“El espejo”

Ahí estás otra vez, a dos palmos, con cara de no haber roto un plato en tu vida. Tu cara se parece a mi cara, con esa barba de días que tanta pereza te da rasurar, Tu pelo se parece al mío, escaso y disperso, en terreno otrora cultivado, consecuencia de los más que evidentes síntomas de una decadencia lenta, aunque implacable. Y no hablemos ya de tu nariz, pomposa como la de un payaso, desde que aquel día tu padre te la rompió porque le dijiste que estabas harto de su intolerancia.

Te miro y he de reconocer que sí, que tienes mucho parecido, que eres una buena réplica de mí mismo: Los mismos ojos, la misma frente despejada y anormalmente grande, la misma boca… no está mal, no. Podrían, de no conocerte, confundirte conmigo. Pero, a mí no me engañas.

Detrás de esa aparente apacibilidad se esconde un ser complejo y sombrío. Esas líneas suaves y agradables de tu rostro no revelan tu verdadero carácter. Tu padre te conocía muy bien y por eso te hostigaba. Sabía que habías nacido con algo malvado dentro y juró ante la Santa Biblia que te lo quitaría, que te exorcizaría él mismo a base de golpes, si fuera preciso. Y lo fue. Vaya si lo fue.

Los años transcurridos desde entonces, lejos de modelarte, han desarrollado y perfeccionado tu odio. Lo han hecho más selectivo, más calculador. Has aprendido a ser frío, a aguantar y a poner la otra mejilla de ser necesario, para golpear con saña descontrolada después. Te has convertido en un monstruo, algo que a mí no se me escapa, por eso no me engañas, como tampoco engañabas a tu padre. Fíjate en esas manos. Sí, míralas bien, a la luz, donde no puedas esconderlas antes de lavarlas, antes de que puedas eximirlas y disculparlas, como haces siempre. Son las mercenarias y ejecutoras de tu resentimiento, de múltiples años acumulando rencor y soledad biliosa, de tu ruina.

Ahí estás de nuevo ante mí, como todos los días, con cara de buena persona, como si nada hubiera pasado. Es increíble lo tranquilo que aparentas después de todo lo que has hecho sufrir. Pero ya te he dicho que a mí no me engañas, y por eso los he llamado ¿Oyes esas sirenas? No, no son de ambulancias, son de la policía. Los he llamado porque quiero acabar con esto, desenmascararte de una vez por todas. Para siempre. Tal vez seamos iguales pero por mucho que me hubiera hecho sufrir, yo nunca hubiera matado a mi padre.