"Las raíces del destino"

Sin dar crédito a lo que sus ojos le mostraban se acercó a la pared hasta que estuvo a escasos centímetros de ella. Una pequeña grieta, apenas perceptible días atrás, se había ido agrandando hasta el punto de que ahora entraba en ella toda su mano. Y lo que es más… ¡se ensanchaba por momentos!

Edward Gaudet era un reo que había sido condenado por un jurado popular a morir en la silla eléctrica y llevaba más de tres meses esperando en el corredor de la muerte a que la sentencia se cumpliese. Por tres veces el Estado había rechazado su petición de condonación de la pena capital por la de cadena perpetua, por lo que no le quedaba más recurso que esperar el desarrollo de los acontecimientos. La grieta se le mostró de improviso como una puerta abierta a la libertad y no se lo pensó dos veces: se introdujo en ella.

Una voz aflautada sonó desde el interior:
—Espera un momento —dijo la voz— Antes de que inicies tu aventura deberás saber a qué te expones. Gaudet, con las manos apoyadas en ambas paredes de la grieta, quedó inmóvil por la sorpresa. No respondió.
—Esta gruta te permitirá escapar a tu suerte. Viajarás a través del tiempo hasta una oscura época donde todo es posible y nada, probable. He de decirte que no podrás cambiar lo que el destino tiene preparado para ti pero sí puedes alterar el devenir de los acontecimientos. De ti depende que sea para bien o para mal. Dicho esto la voz calló, pero debido al eco, la última palabra pronunciada con timbre de soprano quedó suspendida en el aire.

Gaudet traspasó la entrada y pronto se vio envuelto por una densa oscuridad. Se sintió flotar en el aire, con una sensación de delicioso bienestar. Su cerebro se desconectó y el tiempo pasó a ser una magnitud incierta e imprecisa. Al cabo de no se sabe cuánto tiempo un pequeño puntito de luz apareció en la lejanía, haciéndose más grande a marchas forzadas. Pronto tuvo ante sí la salida de la grieta.

La estancia, de grandes dimensiones, aparecía ante sus ojos sombría y húmeda. Las paredes, de piedra, estaban tremendamente sucias y de ellas colgaban gran cantidad de cadenas y grilletes. El suelo, repleto de excrementos, vómitos y otras inmundicias, despedía un pestilente olor e hizo que le viniesen a la boca jugos ácidos ya saboreados. ¿Una mazmorra? —se preguntó.

Fueron desfilando ante sí rostros demacrados, derrotados. Los ojos de estos seres que pululaban por la celda parecían volar de un lugar a otro, vacíos, sin vida. No se veía ningún rayo de esperanza en ellos. Si no fuera porque muy de vez en cuando cambiaban de postura hubiesen pasado por cadáveres. Al rato sonaron unos pasos en el exterior y una llave se introdujo en la cerradura.

 —Gaillard --dijo el hombre que acababa de entrar, leyendo de un sucio papel— ponte a este lado. Boissier, vente para aquí también.
—¿Para qué los llaman? —preguntó Gaudet a un anciano de supuesta buena posición, a juzgar por sus ropas. El anciano no se inmutó. Ni siquiera le miró.
—¿No me ha oído? ¿Adonde se los llevan? —insistió Gaudet.
—Quien sabe —respondió el viejo.
--Gaudet —volvió a llamar el tipo que leía la lista.

Un escalofrío le recorrió el cuerpo. Era imposible que se hubiesen percatado de su llegada ¿Qué diablos estaba ocurriendo? ¿Qué habría querido decir la voz de la grieta con lo de su destino? No entendía nada pero tenía muy claro que no había escapado de su celda para pasar el resto de su vida en una inhumana mazmorra. Estaba todavía cavilando cuando el anciano que tenía al lado se dispuso a incorporarse al grupo. ¿Otro Gaudet? y le dio un empujón al viejo derribándole y encaminándose hacia la puerta. El anciano no dijo nada.
—¿Gaudet? Sales o te sacamos.
—Ya voy, ya voy —contestó— y se unió al grupo. Todos salieron y la puerta se cerró tras ellos.

Momentos después fueron subidos a un carro tirado por bueyes en el que ya había otras personas hacinadas. Pasaron por una callejuela empedrada muy estrecha y pronto desembocaron en una gran plaza en la que una muchedumbre enfervorizada gritaba y clamaba justicia. La plaza le resultaba terriblemente familiar; sobre todo la torre… la torre… ¿La Bastilla? El corazón le dio un vuelco, mientras gotas de sudor frío aparecieron en su frente.

El carro cruzó la plaza por el escaso sitio que la gente le dejaba. El gentío estaba fuera de sí, loco de ira, y clamaba por la sangre de los opresores del pueblo. Al fondo, la figura aterradora de la guillotina dominaba toda la escena. Cuando le tocó el turno a Gaudet el griterío en la plaza era ensordecedor. El verdugo soltó la cuerda y en el brevísimo espacio de tiempo que tarda la cuchilla en hacer su recorrido, Gaudet vio esquematizada en cortísimas secuencias su dilatada carrera criminal. Le pareció oír su nombre ¿La voz otra vez? —pensó mientras gritaba…
—¡Arrrrrrrggggg!
—Vamos, Gaudet, despierta de una vez —le dijo el funcionario. Ponte guapo con esta ropa. Ha llegado el gran día y tienes una cita con tu destino.