"Descansa en paz, viejo"

 [ Más ]

"El Regreso" mi segunda novela ya está disponible

 [ Más ]

Presentación de mi novela “la tierra virgen”

 [ Más ]

Ya está en la calle "La Tierra Virgen"

Hola de nuevo a todos/as.

Había quedado en comunicaros el momento en que salía a la calle la primera tirada de mi novela "La Tierra Virgen". No me ha dado tiempo. En realidad la noticia que tengo que daros hoy es bien distinta: Se ha vendido tan de prisa que se ha agotado. No queda ni un ejemplar. Tuve que desprenderme del que había guardado para mí, ya que a una persona le urgía tanto que no podía esperar a la segunda tirada.

Ya está en el horno la segunda partida y de ella ya tengo comprometidos unos cuantos ejemplares. Y eso que todavía no he hecho ninguna/s presentación/es. Está siendo acogido muy bien y por ello quiero dar las gracias a todas/os aquellas/os que lo habéis adquirido u os habéis interesado por él. Os quiero.

Seguiremos comunicando.

  

"La tierra virgen"

Estos días he firmado contrato con una editorial para publicar lo que es ya una realidad: mi primera novela. "La Tierra Virgen" -así se llama- está ya en marcha, así como la maquinaria para darle forma. Es muy posible que en un cortísimo espacio de tiempo vea la ansiada luz. Ni que decir tiene que estoy muy ilusionado con el proyecto, que creo quedará muy bien, pues confio mucho en la editorial y en el grupo de gente con el que me he embarcado. Puntualmente seréis informados del proceso, por si a alguien le interesa. Saludos y buenas vibraciones.

"El recinto oscuro"

 [ Más ]

"Persecución"

Ni la densa niebla pudo ocultar que alguien o algo la seguían. Era muy silencioso y escurridizo y cuando ella miraba para atrás nunca lo veía, aunque presentía que estaba muy cerca, respirando sobre su nuca. Empezó a sentir miedo y presa del pánico echó a correr hacia su casa. Con un poco de suerte llegaría en seguida, pues no distaba mucho de allí. Cuando llegó al portal del edificio apenas pudo introducir la llave en la cerradura debido al nerviosismo que la dominaba. Abrió, por fin, y cerró la puerta tras de sí, pero ese algo había penetrado también. Corrió escaleras arriba gritando como una loca. Abrió la puerta de su apartamento y se dirigió corriendo hasta el balcón de la sala, que estaba abierto. Entró con tanto ímpetu que al llegar a la barandilla no pudo frenar a tiempo y se precipitó al vacío. Su propia sombra siguió su mismo camino, yéndose a estrellar instantes antes que ella en el asfalto.

“El espejo”

Ahí estás otra vez, a dos palmos, con cara de no haber roto un plato en tu vida. Tu cara se parece a mi cara, con esa barba de días que tanta pereza te da rasurar, Tu pelo se parece al mío, escaso y disperso, en terreno otrora cultivado, consecuencia de los más que evidentes síntomas de una decadencia lenta, aunque implacable. Y no hablemos ya de tu nariz, pomposa como la de un payaso, desde que aquel día tu padre te la rompió porque le dijiste que estabas harto de su intolerancia.

Te miro y he de reconocer que sí, que tienes mucho parecido, que eres una buena réplica de mí mismo: Los mismos ojos, la misma frente despejada y anormalmente grande, la misma boca… no está mal, no. Podrían, de no conocerte, confundirte conmigo. Pero, a mí no me engañas.

Detrás de esa aparente apacibilidad se esconde un ser complejo y sombrío. Esas líneas suaves y agradables de tu rostro no revelan tu verdadero carácter. Tu padre te conocía muy bien y por eso te hostigaba. Sabía que habías nacido con algo malvado dentro y juró ante la Santa Biblia que te lo quitaría, que te exorcizaría él mismo a base de golpes, si fuera preciso. Y lo fue. Vaya si lo fue.

Los años transcurridos desde entonces, lejos de modelarte, han desarrollado y perfeccionado tu odio. Lo han hecho más selectivo, más calculador. Has aprendido a ser frío, a aguantar y a poner la otra mejilla de ser necesario, para golpear con saña descontrolada después. Te has convertido en un monstruo, algo que a mí no se me escapa, por eso no me engañas, como tampoco engañabas a tu padre. Fíjate en esas manos. Sí, míralas bien, a la luz, donde no puedas esconderlas antes de lavarlas, antes de que puedas eximirlas y disculparlas, como haces siempre. Son las mercenarias y ejecutoras de tu resentimiento, de múltiples años acumulando rencor y soledad biliosa, de tu ruina.

Ahí estás de nuevo ante mí, como todos los días, con cara de buena persona, como si nada hubiera pasado. Es increíble lo tranquilo que aparentas después de todo lo que has hecho sufrir. Pero ya te he dicho que a mí no me engañas, y por eso los he llamado ¿Oyes esas sirenas? No, no son de ambulancias, son de la policía. Los he llamado porque quiero acabar con esto, desenmascararte de una vez por todas. Para siempre. Tal vez seamos iguales pero por mucho que me hubiera hecho sufrir, yo nunca hubiera matado a mi padre.

"El coleccionista de palabras"

El sueño de Gabriel siempre había sido ser escritor y llegar a publicar libros llenos de palabras raras, esos libros que mucha gente lee pero que casi nadie entiende. Desde muy pequeño se le conocieron aptitudes y ambición para llegar a serlo, pues su entretenimiento principal consistía en sentarse en el suelo con un libro entre las piernas y pasar las hojas, intentando interpretar lo que aquellos signos raros y caprichosos querían transmitirle. Conforme fue creciendo creyó que la realización de su sueño podría llegar a hacerse realidad si tuviese absoluto control sobre las palabras, sobre la totalidad de los vocablos que pasaban por delante de sus ojos y quedaban alojados en su memoria. Se dedicó a la ardua tarea de recopilarlos y guardarlos en lugar seguro, así, cuando los necesitase, podría recurrir a ellos.

Pasó mucho tiempo con su etapa de aprendizaje, recortando nombres, adjetivos, verbos y toda clase de figuras gramaticales que encontraba en periódicos y revistas. No se contentaba con poseer el infinitivo, sino que guardaba todos los tiempos, y de éstos, cada una de las personas. Cuando tuvo todas las palabras reunidas en un gran saco, creyó que la tarea más dura había acabado y que para escribir bastaría con ir sacando palabra tras palabra hasta llegar a conformar una historia. Así de sencillo creía Gabriel que era escribir.

Y por fin llegó el día de iniciar su andadura como escritor. Durante una temporada estuvo sacando palabras del saco y pegándolas en las páginas de un cuaderno, de tal suerte que cuando acabó y leyó el texto resultante se dio cuenta de que algo no iba bien, que el tener reunidas todas las palabras no bastaba para crear algo que pudiera llamarse “una verdadera historia”. Tenía la materia prima, el diamante en bruto, pero le faltaba la maquinaria necesaria para convertir esa piedra burda en algo hermoso, en un brillante. Si el hábito del que escribe es la palabra —entiéndase por hábito la herramienta— podría decirse que la palabra no hace al escritor como el hábito no hace al monje. No obstante, su determinación de convertirse en escritor era tan fuerte que no se vino abajo. La cuestión era hacer que las palabras seleccionadas y colocadas de manera adecuada tuviesen sentido y se convirtiesen en algo coherente. Pero… ¿Cómo?.

Desechó la idea del saco por inútil, aunque tuvo que reconocer que el haber tenido un contacto tan estrecho con las palabras lo habían convertido en un profundo conocedor del vocabulario, y por ende, de la lengua. La experiencia le fue diciendo que lo más importante para escribir buenas historias era, en primer lugar, tener albergadas las palabras en la mente, listas para ser usadas, y en segundo lugar, el saber seleccionarlas y llevar al papel las necesarias. Sólo ésas. Luego vendrían el maquillaje y los retoques necesarios, que deberían ser los que redondeasen la obra.

Gabriel aprendió con el tiempo que las historias están ahí, en la mente, mezcladas, entrelazadas, esperando pacientemente ser sacadas a la luz. Aprendió que corresponde al escritor darles forma y modelarlas hasta hacerlas creíbles, mágicas, dignas de ser leídas. El protagonista de esta historia se llama Gabriel, pero bien pudiera haberse llamado Miguel, o William, o Lev, o Fiòdor, o Mario, o… Me gustaría pensar que detrás del genio de toda esta gente se esconde una historia de aprendizaje y dedicación parecida, una historia mágica semejante a esta.

"El cielo inmediato"

Siempre me han entusiasmado los temas relacionados con el más allá, con paraísos, con lugares oscuros, con infiernos, pero por encima de todo siempre me ha interesado saber la forma en que uno puede llegar a ganarse —si es que existe ese lugar— el cielo. He hecho esta pregunta a mucha gente pero hasta hoy nadie ha sabido contestarme cómo lo hizo en su día la persona a la que más firmemente he admirado: Mi abuelo.

Mi abuelo era un tipo sencillo, rudo aunque sin asperezas, sin más formación que la que le dio la escuela de la vida, la escuela de los que aprenden a base de tropezar, levantarse y elegir otro camino más transitable, o menos dificultoso, según se mire. A pesar de no haber tenido estudios era un hombre culto, autodidacta por antonomasia y bien formado en diferentes temas. Le gustaba mucho escuchar a la gente que tenía algo que decir y aprender de sus experiencias, lo que le permitía crecer en erudición e ir formando sus propios juicios, que eran, ahora estoy en condiciones de evaluarle, de una clarividencia asombrosa. Todos los años, cuando el curso finalizaba, mis padres me enviaban a casa de mis abuelos a pasar las vacaciones de verano. Mi abuelo solía llevarme a pescar al río que pasaba por cerca de casa; bueno, más que a pescar —no era verdaderamente un experto— me llevaba para alejarme un poco del mundo, para poder charlar conmigo de tú a tú, sin que la abuela, que era sumamente religiosa, le llamase constantemente la atención por meterme —como ella solía decir— pájaros en la cabeza. Cierto día en que no picaban en el río ni los mosquitos, ante mi insistente pregunta de cómo podía hacer para ganar el cielo, respondió de esta manera: “Verás, hace muchos, muchos años, en el país que hoy dominan las grandes pirámides vivió un pueblo muy culto y avanzado. Los egipcios —así se llamaban— eran gente muy religiosa y tremendamente supersticiosa, más o menos como la abuela. Se pasaban la vida pensando en cómo poder llegar a las alturas y estar lo más cerca posible de los dioses una vez les llegara la muerte. Me preguntarás que por qué te cuento esto. Bueno, la razón es que a mí todo lo relacionado con los dioses me da un poco de pelusa y no necesito estar cerca de ellos para sentirme protegido. Todo se reduce al equilibrio. Añoramos un espacio que nos dé seguridad, un espacio en el que creer y crecer, en el que nos encontremos a gusto y en perfecta armonía. Yo soy de los que piensa que hay más de un cielo y que es el más cercano, el más inmediato a nosotros, el que tenemos que sembrar y cultivar”.

Estuve pensando en lo que me dijo mi abuelo durante mucho tiempo. Fue al año siguiente, también durante las vacaciones, cuando volví a interesarme y a preguntarle nuevamente sobre el tema. Quería saber lo que significaba eso de “cielo más inmediato” en cómo podría yo descubrirlo y, si fuese posible, entrar en él. Esta vez fue más explícito: “Mi cielo particular es el lugar donde me refugio cuando estoy triste, cuando tengo algo que reprocharme o cuando no estoy satisfecho conmigo mismo. Pero también hago uso de él cuando estoy alegre y satisfecho por haber hecho las cosas como me dicta la conciencia. Es algo así como una caja donde meto todos mis actos y en la que una especie de filtro que actúa como barrera —mi conciencia— se encarga de separar el grano de la paja, haciendo que los buenos actos prevalezcan sobre los malos, aunque éstos últimos, dada la paz que logras alcanzar, acaban por ser inexistentes. Eres todavía muy joven para entender esto pero si piensas continuamente en ello, con el tiempo sabrás de lo que te estoy hablando y llegarás a modelar tu propio espacio”.

Ahora, en plena madurez, sé muy bien a lo que se refería mi abuelo. Con el paso de los años he ido formando mi cielo inmediato, mi propia cajita, modelándola a mi carácter y a mis necesidades. Procuré seguir las máximas que mi abuelo me adelantó en aquellas calurosas tardes fluviales repitiéndolas hasta la extenuación. Siempre tengo presente la frase con la que dio por cerrado el tema: “te pondrán zancadillas, encontrarás barreras aparentemente infranqueables, pero con determinación construirás un cielo inmediato a tu medida, en el que no quepan el odio, la falsedad o el engaño. Si te encuentras bien en él no necesitarás buscar más cielos”

"Crimen en dos dimensiones"

Un sonido irritante invade la habitación y una mano desorientada se eleva torpemente intentando localizar al causante.
—Diga —logra articular por fin el de la mano en un susurro apenas inteligible, ya localizado y neutralizado el molesto artefacto.
—¿Inspector? Aquí Estévez.
—Por el amor de Dios, Estévez ¿Sabe usted la hora que es? Espero que tenga una buena razón para despertarme a las… —mira el reloj— cuatro de la mañana.
—Ha aparecido otro.

El inspector Galíndez tiene ante sí un nuevo caso; mejor dicho, un nuevo cadáver, porque el caso, dada la semejanza con los cuatro anteriores, parece ser el mismo. Uno más de la serie de crímenes que se vienen cometiendo en la ciudad y que se están convirtiendo en algo habitual, en un embarazoso día a día. Sin dejar de mirar el cadáver busca en el bolsillo interior de su americana la pitillera, extrae un cigarrillo y lo golpea contra la tapa para compactar el tabaco. Es Estévez quien se adelanta para darle fuego.
—Lo mismo de siempre, inspector: Varón de unos cincuenta años, acomodado, limpieza impoluta en lo tocante a pistas y… sangre, mucha sangre. El forense cree que se ha empleado un hacha como en los otros casos. Una carnicería, vamos.
El inspector asiente cabizbajo, da una calada profunda al cigarro y retiene el humo durante unos instantes. Una fuerte tos le hace expulsarlo por la vía rápida cuando ya empezaba a quemarle los pulmones —tengo que dejar esta mierda, Estévez, pero ahora no es el momento. Hay que resolver este jodido caso antes de que se pida mi cabeza, y para que eso suceda no nos queda mucho tiempo. ¿Libro en la escena?
—Sí, inspector, encima de la mesa, como siempre.
—Hummm. Supongo que no hace falta que le pregunte qué libro es.
—No, no hace falta. Se trata del mismo que ha aparecido las otras veces.

Al inspector Galíndez no le huele bien este caso. De hecho, ni siquiera le huele y eso en un sabueso resabiado como él es preocupante. En todos los casos asignados hasta la fecha siempre ha habido alguna pista, algún cabo suelto, algo que le ha permitido empezar a trenzar el entramado que llevó al esclarecimiento de los hechos. Pero esta vez es distinto. La puerta aparece cerrada desde dentro, cosa por otra parte bastante esclarecedora, porque eso supone que el asesino no vino del exterior, que estaba dentro, pero… ¿Cómo se las apañó para salir? Las ventanas también están cerradas desde dentro y no hay más formas de entrar. Descartado por pura lógica el suicidio, la investigación se para aquí, sin que haya más avances. Además, todas las víctimas son banqueros y en la escena del crimen aparece siempre un libro. El mismo libro. Demasiado poco para avanzar.

El inspector Galíndez se acerca a la chimenea y extiende sus manos hacia la lumbre para calentarlas. Todavía desprende algo de calor, pese a que la leña se ha consumido hace bastante tiempo. La estancia, bien caldeada, hace que se despoje del abrigo y de la bufanda, tan necesarios en el gélido frío exterior. Coge el libro de encima de la mesa y lo examina detenidamente a través de sus diminutos lentes, deteniéndose particularmente en las primeras páginas. Las pasa despacio, hacia adelante, hacia atrás y vuelta a empezar. Al cabo de un buen rato una imperceptible sonrisa –la primera en mucho tiempo- empieza a humanizar su rostro. Estévez se le acerca e interrumpe sus pensamientos:
—¿Se ha fijado en la frente, inspector?
—Claro, como para no fijarse. La palabra “Usurero” escrita en la frente de todas las víctimas. ¿A usted le gustan los banqueros, Estévez?
—Siendo sincero, inspector, no son santo de mi devoción.
—Al asesino, al parecer, tampoco, pero no se preocupe, por ahora no está usted entre los sospechosos. ¿Le gusta la literatura?
—Bueno, no devoro libros, si es a lo que se refiere, pero leo el periódico cuando tengo tiempo. ¿Por qué lo pregunta?
—Supongo, entonces, que no habrá oído lo que se dice en ciertos foros literarios de que los homicidas en la literatura son inmortales, que permanecen vivos mientras los libros que los hospedan permanecen inalterables.
—No, no lo había oído, la verdad ¿Adónde quiere llegar, inspector?.
—Consiga una lista de todos los banqueros de la ciudad y pregúnteles si tienen ese título en su biblioteca —el inspector Galíndez arroja “Crimen y castigo” al fuego— Creo que a Raskólnikov se le acabaron las coartadas.

"Alguien bostezó con el canto del cuco"

Estoy sentado en el sofá, mirando a la pantalla del televisor, haciendo zapping distraídamente sin implicarme demasiado en lo que veo. A mis espaldas, un sonido monótonamente familiar llama mi atención. Es el cuco, la mascota mecánica de la familia, que quiere tomar protagonismo entre la algarabía de sonidos que van surgiendo conforme voy cambiando de canal. Uno, dos, tres… hasta once cantos, cuento. Ha sacado pecho y quiere destacar por encima de realitys, noticieros y películas. Tiene raza este pájaro, como buen alemán que es, no en vano es oriundo de la afamada Selva Negra.

Mi dedo índice se ha detenido y ha dejado de cambiar sin habérselo ordenado. Por su cuenta y riesgo. Tiene narices, el tío. Me fastidia enormemente porque a veces da la impresión de que va por libre, de que lo hace para sacarme los colores, sin importarle quien esté delante. Me fijo en la pantalla y caigo: en el canal donde se ha detenido están dando El Cazador, de Michael Cimino, una de mis películas favoritas y él lo debe saber, por eso se ha parado, sabedor de que siempre disfruto con ella, de que siempre le saco algo nuevo a pesar de la multitud de veces que la he visto. En la pantalla están De Niro, Walken, Savage,… con una cogorza de órdago, intentando –aunque no consiguiendo- jugar al billar, mientras Frankie Walli deshoja la premonitoria y melancólica “can’t take my eyes off you”.

Me ha venido a la cabeza una idea sobre la qué escribir, por lo que corro a por mi cuaderno para marcar las líneas básicas por dónde deberá discurrir la trama. Siempre tengo a mano papel y lápiz, bien sea en casa, en el trabajo o, incluso, cuando voy por la calle. Nunca se sabe cuando va a surgir la inspiración. Sin embargo, cuando me siento de nuevo y apoyo la punta del lápiz en el cuaderno, aquél se niega a emprender el viaje, a tomar la salida. Es otra vez mi dedo, que actúa por su cuenta. No le debe gustar lo que mi cerebro ha discurrido y lo rechaza con su premeditada holgazanería. El puñetero dedito se está convirtiendo en mi más severo crítico.

La película da un giro brutal. Sin previo aviso, la pausada primera parte da paso a la más trepidante acción en un Vietnam inmisericorde. En la pantalla, un De Niro en actitud paternal, está rescatando de las aguas a un Savage con las piernas destrozadas al caer desde un helicóptero al río. Vuelvo a centrar mi atención en el cuaderno. Varias ideas vuelven a cruzar fugazmente por mi mente pero mi dedo índice, con un pasotismo que raya en lo esperpéntico, vuelve a ignorarlas. Quizá el señorito esté impresionado por la crudeza de las imágenes o quizá no tenga el día y no quiera ser el ejecutor de unas líneas burdas, exentas de cualquier atisbo de talento, como las que le ordeno escribir la mayoría de las veces.

El cuco vuelve a salir por decimosegunda vez. Me ha parecido que se ha tomado su tiempo en cantar, como si también estuviese atento a la película. Ya somos tres: el cuco tocapelotas, el puto índice descastado y yo, el escritor frustrado, viendo como De Niro y Walken se la montan a los charlys mientras se juegan la vida a la ruleta rusa. Me quedo dormido, pero me despierta el jodido engendro mecánico cuando más estaba disfrutando del sueño. No sé el tiempo que ha transcurrido. Ha salido una sola vez ¿la una ya? como protestando por hacer horas extra. Todavía tengo el lápiz entre los dedos y el cuaderno encima de mis rodillas. No hay nada escrito en él, por lo que desisto definitivamente. Hoy ya es demasiado tarde para que salga algo decente de la aturdida y cansada fábrica. Me devano los sesos por escribir algo coherente y en la televisión Christopher Walken se los vuela porque sí, porque le da la gana, en una de las escenas más crudas que haya visto jamás en la pantalla. Apago el televisor resignado.

Me caigo de sueño. Dejo al cuco fuera de combate apagando la luz de la sala, puesto que sin ella se debe cortar y ya no sale. Al índice me lo llevo conmigo, en volandas, procurando no darle más trabajo, que el pobrecillo ya ha tenido bastante. Confío en que Michael, de vuelta en casa, pueda rehacer su marcada vida. Me meto en la cama, esperando que con el efecto reparador del sueño descubra con gozo que para el cuco, mi índice y para mí mismo, amanecerá un nuevo día.

"La carta"

El ayudante entró en el despacho del inspector tras golpear suavemente la puerta. Portaba un sobre abierto.
—Ha llegado hoy por correo. Creo que le interesará leerla.

El inspector sacó del sobre una hoja de papel amarillento, como reciclado de tiempos mejores. La carta parecía escrita con pulso inseguro y tenía una letra apenas legible. Se acomodó en el respaldo del sillón, emitió un suspiró y comenzó a leer:

“Todo empezó con el trasplante. Hasta ese momento yo había sido una persona amable y respetada. Disfrutaba ayudando a la gente, fuese cual fuese el motivo. Si entraba una viejecita en el autobús, le cedía gustosamente el sitio: “Oh, señora… faltaría más… siéntese, por favor”… Si un ciego esperaba a que alguien le ayudase a cruzar la calle, allí estaba yo acelerando el paso para llegar antes que nadie: “De nada, de nada… ha sido un placer ayudarle”… Estos actos desinteresados y este comportamiento cívico hacían que me sintiese reconfortado y muy satisfecho por poder ayudar. Pero todo esto cambió drásticamente a partir del trasplante”.

“A partir del día en que perdí la mano ya nada fue igual, y no por el hecho de haber quedado sin un miembro, sino por lo que sucedió a partir de ese momento. El dolor que sentí cuando la sierra cambió de sonido al encontrar materia blanda y, más tarde, en el hospital cuando el trasplante, no fue nada comparado con el dolor que siento ahora; un dolor insoportable que me corroe, que me desgarra las entrañas y que hace que me den arcadas solo con pensar en mi situación”.

“Tengo que acabar con este sufrimiento, con este sin vivir que me está matando desde entonces. Siempre me pregunto ¿De quien sería? ¿A qué se dedicaría? ¿Cómo habrá muerto? Recorro con la vista una y otra mano buscando diferencias pero, aparentemente no las hay ¡Si hasta le ha salido vello como a la mía! Sé que todo eso es falso y que bajo esa inocente apariencia se esconde algo malvado y diabólico. Dirán… ¡pero si es tu propia mano! No. Nunca lo ha sido. Ni por un momento en estos cinco últimos años”.

“Al poco de serme trasplantada ya empecé a notar que algo no iba bien. Recuperé la funcionalidad en un tiempo récord, lo que hizo que los cirujanos que me habían intervenido se felicitasen por el éxito, pero algo no encajaba. Multitud de veces les indiqué que algo raro pasaba, que funcionalmente era perfecta, pero, que… que… que actuaba por su cuenta. Ellos se miraban perplejos y reían a escondidas, como si hubiese dicho algo gracioso”.

“Nada más cicatrizar empezó a mostrarse tal y como era. Mi única mano propia, ante tamaño comportamiento, intentaba aplacarla, sujetarla, pero no podía con ella. Era mucho más débil y siempre salía perdiendo. La primera vez que lo hizo creí que no sería capaz, que entre mi otra mano y mi voluntad conseguiríamos doblegarla. La realidad se me presentó con toda su crudeza cuando tuve el convencimiento de que me había ganado la partida. Hubo cuatro veces más. Cuatro cadáveres más. Los nombres que aparecen en el reverso de esta carta son los de las personas que sufrieron su violencia y su implacable ira. Cuando esta carta llegue a ustedes yo ya no estaré en este mundo, ya me habré ido, y conmigo se habrá marchado para siempre esta cruel e implacable asesina. Estoy contento por eso, porque no volverá a matar. No culpen sino a ella de esos horribles crímenes”.


El inspector, una vez leída la carta, interrogó a su ayudante:
—¿Qué opina?
—Son todos iguales, inspector, no saben ya qué inventar para decir que ellos no son culpables de nada ¡Le echa la culpa a su propia mano!... ¡Por Dios! ¿Y usted? ¿Qué piensa?

El inspector no contestó. Golpeaba la carta doblada contra el pulgar de su mano izquierda semejando estar inmerso en profundos pensamientos. Le parecía que aquel hombre había dicho la verdad, que había sido sincero en su último aliento de vida. Un escalofrío recorrió su cuerpo como queriendo dar a entender que la carta no había puesto fin a la historia. No paraba de darle vueltas a lo que la mujer del difunto le había dicho el día del entierro: “he donado sus órganos y miembros a la ciencia. Siempre insistió en que si alguna parte de su cuerpo servía para ayudar a alguien o salvar alguna vida que no se la comiesen los gusanos.”

"La trama"

El hombre miró al joven con ojos bonachones, casi paternales. Viendo que éste callaba esperando respuesta, tomó la iniciativa.
—Si he entendido bien, Bradley, este asunto cobró vida en un viaje que hiciste con tus padres por Europa, visitando un convento franciscano ¿Verdad? En esa visita al convento habrías leído en una página de un libro miniado ¿Se dice así? —El hombre pareció dudar, hizo una pequeña pausa para retomar el hilo de la conversación y continuó— habrías leído, decía, que hoy, alguien o algo atentaría contra mi vida ¿Estoy en lo cierto?

El adolescente asintió con un apenas perceptible movimiento de cabeza.

—Bien —continuó el hombre—. Ese libro fue escrito, según me han informado, en el siglo XVIII, para representar cánticos que los monjes del monasterio cantaban en sus actos cotidianos ¿Te das cuenta? ¡En el siglo XVIII!, ¡Hace nada más ni nada menos que tres siglos!

El joven abrió la boca inconscientemente, tal vez por sueño, tal vez por aburrimiento. Se dio cuenta y puso, al instante, una mano delante para disimular el gesto. Se encogió de hombros.
—Además —prosiguió el hombre— nuestros expertos han estudiado el libro minuciosamente y no han descifrado código alguno que nos haga sospechar que lo que has visto en él puede representar una amenaza seria. El hombre calló un momento estudiando la reacción del joven, que continuó imperturbable, aunque con una mueca en el rostro que denotaba cansancio. Cansancio por escuchar lo mismo durante los tres últimos meses.
—Lo he repetido hasta la saciedad —El joven dejó de lado su apatía y pasó a la acción—. La amenaza está ahí, codificada entre los punctum cuadratum impresos en la página del libro. Esos puntos son en realidad notas musicales, pero están dispuestos de forma especial, ingeniosa, inequívocamente brillante. El código es un hecho. Si sus expertos no lo ven, señor, es que están ciegos.

El hombre lanzó un hondo suspiro al mismo tiempo que se quitaba los lentes. Sacó un pañuelo del bolsillo de su batín y se puso a limpiarlos con gesto paciente. Una vez colocados de nuevo y como viendo las cosas más claras se dirigió a la mesa, se sirvió un trozo generoso de carne y le ofreció al joven:
—Es mi almuerzo. Cerdo agridulce ¿Te apetece?
—No como cerdo –—rechazó el joven.
—Recapitulemos —dijo el hombre. Una, llamémosle profecía, vaticinada hace más de trescientos años, reza que en el año 2045 el dirigente más poderoso de la tierra será sacrificado, que su corazón será arrancado de cuajo y que su sangre será vertida sobre la tierra. A partir de ese momento las fuerzas del bien retomarán el mando y reinarán sobre todo el universo. Todo esto es muy confuso, Bradley, tienes que reconocerlo. Fuerzas del mal, fuerzas del bien. No sé. Se supone que nosotros somos los buenos. Soy hombre paciente y también temeroso de Dios, lo que hace que sea prudente y que tome en consideración todas las teorías, máxime con la tensión política que actualmente hay en el mundo, con los musulmanes esperando una señal para iniciar una nueva guerra santa, pero ¿Crees realmente que esta… esta… profecía, tiene algún fundamento?

El joven salió de la estancia y cerró la puerta tras de sí, cuidadosamente. Hizo un gesto cortés a los hombres que la custodiaban y se alejó por un pasillo adornado con una impoluta alfombra roja. En su mano derecha un portafolio de cuero negro dejaba escapar de vez en cuando una gota viscosa, oscura, que iba a mezclarse con las fibras de la alfombra, en perfecta armonía de tonos. De su mano izquierda, férreamente cerrada hasta ese momento, pendía un amuleto con forma de media luna, que fue a depositar en una consola olvidada al fondo del pasillo y sobre la que colgaba un retrato reciente de un sonriente presidente de los Estados Unidos.

“Doctor, tiene usted un problema”

—Cuéntemelo todo, desde el principio.
—En realidad, yo…
—Es lógico que le cueste hablar de ello. Les pasa a todos cuando vienen por primera vez. Tenga en cuenta que soy médico y que todo lo que usted me cuente es confidencial. Puede y debe hablarme con toda franqueza. Además, de ello depende que lleguemos o no a solucionar su problema. ¿Más relajado ahora?
—No, si relajado estoy, lo que pasa es que…
—Confíe en mí. Llevo más de veinte años de profesión y le aseguro que mis pacientes están plenamente satisfechos. Supongo que ya se habrá informado.
—Si, en efecto, me he informado muy bien con respecto a usted.
—Bien, entonces ¿Qué problema hay?
—Ninguno, ninguno. No hay ningún problema.
—Venga por aquí, por favor.
—De acuerdo, pero le advierto que no dispongo de mucho tiempo.
—Será cosa de unos minutos tan solo. Desnúdese de cintura para abajo.

Veinte minutos después…

—¿Ve como no ha sido tan difícil?
—La verdad es que no.
—Bien, está usted como un roble. La verdad, no alcanzo a comprender por qué necesitaba acudir a un urólogo. En lo que concierne a mi especialidad todo le funciona a la perfección ¿Le emito una factura o prefiere pasar sin ella? Ya sabe, es por lo del iva.
—Verá. No acudí a usted para hacerme un chequeo, aunque nunca está de más, desde luego. Insistió tanto y le vi tan metido en su trabajo que no quise contrariarle. Permítame una pregunta, doctor ¿La paga dentro del período voluntario o lo va a hacer con recargo por mora? Ya sabe, es por lo de la sanción. Soy inspector de Hacienda.