenciado.

Damián Orlowski vio la oportunidad y pensó que no podía perder más tiempo. Se acercó al grupo de gente menos numeroso y le dijo al oído al oficial que era vital que él tuviese prioridad, dada la importancia de los documentos que llevaba encima –le mostró el maletín- El oficial ni siquiera le miró cuando le espetó:
-¿Más importantes que la vida de estas personas? Póngase a la cola y espere su turno.
-Le repito, oficial –insistió- que llevo documentación importantísima y puesto que lo ha mencionado, mucho más importante que la vida de todas esas personas. Tiene que dejarme subir.
-¿Acaso está sordo? Le he dicho que espere su turno. Para esta gente también es vital subir al bote. Además… no puede subir con equipaje. Tenemos órdenes tajantes de que a los botes salvavidas solo suban pasajeros. Nada más.

Orlowski abrazó con todas sus fuerzas el maletín y se dispuso a subir, costase lo que costase, golpeando en su acción a varias personas que le precedían en la cola. El oficial le cortó el paso, agarrando con sus manos el portafolios con el fin de arrebatárselo. Forcejearon sobre la borda unos instantes, hasta que en un intento por desprender el maletín de las manos del oficial, Orlowski dio un fuerte tirón y, soltándose aquel, perdió el equilibrio cayendo al mar. El oficial se quedó mirando fijamente la fatal trayectoria, hasta que el maletín y su dueño desaparecieron abrazados en la negrura de las gélidas aguas.

Nunca llegó a saberse lo que contenía aquel maletín. Si el oficial hubiese sabido que portaba la solución al enigma más codiciado por la humanidad desde el inicio de los tiempos, seguramente hubiese obrado de otra manera. Si aquel hombre hubiese permitido que Damian Orlowski subiese al bote, el misterio sobre la vida y la muerte, la idolatrada inmortalidad, hubiese quedado zanjado para siempre y no se hubiera ido a pique con el Titanic.

"El timo"

El supermercado abrió sus puertas al público a las ocho de la mañana, como de costumbre. Las cajeras se dirigían hacia sus puestos charlando animadamente y comentando las vivencias del día anterior. Las más jóvenes sustituían las vivencias por risitas, comentarios en voz baja y miradas de complicidad. La gente empezó a entrar y a coger carros para hacer la compra, por lo que en apenas quince minutos la actividad en el centro era ya frenética. Una viejecita con unos grandes lentes de culo de vaso peleaba por hacerse con una cesta colocada en una gran pila que había a la entrada. Después de luchar largamente la cesta cedió a su empuje y con sumo cuidado, como si tuviese miedo a tropezar, se dirigió al interior. Su imagen se perdió entre dos expositores abarrotados de comestibles.

La viejecita caminaba lentamente por los pasillos, acercando mucho la vista a los productos para ver su precio. Cada vez que lograba leer un cartel consultaba una lista que tenía en la mano. Acto seguido lo desechaba haciendo aspavientos con la mano diciendo “esto está más caro”.

Un joven se acercaba por el mismo pasillo, aunque en dirección contraria. Debía tener unos treinta años. Era muy alto y vestía cazadora militar y unos vaqueros raídos y descoloridos. Las botas, demasiado voluminosas, le daban un aspecto de Bigfoot. La viejecita se fijo en él y sonrió divertida.
 —Joven, por favor… —suplicó.
—Dígame, señora ¿En qué puedo serle útil?.
—Pues verá —contestó la viejecita. He sacado un billete de la cartera para pagar en caja y se me ha caído, yendo a parar debajo de este estante. ¿Podría ayudarme? Hace bastante tiempo que mi vista ha dejado de ser incluso aceptable.
—¿Aquí, abajo? Vamos a ver.

El joven se puso de rodillas, apoyó las manos en el suelo y bajó la cabeza para mirar por debajo del expositor. Le pareció ver el billete, aunque estaba bastante apartado. Se acostó en el suelo para que su brazo llegase más lejos y por fin pudo cogerlo. Ya lo tenía en la mano e iba a levantarse cuando vio que era de ¡doscientos euros! Se incorporó un poco y metió disimuladamente la mano en uno de los bolsillos de la cazadora.
—Ya lo he localizado. Ahora mismo se lo cojo —dijo mientras volvía a meter el brazo debajo del estante sacando el billete cogido entre los dedos índice y medio. Aquí tiene, buena mujer, su billete de cincuenta pavos sano y salvo.
—¡Oh, joven, muchas gracias! no sabe el favor que me ha hecho ¡Qué sería de nosotras sin gente tan bondadosa como usted!
—A mandar señora. Que tenga un buen día —respondió casi con una carcajada.

Poco después, en la cola de la caja, el joven sacaba los productos del carro y los ponía en la cinta transportadora.
—Ochenta y cinco con noventa —dijo mecánicamente la cajera. ¿Efectivo o tarjeta?
—Efectivo, efectivo —Y le dio un billete.

Mientras la cajera cobraba miró hacia la puerta de salida y allí estaba la viejecita, esta vez sin sus gafas de culo de vaso. Le sonreía y le saludaba mientras salía del establecimiento.

La boca del joven trazó una sonrisa de oreja a oreja y la saludó también. Mientras asentía no se dio cuenta de que la cajera le estaba diciendo algo.
—Disculpe, no la he oído ¿Qué me decía?
—Le decía que tendrá que darme otro billete o de lo contrario avisaré a seguridad. El billete de doscientos euros que me ha dado es falso.

"Juego de vida"

—Verá, no sé si debo hablar sobre ese asunto. Su familia es muy reservada y yo… ¿Es usted policía? —dijo el viejo.
—No, soy escritor y estoy recogiendo información para escribir un libro. No se preocupe, mi interés es meramente profesional, preservaré su identidad y no iré más allá de lo que usted decida contarme. —Prométame que sólo escribirá lo que yo le cuente y que no pondrá nada de su cosecha.
—Se lo prometo. Podrá echarle un vistazo antes de su publicación. Además, le regalaré un ejemplar dedicado si lo desea.
—En ese caso… —El viejo pareció dudar, pero finalmente se decidió—. Era un niño completamente normal, aunque desde muy pequeño se le vio un interés desmedido por el juego. Le gustaba jugar y apostar ¿Sabe? Daba igual con quien: padres, amigos, vecinos… nadie se libraba del asedio y de sus continuas apuestas. Además, era condenadamente bueno. En cierta ocasión, con apenas ocho años, ganó el primer premio de tute de las fiestas del pueblo, donde había consumados especialistas. Éstos no se lo tomaron muy bien y llegaron a decir que el crío hacía trampas. ¿Sabe? hubo una bronca de miedo y por poco se lía una buena.
—¿Es verdad eso? —dijo el escritor.
—Como se lo cuento.
—Lo que me cuenta raya en lo increíble. Prosiga, por favor.
—Conforme fue creciendo —continuó el viejo— su afición por el juego se incrementó hasta tal punto que se convirtió en una obsesión. Cartas, lotería, bingo, apuestas de todo tipo… todo le valía. El caso es que, sopesando toda su actividad, el balance siempre fue positivo; es decir, ganaba dinero. Fue muy sonado lo de la apuesta a un político que vino a hacer campaña al pueblo. El muchacho le apostó doscientos euros a que era capaz, él mismo, de morderse un ojo. El político, ante tamaño despropósito, apostó la cantidad gustosamente, con la sonrisa socarrona del que se sabe triunfador. El chico sacó de la cuenca su ojo de cristal —El verdadero lo había perdido en un accidente— y se lo llevó a la boca sujetándolo entre los incisivos. La carcajada general de los que asistían a la apuesta dejó al político mudo y sin saber qué decir, mientras el muchacho se colocaba el ojo y extendía la mano para cobrar la apuesta.
—Algo de eso había oído —asintió el escritor—. Fuentes bien informadas me aseguraron que ese político era el por aquel entonces candidato a alcalde y que luego resultó elegido.
—Bueno, yo también tengo que tomar mis precauciones ¿Sabe? Hay que ser discreto —dijo el viejo.
—Me interesa, sobre todo, la última etapa de su vida. Es ahí donde pienso centrar mi historia ¿qué puede decirme de ella?
—Bueno —El viejo bajó la cabeza visiblemente afectado— como ya sabrá, el muchacho murió joven. Muy joven. Vivió muy intensamente su corta vida y en ella lo probó casi todo. Cansado de que ya nada le divirtiese decidió cruzar la delgada línea que separa la sensatez de la locura y la insensatez de la cordura. Decidió apostar en serio ¿Me sigue?
—Creo que sí —dudó el escritor—. Su historia no me es del todo desconocida y por ello la elegí para mi trabajo, pero los detalles que usted aporta me son muy valiosos. ¿Qué sucedió después?
—Sucedió lo que tarde o temprano tenía que suceder –dijo el viejo. Tantas veces fue el cántaro a la fuente que al final acabó rompiéndose ¿Sabe? Durante el último año se le vio pletórico, exultante, tenía una vitalidad y alegría nunca antes vistas en él. A los que le conocíamos y le queríamos nos encantaba verle así, pues era, por norma, taciturno y reservado. Un día nos enteramos de que su cadáver había sido encontrado en un callejón inmundo y solitario. Tenía una bala en la cabeza y estaba lleno de excrementos. —¿Ajuste de cuentas? —dijo el escritor.
—Eso es lo que se hizo creer a la gente, pero la realidad fue bien distinta. Esto que voy a decirle sólo lo sé yo. Él me lo contó pocos días antes de su muerte.
—¿A qué se refiere? —preguntó intrigado el escritor.
—Llevaba once meses jugando. Once largos meses. ¿Sabe lo que supone jugar a eso todas las noches durante once meses? —parecía una pregunta pero cuando el escritor abrió la boca para responder el viejo prosiguió—. Ya no le llegaba con uno, eso era para principiantes, esa noche jugó con tres. Imagino que su adrenalina tenía que estar por las nubes y eso es lo único que a él le ponía.
—Perdone, no acabo de compren…
—Tres cartas, tres fichas, tres boletos… podrían haber sido todas esas cosas; sin embargo eligió tres proyectiles.
—¿Quiere usted decir que…? —El escritor abrió la boca visiblemente sorprendido.
—Así es —El viejo suspiró—. Lo que venía practicando esos once meses y lo último a lo que jugó fue a la ruleta rusa ¿Sabe?

"Dos realidades"

El automóvil entró en la curva a gran velocidad, derrapando y enfilando el borde del precipicio. Su conductor giró hábilmente el volante en un último intento por agarrarse al asfalto, pero la inercia ejerció su implacable ley y el vehículo se precipitó al vacío. Desapareció en el mar en un suspiro, bajo la suave luz de la luna llena.

No recuerda casi nada, apenas unas imágenes entrecortadas, golpes del flash que se pierden en su mente sin dar ninguna respuesta: su jefe, que le llama al despacho y le confirma su sospecha. Palmadita en la espalda y un “si necesitas algo no dudes en llamarme”… Discusión acalorada con su mujer. Resquemor e indicios de ruptura… Copas y más copas… ¿Y?

Su cabeza es un completo caos. Voces desconocidas se suceden y solapan; hablan todas a la vez, excitadas, angustiadas. Después, el silencio. Su ropa, completamente empapada, tiene un fuerte olor a verdura hervida. Se lleva una mano a la boca y asiente ¿Salobre? pero su memoria sigue sin traerle imágenes que le indiquen qué ha sucedido desde que salió de aquel bar.

Está amaneciendo. Camina por un sendero delimitado por filas interminables de grandes salicáceas. Sus hojas, de un luminoso verde pálido, se entrelazan en sus copas enmarcando y dando forma arqueada al conjunto. Los primeros rayos de sol empiezan a filtrarse a través de la vegetación y el día rompe en todo su esplendor. A lo lejos divisa una figura solitaria que viene hacia él y acelera vivamente el paso para llegar a su altura. La distancia parece no acortarse, como si el pavimento fuese elástico y alguien lo estuviese estirando, pero su paso es firme y decidido y la distancia poco a poco va disminuyendo. Las líneas de la figura van tomando forma y pronto cree identificar sus facciones. Le conoce. El corazón le da un vuelco.

Se miran, se tocan, se abrazan confundidos ¿Tú aquí? Se quieren decir muchas cosas pero las palabras no salen. Ni falta que hacen. Los ojos de la figura solitaria caen hasta el suelo para esconder unas gruesas lágrimas que han ido bajando por su rostro. Él sí parece comprender. La imagen de la figura, clara y nítida hasta ese momento, se vuelve cada vez más difusa. Regresan las voces al interior de su cabeza.

 —Hay pulso y el ritmo cardíaco se estabiliza. Le tenemos.

Abre los ojos con dificultad, cautelosamente. Tiene el cuerpo magullado y se siente muy débil. Lo primero que ve son unos tubos fluorescentes que ciegan su visión, pero se va acostumbrando poco a poco. Al fondo ve a su mujer y a su madre que han roto a llorar de alegría.
 —Le he visto, madre —dice con apenas un hilillo de voz.
 —¿Qué dices, hijo? ¿A quien has visto? —le pregunta su madre.
 —A papá, y os aseguro que era tan real como vosotras mismas. No sabéis lo feliz que me siento de haberle abrazado. Era algo que me oprimía el corazón desde que se fue y no pude despedirme de él. ¿Qué es este sitio? ¿Dónde estamos?
 —Ahora en el hospital —le dice cariñosa su mujer- hace unos minutos posiblemente en el mismo sitio al que fue tu padre cuando nos dejó.
 —Es posible que no recuerde más que imágenes entrecortadas perdidas por su mente —le dice uno de los médicos que le atiende— pero pronto se recuperará y resolverá por sí mismo todas esas preguntas que ahora permanecen sin respuesta. Bienvenido de nuevo al mundo de los vivos.

¡Qué bello es morir!

El museo abrió sus puertas y la larga cola de gente que permanecía a la espera fue desapareciendo de forma ordenada y sin atropellos. El día había amanecido desapacible y lluvioso en París pero a pesar de ello y dada la fecha —14 de julio— se esperaba una afluencia masiva de visitantes. Bjorn subió la escalinata que daba a la puerta principal del Louvre poco después de que entrase la última persona que permanecía en la cola. Pasó junto al guarda de la entrada forzando una sonrisa y haciendo una imperceptible reverencia. El guarda sonrió asintiendo, quizá pensando en lo raros que son los nórdicos, que en pleno verano se pasean por los mundos de Dios embutidos en gabardinas abotonadas hasta las cejas.

Bjorn era, efectivamente, de ascendencia sueca. Su altura, su larga melena y sus ojos de un azul turquesa propio de los mares caribeños, le daban esa apariencia típicamente nórdica. Su padre había sido en su día embajador en Iraq, por lo que Bjorn pasó parte su juventud en aquél país, quedando prendado de su cultura y del hechizo que todo lo oriental provoca en muchos occidentales. De vuelta en Estocolmo y en contra del parecer de sus padres, abrazó el islamismo como religión, siguiendo al pie de la letra sus mandatos y obligaciones.

Ya dentro del museo se dirigió al departamento de antigüedades orientales, donde pudo observar maravillado todo el arte asirio y mesopotámico. Bjorn miraba deslumbrado hacia todos lados, disfrutando del ambiente que allí se respiraba y del esplendor de esas antiguas civilizaciones que varios milenios atrás fueran el referente en cuanto a poderío militar y cultura se refiere. Se emocionó al pensar en un resurgimiento de esas civilizaciones, libres de la opresión de las potencias occidentales y de su errónea concepción del universo. Caminaba inmerso en estos pensamientos cuando pasó cerca de un grupo de japoneses que atendía a las explicaciones que daba su guía a los pies del Código de Hammurabi. Se sumó al grupo sin que los japoneses advirtiesen su presencia, asintiendo distraídamente a las acertadas explicaciones de la competente guía.

Salía del departamento oriental cuando oyó una voz a sus espaldas: —¡Eh, oiga, deténgase! La sangre le subió a toda prisa a la cabeza. Se volvió lentamente y vio que un guarda se acercaba a él a grandes pasos. Llevó inconscientemente su mano derecha al bolsillo de la gabardina y se sintió morir.
—¿Esto es suyo? —dijo el guarda con el brazo extendido portando un objeto en la palma de la mano. —¡El mando del garaje…! ¡Oh, sí, gracias…! No sé lo que hubiera hecho de haberlo perdido.
—Tenga cuidado —volvió a mediar el guarda— en los tiempos que corren no están muy bien vistos estos artefactos.

El guarda llevó su mano a la visera de la gorra a modo de saludo y con una sonrisa complaciente se alejó para continuar con su rutina. Bjorn emitió un hondo suspiro y se palpó el costado izquierdo. Su corazón se había disparado y parecía una caldera de vapor a punto de estallar. El museo estaba ahora a rebosar en cuanto a visitantes. Por todas partes se veían grupos que iban de aquí para allá conversando animadamente y comentando las maravillas que se mostraban a sus ojos. Calculó en unas dos mil las personas que en ese momento estarían en el interior del museo. “Buen número” pensó. Introdujo su mano izquierda en el interior de la gabardina comprobando que todo estuviese en orden. Su mano derecha se deslizó por el bolsillo acariciando el mando. Cerró los ojos encomendándose a Alá al mismo tiempo que apretaba con fuerza los dientes. Pulsó el botón para abrir la puerta de acceso al mundo de los santos, de los inmolados, de los mártires. Al mundo que a partir de ahora sería su nuevo reino.

"Crónica sentimental urbana"

Entró en el bar pasadas las diecisiete horas. Afuera, una lluvia menuda acompañada de un fuerte viento calaba hasta la médula a los atrevidos viandantes que osaban desafiar a los elementos. Mientras sacudía enérgicamente la cazadora para eliminar el exceso de humedad echó un rápido vistazo al interior del local. Él era el primero en llegar, estaba seguro. Se sentó en una mesa junto a una de las ventanas.
—¿Qué va a ser? —Le preguntó una camarera joven con evidente desgana, casi escupiendo las palabras.
—Un café con leche, por favor —dijo distraído, sin prestar demasiada atención a la descortesía de la joven. Miraba hacia la calle, donde una señora peleaba por darle la vuelta a su maltrecho paraguas, destrozado por el viento. Al final, viéndolo inservible, optó por arrojarlo a un contenedor.

Ella entró poco después de las diecisiete quince, aprovechando una tregua que dio la lluvia. Se sentó en la única mesa que quedaba libre, en el otro extremo de la cafetería. Él no la vio entrar pues en ese momento estaba leyendo el periódico. Después de acomodarse y de pedir una consumición recorrió con la vista el local. Una mueca de desilusión se dibujó en su cara y, resignada, se puso a dar pequeños sorbos a su hirviente y achicoriado café.

Eran las dieciocho horas cuando él acabó de leer el periódico por completo, incluidos anuncios por palabras y necrológicas. Pese a su creciente nerviosismo todavía era capaz de controlar sus emociones. Miro por centésima vez en dirección a la puerta, por la que entraba en ese momento una pareja riendo a carcajadas. A su espalda, unos niños se peleaban y repartían codazos y cachetes a discreción entre los clientes, yendo, uno de ellos, a impactar levemente en su hombro. Una señora de mediana edad se levantó de su silla como si un resorte la impulsase y asiendo a los niños por los brazos los llevó arrastro hacia su mesa. No sabría qué elegir —pensó— si los golpes de los niños o los chillidos histéricos de la madre.
—Disculpe —dijo esta ya sentada en su mesa— pero es que no hay quien pueda…
—Déjelos estar —la interrumpió— No ha sido nada.

A las dieciocho treinta ella pidió su tercer café. Estaba tan nerviosa como él aunque lo disimulaba menos. Sus continuas miradas a la puerta de entrada, a través de la ventana y por todo el local eran más que evidentes. La cajetilla de tabaco que había empezado nada más llegar estaba prácticamente vacía. Mientras, las últimas hebras del pitillo número quince perdían intensidad en el cenicero para irse apagando lentamente. El milésimo barrido que su vista hizo por el local tropezó con los ojos de él. Por unos instantes ambas miradas se encontraron y se estudiaron. Instantes mínimos, fugaces. Pero no fue más que una ilusión porque ninguna luz se encendió. Su mirada se desvió y continuó escrutando el resto del local sin la más mínima señal de reconocimiento.

Ella y él llevaban más de un año comunicándose por internet en foros y chats y no sabían que apariencia tenía el otro. Coincidían en ideales, en gustos, en aficiones… Mantenían que eran una sola persona, dado que creían conocerse a la perfección. Por eso, cuando uno de ellos propuso establecer una cita ambos convinieron en no dar pistas, en ir de incógnito, como una prueba a superar. Estaban completamente seguros de que saldrían airosos del encuentro.

Poco después de las diecinueve horas ella se levantó y fue hacia la barra para pagar. Su rostro era fiel reflejo del cansancio y de la desilusión. Todavía estaba allí cuando él se levantó con el mismo propósito. En la calle, el viento y la lluvia se habían esfumado de repente y el sol lucía ahora sin limitaciones. Tomaron direcciones opuestas, ahora con la duda de que la sólida relación que habían iniciado un año antes llegara a fructificar.