"El timo"

El supermercado abrió sus puertas al público a las ocho de la mañana, como de costumbre. Las cajeras se dirigían hacia sus puestos charlando animadamente y comentando las vivencias del día anterior. Las más jóvenes sustituían las vivencias por risitas, comentarios en voz baja y miradas de complicidad. La gente empezó a entrar y a coger carros para hacer la compra, por lo que en apenas quince minutos la actividad en el centro era ya frenética. Una viejecita con unos grandes lentes de culo de vaso peleaba por hacerse con una cesta colocada en una gran pila que había a la entrada. Después de luchar largamente la cesta cedió a su empuje y con sumo cuidado, como si tuviese miedo a tropezar, se dirigió al interior. Su imagen se perdió entre dos expositores abarrotados de comestibles.

La viejecita caminaba lentamente por los pasillos, acercando mucho la vista a los productos para ver su precio. Cada vez que lograba leer un cartel consultaba una lista que tenía en la mano. Acto seguido lo desechaba haciendo aspavientos con la mano diciendo “esto está más caro”.

Un joven se acercaba por el mismo pasillo, aunque en dirección contraria. Debía tener unos treinta años. Era muy alto y vestía cazadora militar y unos vaqueros raídos y descoloridos. Las botas, demasiado voluminosas, le daban un aspecto de Bigfoot. La viejecita se fijo en él y sonrió divertida.
 —Joven, por favor… —suplicó.
—Dígame, señora ¿En qué puedo serle útil?.
—Pues verá —contestó la viejecita. He sacado un billete de la cartera para pagar en caja y se me ha caído, yendo a parar debajo de este estante. ¿Podría ayudarme? Hace bastante tiempo que mi vista ha dejado de ser incluso aceptable.
—¿Aquí, abajo? Vamos a ver.

El joven se puso de rodillas, apoyó las manos en el suelo y bajó la cabeza para mirar por debajo del expositor. Le pareció ver el billete, aunque estaba bastante apartado. Se acostó en el suelo para que su brazo llegase más lejos y por fin pudo cogerlo. Ya lo tenía en la mano e iba a levantarse cuando vio que era de ¡doscientos euros! Se incorporó un poco y metió disimuladamente la mano en uno de los bolsillos de la cazadora.
—Ya lo he localizado. Ahora mismo se lo cojo —dijo mientras volvía a meter el brazo debajo del estante sacando el billete cogido entre los dedos índice y medio. Aquí tiene, buena mujer, su billete de cincuenta pavos sano y salvo.
—¡Oh, joven, muchas gracias! no sabe el favor que me ha hecho ¡Qué sería de nosotras sin gente tan bondadosa como usted!
—A mandar señora. Que tenga un buen día —respondió casi con una carcajada.

Poco después, en la cola de la caja, el joven sacaba los productos del carro y los ponía en la cinta transportadora.
—Ochenta y cinco con noventa —dijo mecánicamente la cajera. ¿Efectivo o tarjeta?
—Efectivo, efectivo —Y le dio un billete.

Mientras la cajera cobraba miró hacia la puerta de salida y allí estaba la viejecita, esta vez sin sus gafas de culo de vaso. Le sonreía y le saludaba mientras salía del establecimiento.

La boca del joven trazó una sonrisa de oreja a oreja y la saludó también. Mientras asentía no se dio cuenta de que la cajera le estaba diciendo algo.
—Disculpe, no la he oído ¿Qué me decía?
—Le decía que tendrá que darme otro billete o de lo contrario avisaré a seguridad. El billete de doscientos euros que me ha dado es falso.