"El coleccionista de palabras"

El sueño de Gabriel siempre había sido ser escritor y llegar a publicar libros llenos de palabras raras, esos libros que mucha gente lee pero que casi nadie entiende. Desde muy pequeño se le conocieron aptitudes y ambición para llegar a serlo, pues su entretenimiento principal consistía en sentarse en el suelo con un libro entre las piernas y pasar las hojas, intentando interpretar lo que aquellos signos raros y caprichosos querían transmitirle. Conforme fue creciendo creyó que la realización de su sueño podría llegar a hacerse realidad si tuviese absoluto control sobre las palabras, sobre la totalidad de los vocablos que pasaban por delante de sus ojos y quedaban alojados en su memoria. Se dedicó a la ardua tarea de recopilarlos y guardarlos en lugar seguro, así, cuando los necesitase, podría recurrir a ellos.

Pasó mucho tiempo con su etapa de aprendizaje, recortando nombres, adjetivos, verbos y toda clase de figuras gramaticales que encontraba en periódicos y revistas. No se contentaba con poseer el infinitivo, sino que guardaba todos los tiempos, y de éstos, cada una de las personas. Cuando tuvo todas las palabras reunidas en un gran saco, creyó que la tarea más dura había acabado y que para escribir bastaría con ir sacando palabra tras palabra hasta llegar a conformar una historia. Así de sencillo creía Gabriel que era escribir.

Y por fin llegó el día de iniciar su andadura como escritor. Durante una temporada estuvo sacando palabras del saco y pegándolas en las páginas de un cuaderno, de tal suerte que cuando acabó y leyó el texto resultante se dio cuenta de que algo no iba bien, que el tener reunidas todas las palabras no bastaba para crear algo que pudiera llamarse “una verdadera historia”. Tenía la materia prima, el diamante en bruto, pero le faltaba la maquinaria necesaria para convertir esa piedra burda en algo hermoso, en un brillante. Si el hábito del que escribe es la palabra —entiéndase por hábito la herramienta— podría decirse que la palabra no hace al escritor como el hábito no hace al monje. No obstante, su determinación de convertirse en escritor era tan fuerte que no se vino abajo. La cuestión era hacer que las palabras seleccionadas y colocadas de manera adecuada tuviesen sentido y se convirtiesen en algo coherente. Pero… ¿Cómo?.

Desechó la idea del saco por inútil, aunque tuvo que reconocer que el haber tenido un contacto tan estrecho con las palabras lo habían convertido en un profundo conocedor del vocabulario, y por ende, de la lengua. La experiencia le fue diciendo que lo más importante para escribir buenas historias era, en primer lugar, tener albergadas las palabras en la mente, listas para ser usadas, y en segundo lugar, el saber seleccionarlas y llevar al papel las necesarias. Sólo ésas. Luego vendrían el maquillaje y los retoques necesarios, que deberían ser los que redondeasen la obra.

Gabriel aprendió con el tiempo que las historias están ahí, en la mente, mezcladas, entrelazadas, esperando pacientemente ser sacadas a la luz. Aprendió que corresponde al escritor darles forma y modelarlas hasta hacerlas creíbles, mágicas, dignas de ser leídas. El protagonista de esta historia se llama Gabriel, pero bien pudiera haberse llamado Miguel, o William, o Lev, o Fiòdor, o Mario, o… Me gustaría pensar que detrás del genio de toda esta gente se esconde una historia de aprendizaje y dedicación parecida, una historia mágica semejante a esta.

"El cielo inmediato"

Siempre me han entusiasmado los temas relacionados con el más allá, con paraísos, con lugares oscuros, con infiernos, pero por encima de todo siempre me ha interesado saber la forma en que uno puede llegar a ganarse —si es que existe ese lugar— el cielo. He hecho esta pregunta a mucha gente pero hasta hoy nadie ha sabido contestarme cómo lo hizo en su día la persona a la que más firmemente he admirado: Mi abuelo.

Mi abuelo era un tipo sencillo, rudo aunque sin asperezas, sin más formación que la que le dio la escuela de la vida, la escuela de los que aprenden a base de tropezar, levantarse y elegir otro camino más transitable, o menos dificultoso, según se mire. A pesar de no haber tenido estudios era un hombre culto, autodidacta por antonomasia y bien formado en diferentes temas. Le gustaba mucho escuchar a la gente que tenía algo que decir y aprender de sus experiencias, lo que le permitía crecer en erudición e ir formando sus propios juicios, que eran, ahora estoy en condiciones de evaluarle, de una clarividencia asombrosa. Todos los años, cuando el curso finalizaba, mis padres me enviaban a casa de mis abuelos a pasar las vacaciones de verano. Mi abuelo solía llevarme a pescar al río que pasaba por cerca de casa; bueno, más que a pescar —no era verdaderamente un experto— me llevaba para alejarme un poco del mundo, para poder charlar conmigo de tú a tú, sin que la abuela, que era sumamente religiosa, le llamase constantemente la atención por meterme —como ella solía decir— pájaros en la cabeza. Cierto día en que no picaban en el río ni los mosquitos, ante mi insistente pregunta de cómo podía hacer para ganar el cielo, respondió de esta manera: “Verás, hace muchos, muchos años, en el país que hoy dominan las grandes pirámides vivió un pueblo muy culto y avanzado. Los egipcios —así se llamaban— eran gente muy religiosa y tremendamente supersticiosa, más o menos como la abuela. Se pasaban la vida pensando en cómo poder llegar a las alturas y estar lo más cerca posible de los dioses una vez les llegara la muerte. Me preguntarás que por qué te cuento esto. Bueno, la razón es que a mí todo lo relacionado con los dioses me da un poco de pelusa y no necesito estar cerca de ellos para sentirme protegido. Todo se reduce al equilibrio. Añoramos un espacio que nos dé seguridad, un espacio en el que creer y crecer, en el que nos encontremos a gusto y en perfecta armonía. Yo soy de los que piensa que hay más de un cielo y que es el más cercano, el más inmediato a nosotros, el que tenemos que sembrar y cultivar”.

Estuve pensando en lo que me dijo mi abuelo durante mucho tiempo. Fue al año siguiente, también durante las vacaciones, cuando volví a interesarme y a preguntarle nuevamente sobre el tema. Quería saber lo que significaba eso de “cielo más inmediato” en cómo podría yo descubrirlo y, si fuese posible, entrar en él. Esta vez fue más explícito: “Mi cielo particular es el lugar donde me refugio cuando estoy triste, cuando tengo algo que reprocharme o cuando no estoy satisfecho conmigo mismo. Pero también hago uso de él cuando estoy alegre y satisfecho por haber hecho las cosas como me dicta la conciencia. Es algo así como una caja donde meto todos mis actos y en la que una especie de filtro que actúa como barrera —mi conciencia— se encarga de separar el grano de la paja, haciendo que los buenos actos prevalezcan sobre los malos, aunque éstos últimos, dada la paz que logras alcanzar, acaban por ser inexistentes. Eres todavía muy joven para entender esto pero si piensas continuamente en ello, con el tiempo sabrás de lo que te estoy hablando y llegarás a modelar tu propio espacio”.

Ahora, en plena madurez, sé muy bien a lo que se refería mi abuelo. Con el paso de los años he ido formando mi cielo inmediato, mi propia cajita, modelándola a mi carácter y a mis necesidades. Procuré seguir las máximas que mi abuelo me adelantó en aquellas calurosas tardes fluviales repitiéndolas hasta la extenuación. Siempre tengo presente la frase con la que dio por cerrado el tema: “te pondrán zancadillas, encontrarás barreras aparentemente infranqueables, pero con determinación construirás un cielo inmediato a tu medida, en el que no quepan el odio, la falsedad o el engaño. Si te encuentras bien en él no necesitarás buscar más cielos”

"Crimen en dos dimensiones"

Un sonido irritante invade la habitación y una mano desorientada se eleva torpemente intentando localizar al causante.
—Diga —logra articular por fin el de la mano en un susurro apenas inteligible, ya localizado y neutralizado el molesto artefacto.
—¿Inspector? Aquí Estévez.
—Por el amor de Dios, Estévez ¿Sabe usted la hora que es? Espero que tenga una buena razón para despertarme a las… —mira el reloj— cuatro de la mañana.
—Ha aparecido otro.

El inspector Galíndez tiene ante sí un nuevo caso; mejor dicho, un nuevo cadáver, porque el caso, dada la semejanza con los cuatro anteriores, parece ser el mismo. Uno más de la serie de crímenes que se vienen cometiendo en la ciudad y que se están convirtiendo en algo habitual, en un embarazoso día a día. Sin dejar de mirar el cadáver busca en el bolsillo interior de su americana la pitillera, extrae un cigarrillo y lo golpea contra la tapa para compactar el tabaco. Es Estévez quien se adelanta para darle fuego.
—Lo mismo de siempre, inspector: Varón de unos cincuenta años, acomodado, limpieza impoluta en lo tocante a pistas y… sangre, mucha sangre. El forense cree que se ha empleado un hacha como en los otros casos. Una carnicería, vamos.
El inspector asiente cabizbajo, da una calada profunda al cigarro y retiene el humo durante unos instantes. Una fuerte tos le hace expulsarlo por la vía rápida cuando ya empezaba a quemarle los pulmones —tengo que dejar esta mierda, Estévez, pero ahora no es el momento. Hay que resolver este jodido caso antes de que se pida mi cabeza, y para que eso suceda no nos queda mucho tiempo. ¿Libro en la escena?
—Sí, inspector, encima de la mesa, como siempre.
—Hummm. Supongo que no hace falta que le pregunte qué libro es.
—No, no hace falta. Se trata del mismo que ha aparecido las otras veces.

Al inspector Galíndez no le huele bien este caso. De hecho, ni siquiera le huele y eso en un sabueso resabiado como él es preocupante. En todos los casos asignados hasta la fecha siempre ha habido alguna pista, algún cabo suelto, algo que le ha permitido empezar a trenzar el entramado que llevó al esclarecimiento de los hechos. Pero esta vez es distinto. La puerta aparece cerrada desde dentro, cosa por otra parte bastante esclarecedora, porque eso supone que el asesino no vino del exterior, que estaba dentro, pero… ¿Cómo se las apañó para salir? Las ventanas también están cerradas desde dentro y no hay más formas de entrar. Descartado por pura lógica el suicidio, la investigación se para aquí, sin que haya más avances. Además, todas las víctimas son banqueros y en la escena del crimen aparece siempre un libro. El mismo libro. Demasiado poco para avanzar.

El inspector Galíndez se acerca a la chimenea y extiende sus manos hacia la lumbre para calentarlas. Todavía desprende algo de calor, pese a que la leña se ha consumido hace bastante tiempo. La estancia, bien caldeada, hace que se despoje del abrigo y de la bufanda, tan necesarios en el gélido frío exterior. Coge el libro de encima de la mesa y lo examina detenidamente a través de sus diminutos lentes, deteniéndose particularmente en las primeras páginas. Las pasa despacio, hacia adelante, hacia atrás y vuelta a empezar. Al cabo de un buen rato una imperceptible sonrisa –la primera en mucho tiempo- empieza a humanizar su rostro. Estévez se le acerca e interrumpe sus pensamientos:
—¿Se ha fijado en la frente, inspector?
—Claro, como para no fijarse. La palabra “Usurero” escrita en la frente de todas las víctimas. ¿A usted le gustan los banqueros, Estévez?
—Siendo sincero, inspector, no son santo de mi devoción.
—Al asesino, al parecer, tampoco, pero no se preocupe, por ahora no está usted entre los sospechosos. ¿Le gusta la literatura?
—Bueno, no devoro libros, si es a lo que se refiere, pero leo el periódico cuando tengo tiempo. ¿Por qué lo pregunta?
—Supongo, entonces, que no habrá oído lo que se dice en ciertos foros literarios de que los homicidas en la literatura son inmortales, que permanecen vivos mientras los libros que los hospedan permanecen inalterables.
—No, no lo había oído, la verdad ¿Adónde quiere llegar, inspector?.
—Consiga una lista de todos los banqueros de la ciudad y pregúnteles si tienen ese título en su biblioteca —el inspector Galíndez arroja “Crimen y castigo” al fuego— Creo que a Raskólnikov se le acabaron las coartadas.

"Alguien bostezó con el canto del cuco"

Estoy sentado en el sofá, mirando a la pantalla del televisor, haciendo zapping distraídamente sin implicarme demasiado en lo que veo. A mis espaldas, un sonido monótonamente familiar llama mi atención. Es el cuco, la mascota mecánica de la familia, que quiere tomar protagonismo entre la algarabía de sonidos que van surgiendo conforme voy cambiando de canal. Uno, dos, tres… hasta once cantos, cuento. Ha sacado pecho y quiere destacar por encima de realitys, noticieros y películas. Tiene raza este pájaro, como buen alemán que es, no en vano es oriundo de la afamada Selva Negra.

Mi dedo índice se ha detenido y ha dejado de cambiar sin habérselo ordenado. Por su cuenta y riesgo. Tiene narices, el tío. Me fastidia enormemente porque a veces da la impresión de que va por libre, de que lo hace para sacarme los colores, sin importarle quien esté delante. Me fijo en la pantalla y caigo: en el canal donde se ha detenido están dando El Cazador, de Michael Cimino, una de mis películas favoritas y él lo debe saber, por eso se ha parado, sabedor de que siempre disfruto con ella, de que siempre le saco algo nuevo a pesar de la multitud de veces que la he visto. En la pantalla están De Niro, Walken, Savage,… con una cogorza de órdago, intentando –aunque no consiguiendo- jugar al billar, mientras Frankie Walli deshoja la premonitoria y melancólica “can’t take my eyes off you”.

Me ha venido a la cabeza una idea sobre la qué escribir, por lo que corro a por mi cuaderno para marcar las líneas básicas por dónde deberá discurrir la trama. Siempre tengo a mano papel y lápiz, bien sea en casa, en el trabajo o, incluso, cuando voy por la calle. Nunca se sabe cuando va a surgir la inspiración. Sin embargo, cuando me siento de nuevo y apoyo la punta del lápiz en el cuaderno, aquél se niega a emprender el viaje, a tomar la salida. Es otra vez mi dedo, que actúa por su cuenta. No le debe gustar lo que mi cerebro ha discurrido y lo rechaza con su premeditada holgazanería. El puñetero dedito se está convirtiendo en mi más severo crítico.

La película da un giro brutal. Sin previo aviso, la pausada primera parte da paso a la más trepidante acción en un Vietnam inmisericorde. En la pantalla, un De Niro en actitud paternal, está rescatando de las aguas a un Savage con las piernas destrozadas al caer desde un helicóptero al río. Vuelvo a centrar mi atención en el cuaderno. Varias ideas vuelven a cruzar fugazmente por mi mente pero mi dedo índice, con un pasotismo que raya en lo esperpéntico, vuelve a ignorarlas. Quizá el señorito esté impresionado por la crudeza de las imágenes o quizá no tenga el día y no quiera ser el ejecutor de unas líneas burdas, exentas de cualquier atisbo de talento, como las que le ordeno escribir la mayoría de las veces.

El cuco vuelve a salir por decimosegunda vez. Me ha parecido que se ha tomado su tiempo en cantar, como si también estuviese atento a la película. Ya somos tres: el cuco tocapelotas, el puto índice descastado y yo, el escritor frustrado, viendo como De Niro y Walken se la montan a los charlys mientras se juegan la vida a la ruleta rusa. Me quedo dormido, pero me despierta el jodido engendro mecánico cuando más estaba disfrutando del sueño. No sé el tiempo que ha transcurrido. Ha salido una sola vez ¿la una ya? como protestando por hacer horas extra. Todavía tengo el lápiz entre los dedos y el cuaderno encima de mis rodillas. No hay nada escrito en él, por lo que desisto definitivamente. Hoy ya es demasiado tarde para que salga algo decente de la aturdida y cansada fábrica. Me devano los sesos por escribir algo coherente y en la televisión Christopher Walken se los vuela porque sí, porque le da la gana, en una de las escenas más crudas que haya visto jamás en la pantalla. Apago el televisor resignado.

Me caigo de sueño. Dejo al cuco fuera de combate apagando la luz de la sala, puesto que sin ella se debe cortar y ya no sale. Al índice me lo llevo conmigo, en volandas, procurando no darle más trabajo, que el pobrecillo ya ha tenido bastante. Confío en que Michael, de vuelta en casa, pueda rehacer su marcada vida. Me meto en la cama, esperando que con el efecto reparador del sueño descubra con gozo que para el cuco, mi índice y para mí mismo, amanecerá un nuevo día.

"La carta"

El ayudante entró en el despacho del inspector tras golpear suavemente la puerta. Portaba un sobre abierto.
—Ha llegado hoy por correo. Creo que le interesará leerla.

El inspector sacó del sobre una hoja de papel amarillento, como reciclado de tiempos mejores. La carta parecía escrita con pulso inseguro y tenía una letra apenas legible. Se acomodó en el respaldo del sillón, emitió un suspiró y comenzó a leer:

“Todo empezó con el trasplante. Hasta ese momento yo había sido una persona amable y respetada. Disfrutaba ayudando a la gente, fuese cual fuese el motivo. Si entraba una viejecita en el autobús, le cedía gustosamente el sitio: “Oh, señora… faltaría más… siéntese, por favor”… Si un ciego esperaba a que alguien le ayudase a cruzar la calle, allí estaba yo acelerando el paso para llegar antes que nadie: “De nada, de nada… ha sido un placer ayudarle”… Estos actos desinteresados y este comportamiento cívico hacían que me sintiese reconfortado y muy satisfecho por poder ayudar. Pero todo esto cambió drásticamente a partir del trasplante”.

“A partir del día en que perdí la mano ya nada fue igual, y no por el hecho de haber quedado sin un miembro, sino por lo que sucedió a partir de ese momento. El dolor que sentí cuando la sierra cambió de sonido al encontrar materia blanda y, más tarde, en el hospital cuando el trasplante, no fue nada comparado con el dolor que siento ahora; un dolor insoportable que me corroe, que me desgarra las entrañas y que hace que me den arcadas solo con pensar en mi situación”.

“Tengo que acabar con este sufrimiento, con este sin vivir que me está matando desde entonces. Siempre me pregunto ¿De quien sería? ¿A qué se dedicaría? ¿Cómo habrá muerto? Recorro con la vista una y otra mano buscando diferencias pero, aparentemente no las hay ¡Si hasta le ha salido vello como a la mía! Sé que todo eso es falso y que bajo esa inocente apariencia se esconde algo malvado y diabólico. Dirán… ¡pero si es tu propia mano! No. Nunca lo ha sido. Ni por un momento en estos cinco últimos años”.

“Al poco de serme trasplantada ya empecé a notar que algo no iba bien. Recuperé la funcionalidad en un tiempo récord, lo que hizo que los cirujanos que me habían intervenido se felicitasen por el éxito, pero algo no encajaba. Multitud de veces les indiqué que algo raro pasaba, que funcionalmente era perfecta, pero, que… que… que actuaba por su cuenta. Ellos se miraban perplejos y reían a escondidas, como si hubiese dicho algo gracioso”.

“Nada más cicatrizar empezó a mostrarse tal y como era. Mi única mano propia, ante tamaño comportamiento, intentaba aplacarla, sujetarla, pero no podía con ella. Era mucho más débil y siempre salía perdiendo. La primera vez que lo hizo creí que no sería capaz, que entre mi otra mano y mi voluntad conseguiríamos doblegarla. La realidad se me presentó con toda su crudeza cuando tuve el convencimiento de que me había ganado la partida. Hubo cuatro veces más. Cuatro cadáveres más. Los nombres que aparecen en el reverso de esta carta son los de las personas que sufrieron su violencia y su implacable ira. Cuando esta carta llegue a ustedes yo ya no estaré en este mundo, ya me habré ido, y conmigo se habrá marchado para siempre esta cruel e implacable asesina. Estoy contento por eso, porque no volverá a matar. No culpen sino a ella de esos horribles crímenes”.


El inspector, una vez leída la carta, interrogó a su ayudante:
—¿Qué opina?
—Son todos iguales, inspector, no saben ya qué inventar para decir que ellos no son culpables de nada ¡Le echa la culpa a su propia mano!... ¡Por Dios! ¿Y usted? ¿Qué piensa?

El inspector no contestó. Golpeaba la carta doblada contra el pulgar de su mano izquierda semejando estar inmerso en profundos pensamientos. Le parecía que aquel hombre había dicho la verdad, que había sido sincero en su último aliento de vida. Un escalofrío recorrió su cuerpo como queriendo dar a entender que la carta no había puesto fin a la historia. No paraba de darle vueltas a lo que la mujer del difunto le había dicho el día del entierro: “he donado sus órganos y miembros a la ciencia. Siempre insistió en que si alguna parte de su cuerpo servía para ayudar a alguien o salvar alguna vida que no se la comiesen los gusanos.”

"La trama"

El hombre miró al joven con ojos bonachones, casi paternales. Viendo que éste callaba esperando respuesta, tomó la iniciativa.
—Si he entendido bien, Bradley, este asunto cobró vida en un viaje que hiciste con tus padres por Europa, visitando un convento franciscano ¿Verdad? En esa visita al convento habrías leído en una página de un libro miniado ¿Se dice así? —El hombre pareció dudar, hizo una pequeña pausa para retomar el hilo de la conversación y continuó— habrías leído, decía, que hoy, alguien o algo atentaría contra mi vida ¿Estoy en lo cierto?

El adolescente asintió con un apenas perceptible movimiento de cabeza.

—Bien —continuó el hombre—. Ese libro fue escrito, según me han informado, en el siglo XVIII, para representar cánticos que los monjes del monasterio cantaban en sus actos cotidianos ¿Te das cuenta? ¡En el siglo XVIII!, ¡Hace nada más ni nada menos que tres siglos!

El joven abrió la boca inconscientemente, tal vez por sueño, tal vez por aburrimiento. Se dio cuenta y puso, al instante, una mano delante para disimular el gesto. Se encogió de hombros.
—Además —prosiguió el hombre— nuestros expertos han estudiado el libro minuciosamente y no han descifrado código alguno que nos haga sospechar que lo que has visto en él puede representar una amenaza seria. El hombre calló un momento estudiando la reacción del joven, que continuó imperturbable, aunque con una mueca en el rostro que denotaba cansancio. Cansancio por escuchar lo mismo durante los tres últimos meses.
—Lo he repetido hasta la saciedad —El joven dejó de lado su apatía y pasó a la acción—. La amenaza está ahí, codificada entre los punctum cuadratum impresos en la página del libro. Esos puntos son en realidad notas musicales, pero están dispuestos de forma especial, ingeniosa, inequívocamente brillante. El código es un hecho. Si sus expertos no lo ven, señor, es que están ciegos.

El hombre lanzó un hondo suspiro al mismo tiempo que se quitaba los lentes. Sacó un pañuelo del bolsillo de su batín y se puso a limpiarlos con gesto paciente. Una vez colocados de nuevo y como viendo las cosas más claras se dirigió a la mesa, se sirvió un trozo generoso de carne y le ofreció al joven:
—Es mi almuerzo. Cerdo agridulce ¿Te apetece?
—No como cerdo –—rechazó el joven.
—Recapitulemos —dijo el hombre. Una, llamémosle profecía, vaticinada hace más de trescientos años, reza que en el año 2045 el dirigente más poderoso de la tierra será sacrificado, que su corazón será arrancado de cuajo y que su sangre será vertida sobre la tierra. A partir de ese momento las fuerzas del bien retomarán el mando y reinarán sobre todo el universo. Todo esto es muy confuso, Bradley, tienes que reconocerlo. Fuerzas del mal, fuerzas del bien. No sé. Se supone que nosotros somos los buenos. Soy hombre paciente y también temeroso de Dios, lo que hace que sea prudente y que tome en consideración todas las teorías, máxime con la tensión política que actualmente hay en el mundo, con los musulmanes esperando una señal para iniciar una nueva guerra santa, pero ¿Crees realmente que esta… esta… profecía, tiene algún fundamento?

El joven salió de la estancia y cerró la puerta tras de sí, cuidadosamente. Hizo un gesto cortés a los hombres que la custodiaban y se alejó por un pasillo adornado con una impoluta alfombra roja. En su mano derecha un portafolio de cuero negro dejaba escapar de vez en cuando una gota viscosa, oscura, que iba a mezclarse con las fibras de la alfombra, en perfecta armonía de tonos. De su mano izquierda, férreamente cerrada hasta ese momento, pendía un amuleto con forma de media luna, que fue a depositar en una consola olvidada al fondo del pasillo y sobre la que colgaba un retrato reciente de un sonriente presidente de los Estados Unidos.

“Doctor, tiene usted un problema”

—Cuéntemelo todo, desde el principio.
—En realidad, yo…
—Es lógico que le cueste hablar de ello. Les pasa a todos cuando vienen por primera vez. Tenga en cuenta que soy médico y que todo lo que usted me cuente es confidencial. Puede y debe hablarme con toda franqueza. Además, de ello depende que lleguemos o no a solucionar su problema. ¿Más relajado ahora?
—No, si relajado estoy, lo que pasa es que…
—Confíe en mí. Llevo más de veinte años de profesión y le aseguro que mis pacientes están plenamente satisfechos. Supongo que ya se habrá informado.
—Si, en efecto, me he informado muy bien con respecto a usted.
—Bien, entonces ¿Qué problema hay?
—Ninguno, ninguno. No hay ningún problema.
—Venga por aquí, por favor.
—De acuerdo, pero le advierto que no dispongo de mucho tiempo.
—Será cosa de unos minutos tan solo. Desnúdese de cintura para abajo.

Veinte minutos después…

—¿Ve como no ha sido tan difícil?
—La verdad es que no.
—Bien, está usted como un roble. La verdad, no alcanzo a comprender por qué necesitaba acudir a un urólogo. En lo que concierne a mi especialidad todo le funciona a la perfección ¿Le emito una factura o prefiere pasar sin ella? Ya sabe, es por lo del iva.
—Verá. No acudí a usted para hacerme un chequeo, aunque nunca está de más, desde luego. Insistió tanto y le vi tan metido en su trabajo que no quise contrariarle. Permítame una pregunta, doctor ¿La paga dentro del período voluntario o lo va a hacer con recargo por mora? Ya sabe, es por lo de la sanción. Soy inspector de Hacienda.

"Santa Inquisición"

El sol se desplomó por la línea del horizonte, salpicando de tonos cálidos las toscamente encaladas paredes de la fortaleza. Sus rayos dejaron de filtrarse por la ventana de la mazmorra, quedando ésta en una penumbra casi irreal. En la celda, hombres y ratas convivían sin prestarse demasiada atención, esperando que la suerte o algún milagro cambiasen su tétrico destino. Varios hombres, sentados en el suelo, intercambiaban impresiones con manifiesta desgana. El cerrojo de la puerta chirrió y la puerta se abrió. Dos carceleros, robustos como toros, entraron en la celda y se llevaron a un hombre cogido por los brazos, sin hacer el menor caso a las quejas que profería.
—Otro más —dijo el que estaba tuerto, que a juzgar por el aspecto de su ojo descubierto parecía que el que llevaba tapado era el sano— a este paso vacían hoy la celda.
—Si, parece que tienen prisa —dijo el flacucho que estaba sentado a su lado— Han incrementado el ritmo.
—¿Adónde se lo llevan? La voz sonó desde el fondo de la celda.
—A rendir cuentas a Dios, dicen —respondió el tuerto cansinamente.

Aún no se había agotado el eco que la puerta produjo al cerrarse, cuando el cerrojo volvió a dar señales de vida. Entraron otros dos hombres que, tras iluminar con sus faroles la celda, señalaron con el dedo hacia una esquina. El tuerto y el flacucho se miraron sorprendidos: en la esquina no había nadie. Sin embargo, hacia allí se dirigieron y, desplegándose, arrinconaron a una rata que sorprendida por la dura luz, quedó inmóvil, como petrificada. La cogieron y la metieron en un saco entre horribles chillidos. La puerta de la mazmorra volvió a cerrarse.
—¿Adónde se la llevan? —volvió a oírse en la oscuridad.
—A rendir cuentas a Dios ¿Es que no te enteras? —dijo el tuerto. El flacucho le puso una mano en el antebrazo al tuerto, llevándose el dedo a la sien y haciendo círculos con el dedo índice —anda escaso de luces— dijo lanzando un escupitajo al suelo.
—A rendir cuentas a Dios, a purgar los pecados, a redimirse con la muerte... ¿Qué más da? El caso es que te despachan porque alguien te acusa de algo, porque quieren librarse de ti o porque a alguien no le caes bien. Sin procedimiento. Sin haberte sometido a juicio. Me pregunto de qué acusarán a esa pobre rata: ¿Blasfemia? ¿Herejía? ¿De cagarse en el alba del obispo? El tuerto soltó una ruidosa carcajada que al rebotar en las paredes de la celda, permaneció en el aire durante unos instantes, orquestando el murmullo que vino a continuación.

La puerta volvió a abrirse y cerrarse tantas veces como personas y ratas había dentro; una y otra vez hasta que en la celda sólo quedaron el tuerto y el de las pocas luces. Ni una rata más. Los hombres que acababan de entrar miraban al tuerto y al corto como si no supiesen a cuál elegir, como si no tuviesen instrucciones concretas de a quién llevar. La cuestión se resolvió en pocos segundos.
—¿Adónde se lo llevan? Esta vez sólo respondió el eco, aunque con otra pregunta. Mientras, por el enrejado de la ventana, volvían a colarse a la mazmorra las primeras luces de una nueva jornada, los primeros rayos de un nuevo día, indiferentes al drama ocurrido en su interior.

"En tierra extraña"

Nada más aterrizar la aeronave liberó el cinturón de seguridad y dejó escapar un profundo suspiro, hasta el punto de que la pasajera que volaba a su derecha, oyéndolo, sonrió divertida. ¿Su primer vuelo? La pregunta quedó suspendida en el aire, sin respuesta.

Al abandonar el avión pasó junto a la auxiliar que con tanta paciencia le había atendido durante el vuelo, improvisando, mano en alto, un tímido saludo. A su lado, con la sonrisa todavía en el rostro, bajaba la pasajera que momentos antes se había dirigido a él durante el aterrizaje. La miró por el rabillo del ojo y se recriminó el no haber prestado la debida atención a su espléndida belleza. ¡Maldita fobia! Quiso disculparse.
 —No, no lo es, pero no consigo acostumbrarme. El volar me puede —dijo mostrando la cara más amable que fue capaz de componer.
—¿Perdón?
—La respuesta a su pregunta. Discúlpeme por no haberla respondido en su momento. Estaba un poco nervioso.
—Oh, sí, claro —la mujer se volvió para tirar de su maleta, que se había atascado en la escalera— No tiene importancia. ¿Negocios?
—Hummm… no. En cualquier caso es una historia bastante larga. Puede que algún día se la cuente si hay ocasión. Permítame que le eche una mano —Ya estaba cogiéndole la maleta. ¿Y usted?
—Bueno, yo sí vengo por negocios, pero es una historia demasiado corta para que merezca la pena contarla. Regreso a París en el último vuelo.

Acompañó a la mujer hasta la salida, charlando y bromeando con cosas intrascendentes. Afuera, un coche la estaba esperando con el motor en marcha.
—Voy un poco justa y tengo una reunión en apenas una hora. El tiempo preciso para refrescarme un poco. Ha sido un placer conocerle, mi nombre es Isabel Durán —dijo ofreciéndole la mano.
—Modesto Sánchez —extendió la suya— Lo mismo digo. Tal vez en otra ocasión dispongamos de más tiempo para contarnos cosas.
—Me encantaría —sentenció ella con otra radiante sonrisa “made in señora estupenda” mientras subía al coche. El vehículo se alejó y Modesto lo siguió con la mirada hasta que se perdió de vista, en medio del denso tráfico. “Lástima” —pensó— Fue en ese momento cuando fue consciente de dónde estaba. Lo que sus ojos veían no se parecía en nada a lo que había dejado años atrás, cuando en el mes de febrero de 1939, a punto de entrar las tropas nacionales en Madrid y con apenas dieciocho años, tuvo que salir apresuradamente hacia el exilio. Francia lo había acogido, pero si actualmente gozaba de una posición cómoda en la vida no se debía al azar ni a los regalos que le habían hecho los gabachos –como le gustaba llamar a los franceses- sino a haber trabajado muy duro.
—¿Taxi, señor? Modesto seguía inmerso en sus propias reflexiones cuando la voz del taxista volvió a percutir
—¿Necesita un taxi, señor?
—Oh, sí. Lléveme… lléveme a la puerta del Sol.

Contempló asombrado el gran cambio experimentado por la ciudad, siéndole fácil reconocer viejos edificios y la estructura de las calles principales, que seguían prácticamente igual. Fue hacia la Plaza Mayor y por el camino encontró una cafetería que estaba abarrotada de gente de todas edades. El olor del aceite caliente y de la masa al freírse que inundaba el local hizo que se sintiese transportado a lugares conocidos, aunque prácticamente olvidados.
—Porras ¿tienen porras? —Le preguntó al camarero.
—Claro, caballero ¿Quiere, además, algo para mojar el churrete? —el camarero rió su propio chiste pero al ver que no era secundado soltó un grito desganado por encima del hombro ¡marchando uno con leche y una de porras! El primer bocado le hizo estremecerse. El sabor intenso de la crujiente masa explosionó en su paladar bloqueando instantáneamente sus demás sentidos. No es que fuese sólo el sabor lo que realizó la transformación: eran los treinta y siete años que se habían casi esfumado en un país extranjero, con gentes extrañas, con lengua desconocida; era su familia, abandonaba a una suerte incierta. Eran tantas cosas… Se recostó en el respaldo de la silla saboreando uno a uno los sucesivos bocados y extrayendo aromas y texturas durante muchos años arrinconados. Cuando terminó estuvo fijándose en la gente para ver si le sonaba alguna cara, algún rasgo, pero nadie pareció darse cuenta de la lucha que libraba en su interior, de la sorprendente soledad que le producía el regreso a su propia casa.

Cogió el metro en dirección a la plaza de la Cibeles, para continuar, ya a pie, por el Paseo de Recoletos. Tal vez allí, en ése lugar tan frecuentado por él en el pasado, pudiese encontrar alguna respuesta a un montón de preguntas que se hacía constantemente. En el metro volvió a fijarse en la gente, en sus caras, en sus reacciones, pero iban a lo suyo y no mostraban interés por nada. No se parecían a la gente que dejó atrás cuando se vio obligado a huir del país. Le parecía gente rara. Tan rara que creía no tener nada en común con ella. “tantos años fuera me han convertido en un extranjero en mi propia tierra” —sonrió amargamente.

El Paseo de Recoletos lo condujo a su lugar en otro tiempo preferido, un lugar donde acudía con su padre en los días festivos del verano a tomar horchata fresca. Allí, en el café Gijón, acudió a multitud de tertulias, charlas y reuniones, conociendo a gente como García Lorca, Valle Inclán, Celia Gámez y tantos otros. Ese lugar había estado permanentemente en su memoria durante el largo exilio, recordando anécdotas y palabras cariñosas que la gente le dedicaba. Se alegró mucho de verlo todavía abierto pero no había nada en él que le recordase a aquélla época: ni la decoración, ni las conversaciones, ni la gente que en él estaba. Por no haber no había ni siquiera horchata.

A última hora de la tarde Modesto estaba de nuevo en el aeropuerto, luego de realizar una fugaz visita al cementerio para estar unos minutos con sus padres. Quería conseguir un billete de vuelta a París para ese mismo día -empresa harto difícil- pero tuvo suerte. Alguien se había sentido indispuesto y había cancelado el vuelo pudiendo él conseguir pasaje. Mientras estaba esperando en la cafetería vio pasar muy cerca a la mujer que había viajado con él esa misma mañana. Recordó que le había dicho que regresaría en el último vuelo.
—¡Isabel! —llamó. A la mujer se le iluminó el rostro cuando le vio con el brazo en alto, saludándola. —¿Usted? No sabía que regresara tan pronto.
—Pues ya ves, yo tampoco. De hecho no estaba previsto ¿Recuerdas que te dije que algún día te contaría mi historia? —Modesto la cogió del brazo, mientras por la megafonía anunciaban el embarque de su vuelo— Creo que este es un buen momento para empezar a contártela.

"La herencia"

—Os he hecho llamar porque creo que va siendo hora de que arreglemos nuestras diferencias —la mujer que hablaba hizo una pausa, tomó de la mesa un vaso de agua y bebió un buen trago. Papá —continuó— me lo ha hecho saber antes de revisar por última vez su testamento.

Las otras dos mujeres se miraron interrogativamente, pero no dijeron nada. La voz de su hermana volvió a centrar su atención:
—Siempre hemos tenido nuestras diferencias, no voy a ocultarlo, y sería cínico por mi parte no reconocerlo. Lo de papá es cosa de meses; tal vez de días, y quiere que antes de morir nos reconciliemos. En cualquier caso hemos de guardar las apariencias, pues si observa que seguimos enemistadas donará toda su fortuna a Dios sabe qué. Así mismo me lo ha dicho.

Las miradas de las mujeres volvieron a encontrarse, pero continuaron calladas. La mayor volvió a tomar la palabra:
—Os fuisteis de casa para vivir vuestra vida, sin que nadie os molestase. Quisisteis volar, vivir de espaldas a la realidad de la familia y no os preocupasteis de papá ni en los peores momentos de su enfermedad. Llevo quince años cuidándolo, aguantando sus desplantes, su continuo mal humor. Pero no os he reunido para echároslo en cara, no, todo eso no importa ya. No es momento para reproches sino para arreglar las cosas. Mientras cenamos, comentaremos los pormenores de la herencia. —¡Aurita! —llamó haciendo sonar las palmas— sírvenos la cena, por favor.

La sirvienta entró en el comedor mientras las tres hermanas se acomodaban alrededor de la mesa, alrededor del objeto ante el que tantas y tantas veces se habían sentado y que las había mantenido en otro tiempo unidas. La hermana mayor se sentó a la cabecera y, tomando la iniciativa, cogió las manos de sus dos hermanas.
—Es maravilloso —dijo— juntas otra vez, como en los viejos tiempos.
—¡Setas! ¡hummm… me encantan! —casi gritó la menor de las hermanas zafándose de la presión que su hermana mayor ejercía sobre su mano ¡Qué buena elección has hecho! Todavía recuerdo cuando salíamos al monte con papá a recogerlas.
—Creí que sería un buen comienzo —dijo la hermana mayor. Las he seleccionado yo misma.
—Sí, creo que es un buen comienzo —asintió la que hasta ahora había permanecido callada mientras se servía un buen plato— Si no nos has reunido para reprocharnos nuestra conducta ¿Para qué entonces? Ya sabemos qué parte nos corresponde a cada una ¿No?
—Sí —dijo la hermana mayor— pero tened en cuenta lo de la reconciliación. No sólo tiene que ser un hecho sino parecerlo. Sin ella no entramos en el testamento.
—¡Hummm… qué buenos! —la hermana menor estaba entusiasmada con los boletos— No los había probado desde entonces, pero la espera ha merecido la pena.
—Están deliciosos, dijo la mediana. Pero... ¿Y ese picor? ¿Llevan guindilla o algo así?

A la hermana menor se le habían subido los colores. Tenía el rostro congestionado y respiraba con dificultad. Con el tenedor revolvió en el plato como buscando la evidencia. Al fin, encontró lo que buscaba y dijo, no sin dificultad:
—Pero… ¿Qué… qué nos has puesto? ¡Nooo...! ¡Dios mío! —la mediana se llevó las manos a la garganta— Nos has hecho venir para deshacerte de nosotras y quedarte con toda la herencia  ¡Esa era tu reconciliación! ¡Maldita seas!
—Os juro que no sé de qué habláis. Yo misma cogí y seleccione una por una esas setas. No había ninguna mínimamente tóxica, os lo aseguro, aunque…

La sirvienta entró en el comedor minutos después y se acercó a la mesa. Las dos hermanas menores apenas se movían y de la boca les salía una especie de espuma blanca. La señora estaba bien despierta y los ojos parecían querer salírsele de las órbitas.
—Lo siento, señora —Aurita tomó el protagonismo de la velada— pero no podía permitir que mi hijo, su hermanastro al fin y al cabo, fuese ignorado por más tiempo. Creo que ha llegado el momento de hacer justicia y de vengar todas las afrentas. Mientas usted recogía boletos yo salí por paxilos involutos. El resto ya lo conoce. Mañana vendrá el forense y certificará sus muertes como una intoxicación por imprudencia. Las hay a montones en esta época. Pediremos la prueba del ADN y su padre no tendrá más remedio que reconocer a su propio hijo. Siento que las cosas hayan tenido que acabar así.

"La Profecía"

Sentado en su sofá preferido, Ernesto pasa distraídamente las páginas de El País, sin detenerse en ninguna lectura concreta. Su mirada, perdida, se centra en la parte superior de cada hoja, donde viene impresa la fecha. Una página tras otra, cadenciosamente, hasta que llega a la última. Y vuelta a empezar. Lleva así desde muy temprano, desde que leyó la noticia que le sobrecogió el corazón. De eso hace ya casi tres horas.

Se levanta, por fin, y se asoma a una de las ventanas que dan a la calle, disimuladamente, sin descorrer los finos visillos de encaje que la visten. Centra su atención en la puerta de entrada del edificio, parcialmente tapada por el rótulo de la tienda que hay en la planta baja “Maldito rótulo” se sorprende jurando para sí, mientras se agacha en un intento por coger más ángulo de visión “desde aquí sólo se ven las piernas”.

Ernesto envió a la cárcel a un tipo nueve años atrás. Bueno, él no, un jurado popular compuesto por nueve personas de las que él era el portavoz. Las pruebas fueron tan claras e irrefutables que el jurado no tuvo ninguna duda a la hora de declararlo culpable. El juez dictó sentencia condenándole a 35 años de cárcel por asesinato en primer grado. El acusado habría violado a su víctima, procediendo a descuartizarla después, esparciendo sus restos por diversos contenedores situados en sitios estratégicos de la ciudad. Al finalizar el juicio el condenado le dijo que soñaría con su cara todas las noches, hasta que fuese a buscarlo para ajustar cuentas. Desapareció de la sala escupiéndole a la cara “es una profecía”.

Han pasado ya quince años desde aquello y en ese tiempo, Ernesto, no ha sido capaz de apartar de su mente por un solo día el juramento hecho por el asesino. Hoy, la profecía ha vuelto a ocupar un lugar preeminente en su cabeza después de leer el periódico, en el que viene una pequeña noticia que para muchos habría pasado desapercibida, pero no para Ernesto. La noticia dice que en la madrugada de ese mismo día “el desmembrador” –así lo bautizaron cuando lo del crimen- ha dejado la cárcel donde se encontraba recluido… No pudo seguir leyendo.

Alguien ha llamado desde la calle y a Ernesto le protesta el corazón por segunda vez. Conteniendo la respiración se queda escuchando junto al interfono, sin moverse, sin hacer el más mínimo ademán de querer abrir la puerta. El timbre vuelve a sonar, esta vez con más insistencia, una, dos, y hasta tres veces. Se acerca rápidamente a la ventana para observar por detrás de los visillos, pero no alcanza a ver más que unos tejanos y unas zapatillas deportivas. Vuelve a maldecir. Identifica con pavor el clásico ruido de que alguien en algún piso ha pulsado el botón de apertura de la puerta. El que entra ha debido llamar a todos los timbres hasta encontrar quien le abriera. Pega su oreja a la puerta, aguzando el oído, rezando para que el que sube en el ascensor se detenga en otro piso, en otra vivienda que no sea la suya. Son momentos dramáticos en los que su corazón parece no tener descanso, no encontrar cuartel. El tiempo permanece en suspenso y deja de transcurrir, mientras la caldera de vapor que es su pecho está al límite y amenaza con reventar. Suena el timbre.

Ernesto podría haber mirado a través de la mirilla y comprobar que quien se encuentra al otro lado de la puerta es el chico del supermercado, que trae la compra que su mujer, ausente desde muy temprano, ha hecho esta mañana. También podría haber acabado de leer la noticia que el periódico recoge en la página de sucesos y que reza lo siguiente: “El desmembrador ha dejado la cárcel donde se encontraba recluido desde hace quince años, tras ser encontrado muerto en su celda en extrañas circunstancias”. Podría muy bien haber hecho todo eso, sí, pero no ha podido porque su corazón no ha aguantado y se ha parado para siempre.

"Brillos fugaces"

 [ Más ]

"60 minutos"

6,15 horas.

Cuando sonó el despertador, Alice ya estaba despierta. En realidad no había dormido nada en toda la noche. Razones había.

Le costó mucho levantarse y una vez en pie se movió torpemente como si fuese una marioneta, como si alguien tensase los hilos y manejase a voluntad su abatido cuerpo. Por el pasillo pasó por delante de la habitación de su hija. Le hubiera gustado entrar a arroparla y a darle un beso en la frente, como solía hacer cuando ella estaba. Una vez en la cocina cogió el tarro del café, lo abrió, e inspiró profundamente, deleitándose con el aroma que desprendía. Echó dos cucharadas en la cafetera y se sentó a esperar. Pronto la máquina empezó a dar muestras de efectividad y el café empezó a salir de sus metálicas entrañas.

 En la penitenciaría de Atlanta, Georgia, Nate, llevaba también varios días sin dormir. Hacía casi dos años que estaba en el corredor de la muerte y hoy, precisamente hoy, era el día de su ejecución. Inmediatamente después del amanecer le pondrían una inyección letal que acabaría con su particular e infructuosa cruzada. Eso si no llegaba antes el indulto del gobernador. Le quedaba justamente una hora de vida.

6,32 horas.

Alice se sirvió una más que generosa taza de café, incorporó dos cucharadas de azúcar y se puso a darle vueltas para desleírlo. Acto seguido extrajo la cucharilla y contempló como la espuma giraba y giraba en la taza hasta quedar totalmente inmóvil. Las pequeñas burbujas fueron desapareciendo y la superficie pronto estuvo totalmente despejada. Acercó la taza a los labios y bebió un primer sorbo, que le supo amargo a pesar del azúcar. Encendió la radio y consultó el reloj.

A esa misma hora un funcionario entró en la celda de Nate portando el desayuno y ropa limpia, indicándole que se la pusiese. Sorprende lo contradictoria y cínica que puede llegar a ser la sociedad: te dan ropa limpia y un desayuno espléndido cuando te van a despachar, cuando se te va a negar el disfrute del más fundamental de tus derechos: la vida. Creo que más que una despedida a los repudiados es un castigo, para que sepas lo que te vas a perder de aquí en adelante. Nate dejó el desayuno a un lado comenzó a vestirse lentamente, como intentando alargar el tiempo exprimiéndole al reloj valiosos minutos.

6,40 horas.

Alice daba su segundo sorbo al café. Le había puesto otra cucharada de azúcar pero seguía sabiendo amargo. Dejó la taza en la mesa y se concentró en lo que decían las noticias: en una emisora local alguien transmitía desde el exterior de la penitenciaría del estado y hablaba de una inminente ejecución. Especulaba con la posibilidad de que el gobernador hiciese una llamada de última hora y conmutase la sentencia por la de cadena perpetua.

7,05 horas.

En el centro penitenciario todo estaba dispuesto. Nate estaba echado en la camilla, con brazos y piernas sujetos por fuertes correas. Su mirada era ausente y se dejaba hacer sin oponer resistencia. De nada hubiera servido, por otra parte. Toda la fuerza la había empleado en intentar demostrar que él no era culpable, que no había matado a nadie, que todo se debía a un tremendo y fatal error judicial. Ahora su vida dependía de una llamada telefónica. Paradojas del destino. Eran las 7,10 y faltaban tan sólo cinco minutos para la ejecución, para su ejecución. Miró al funcionario que estaba al lado del teléfono y le pareció que sus ojos le transmitían “Ánimo, el gobernador llamará” pero esto no le tranquilizó. Pensó en su mujer, que había soportado todo un calvario en los dos últimos años, y en su hija y unas tímidas lágrimas pugnaron por salir, pero no se derrumbó. Un pinchazo lo devolvió a la realidad. Alguien le había puesto la vía.

7,14 horas.

El café seguía estando amargo a pesar de las cuatro cucharadas de azúcar que Alice le había puesto ¿Sería su boca? Además, se había enfriado. Miró el reloj y comprobó que faltaba apenas un minuto. Siguió con la vista la aguja del segundero, acompañando con imperceptibles golpes de cabeza, su inexorable y despejado camino hacia las 12. En ese mismo momento unas interferencias creadas por una motocicleta fuera de la casa le hicieron dejar de escuchar la emisora. Acercó la mano al dial para sintonizar.

El teléfono de la penitenciaría no llegó a sonar. La radio de Alice sonó y sonó, hora tras hora, hasta que alguien la apagó. Junto a su cuerpo había un sobre apoyado en una taza de café a medio tomar. Los periódicos de ese día hicieron eco de la noticia en primera página: “Nate Adams, el hombre que había asesinado cruelmente a su hija dos años atrás, ha sido ajusticiado a las 7,15 de la mañana en la penitenciaría del estado”.

"La verdadera tragedia de un naufragio"

Un chirrido espantoso quebró la noche, recorriendo la superficie de un océano inusualmente tranquilo. El sonido se prolongó por espacio de unos diez segundos y luego todo quedó otra vez en silencio. Damian Orlowski se despertó sobresaltado y comenzó a vestirse con toda la rapidez de que fue capaz. Cuando abrió la puerta de su camarote y salió al pasillo ya había algunas personas que iban y venían preguntándose angustiadas por lo sucedido. Eran las veintitrés horas y cuarenta y cinco minutos del día 15 de abril de 1912.

Damian Orlowski era un competente científico polaco que trabajaba en Inglaterra en el campo de la ingeniería celular. Su trabajo lo llevaba con mucha discreción, por lo que sus superiores, si bien sabían en qué invertía el tiempo, no estaban del todo al corriente de sus descubrimientos y avances. En las últimas semanas Orlowki había dado un paso definitivo en su investigación, logrando llegar al final de lo que tantos años llevaba persiguiendo y tantos sacrificios le había costado. Comunicó a la dirección y a los inversores americanos que su trabajo se acercaba a su fin y que lo pondría en conocimiento del mundo científico en un viaje que próximamente haría a los Estados Unidos. El día 10 de abril se embarcó en un trasatlántico para cubrir el trayecto Southampton-Nueva York.

¡CQD, CQD…! ¿Alguien puede oírnos? Hemos colisionado con un iceberg y tenemos serios problemas ¡S.O.S.! –Imploraba el radiotelegrafista una y otra vez.

-El Carpathia es el más cercano, capitán, y está a unas 60 millas. Forzando la máquina tardará unas cuatro horas en llegar.
-¡Maldita sea, Philips! Nos quedan apenas un par de horas antes de que todo se vaya al carajo. El Carpathia está demasiado lejos. Siga insistiendo, por Dios.

Al poco tiempo del impacto la gente, aturdida, ya corría de un lugar para otro sin saber qué hacer. Los pasillos de los camarotes eran una continua marabunta humana, una peregrinación de pasajeros angustiados que iban y venían sin un destino, con el único fin de llegar por todos los medios a la cubierta principal y allí informarse de lo que estaba sucediendo. Oficiales y marineros de la tripulación intentaban en vano calmarlos y les apremiaban para que se pusiesen los chalecos salvavidas. En esos momentos de tensa agitación Damian Orlowski vio como una madre con su hijo en brazos era derribada y pisoteada brutalmente hasta perder el conocimiento. Nadie se detuvo para prestarles auxilio. Se quedó mirando al pequeño unos instantes y dudó si ir en su ayuda, pero viendo sus propios brazos ocupados por el voluminoso maletín desvió su mirada, volvió sobre sus pasos y siguió a la gente que se dirigía atropelladamente hacia la cubierta de primera clase.

La cubierta principal era un desordenado caos donde nada parecía estar en su sitio. Por todas partes se veía a gente corriendo, intentando integrarse en los grupos que estaban organizando los oficiales para evacuar el navío. Algunos miembros de la orquesta, que momentos antes habían estado amenizando la cena, tocaban ahora allí. Sus caras, a pesar de la agitación, eran animosas; sus gestos, exagerados. Ponían especial empeño en parecer serenos sin acabar de lograrlo del todo. Sus piezas, alegres en el comedor, sonaban ahora con una carga dramática rayando en lo funesto. Abajo, en la superficie del agua, varios botes sobrecargados se alejaban a toda prisa del barco. Sus tripulantes intentaban apartar con los remos a gente que nadaba desesperada hacia ellos. Fue en ese momento cuando Orlowki pudo comprobar la verdadera magnitud y gravedad del desastre. La proa del navío empezaba a sumergirse, siendo ya notoria la escora hacia el lado de estribor. La popa estaba casi en su totalidad fuera del agua, de manera que pronto empezarían a asomar las hélices. El Titanic estaba sentenciado.

Damián Orlowski vio la oportunidad y pensó que no podía perder más tiempo. Se acercó al grupo de gente menos numeroso y le dijo al oído al oficial que era vital que él tuviese prioridad, dada la importancia de los documentos que llevaba encima –le mostró el maletín- El oficial ni siquiera le miró cuando le espetó:
-¿Más importantes que la vida de estas personas? Póngase a la cola y espere su turno.
-Le repito, oficial –insistió- que llevo documentación importantísima y puesto que lo ha mencionado, mucho más importante que la vida de todas esas personas. Tiene que dejarme subir.
-¿Acaso está sordo? Le he dicho que espere su turno. Para esta gente también es vital subir al bote. Además… no puede subir con equipaje. Tenemos órdenes tajantes de que a los botes salvavidas solo suban pasajeros. Nada más.

Orlowski abrazó con todas sus fuerzas el maletín y se dispuso a subir, costase lo que costase, golpeando en su acción a varias personas que le precedían en la cola. El oficial le cortó el paso, agarrando con sus manos el portafolios con el fin de arrebatárselo. Forcejearon sobre la borda unos instantes, hasta que en un intento por desprender el maletín de las manos del oficial, Orlowski dio un fuerte tirón y, soltándose aquel, perdió el equilibrio cayendo al mar. El oficial se quedó mirando fijamente la fatal trayectoria, hasta que el maletín y su dueño desaparecieron abrazados en la negrura de las gélidas aguas.

Nunca llegó a saberse lo que contenía aquel maletín. Si el oficial hubiese sabido que portaba la solución al enigma más codiciado por la humanidad desde el inicio de los tiempos, seguramente hubiese obrado de otra manera. Si aquel hombre hubiese permitido que Damian Orlowski subiese al bote, el misterio sobre la vida y la muerte, la idolatrada inmortalidad, hubiese quedado zanjado para siempre y no se hubiera ido a pique con el Titanic.

"El timo"

El supermercado abrió sus puertas al público a las ocho de la mañana, como de costumbre. Las cajeras se dirigían hacia sus puestos charlando animadamente y comentando las vivencias del día anterior. Las más jóvenes sustituían las vivencias por risitas, comentarios en voz baja y miradas de complicidad. La gente empezó a entrar y a coger carros para hacer la compra, por lo que en apenas quince minutos la actividad en el centro era ya frenética. Una viejecita con unos grandes lentes de culo de vaso peleaba por hacerse con una cesta colocada en una gran pila que había a la entrada. Después de luchar largamente la cesta cedió a su empuje y con sumo cuidado, como si tuviese miedo a tropezar, se dirigió al interior. Su imagen se perdió entre dos expositores abarrotados de comestibles.

La viejecita caminaba lentamente por los pasillos, acercando mucho la vista a los productos para ver su precio. Cada vez que lograba leer un cartel consultaba una lista que tenía en la mano. Acto seguido lo desechaba haciendo aspavientos con la mano diciendo “esto está más caro”.

Un joven se acercaba por el mismo pasillo, aunque en dirección contraria. Debía tener unos treinta años. Era muy alto y vestía cazadora militar y unos vaqueros raídos y descoloridos. Las botas, demasiado voluminosas, le daban un aspecto de Bigfoot. La viejecita se fijo en él y sonrió divertida.
 —Joven, por favor… —suplicó.
—Dígame, señora ¿En qué puedo serle útil?.
—Pues verá —contestó la viejecita. He sacado un billete de la cartera para pagar en caja y se me ha caído, yendo a parar debajo de este estante. ¿Podría ayudarme? Hace bastante tiempo que mi vista ha dejado de ser incluso aceptable.
—¿Aquí, abajo? Vamos a ver.

El joven se puso de rodillas, apoyó las manos en el suelo y bajó la cabeza para mirar por debajo del expositor. Le pareció ver el billete, aunque estaba bastante apartado. Se acostó en el suelo para que su brazo llegase más lejos y por fin pudo cogerlo. Ya lo tenía en la mano e iba a levantarse cuando vio que era de ¡doscientos euros! Se incorporó un poco y metió disimuladamente la mano en uno de los bolsillos de la cazadora.
—Ya lo he localizado. Ahora mismo se lo cojo —dijo mientras volvía a meter el brazo debajo del estante sacando el billete cogido entre los dedos índice y medio. Aquí tiene, buena mujer, su billete de cincuenta pavos sano y salvo.
—¡Oh, joven, muchas gracias! no sabe el favor que me ha hecho ¡Qué sería de nosotras sin gente tan bondadosa como usted!
—A mandar señora. Que tenga un buen día —respondió casi con una carcajada.

Poco después, en la cola de la caja, el joven sacaba los productos del carro y los ponía en la cinta transportadora.
—Ochenta y cinco con noventa —dijo mecánicamente la cajera. ¿Efectivo o tarjeta?
—Efectivo, efectivo —Y le dio un billete.

Mientras la cajera cobraba miró hacia la puerta de salida y allí estaba la viejecita, esta vez sin sus gafas de culo de vaso. Le sonreía y le saludaba mientras salía del establecimiento.

La boca del joven trazó una sonrisa de oreja a oreja y la saludó también. Mientras asentía no se dio cuenta de que la cajera le estaba diciendo algo.
—Disculpe, no la he oído ¿Qué me decía?
—Le decía que tendrá que darme otro billete o de lo contrario avisaré a seguridad. El billete de doscientos euros que me ha dado es falso.