"La Profecía"

Sentado en su sofá preferido, Ernesto pasa distraídamente las páginas de El País, sin detenerse en ninguna lectura concreta. Su mirada, perdida, se centra en la parte superior de cada hoja, donde viene impresa la fecha. Una página tras otra, cadenciosamente, hasta que llega a la última. Y vuelta a empezar. Lleva así desde muy temprano, desde que leyó la noticia que le sobrecogió el corazón. De eso hace ya casi tres horas.

Se levanta, por fin, y se asoma a una de las ventanas que dan a la calle, disimuladamente, sin descorrer los finos visillos de encaje que la visten. Centra su atención en la puerta de entrada del edificio, parcialmente tapada por el rótulo de la tienda que hay en la planta baja “Maldito rótulo” se sorprende jurando para sí, mientras se agacha en un intento por coger más ángulo de visión “desde aquí sólo se ven las piernas”.

Ernesto envió a la cárcel a un tipo nueve años atrás. Bueno, él no, un jurado popular compuesto por nueve personas de las que él era el portavoz. Las pruebas fueron tan claras e irrefutables que el jurado no tuvo ninguna duda a la hora de declararlo culpable. El juez dictó sentencia condenándole a 35 años de cárcel por asesinato en primer grado. El acusado habría violado a su víctima, procediendo a descuartizarla después, esparciendo sus restos por diversos contenedores situados en sitios estratégicos de la ciudad. Al finalizar el juicio el condenado le dijo que soñaría con su cara todas las noches, hasta que fuese a buscarlo para ajustar cuentas. Desapareció de la sala escupiéndole a la cara “es una profecía”.

Han pasado ya quince años desde aquello y en ese tiempo, Ernesto, no ha sido capaz de apartar de su mente por un solo día el juramento hecho por el asesino. Hoy, la profecía ha vuelto a ocupar un lugar preeminente en su cabeza después de leer el periódico, en el que viene una pequeña noticia que para muchos habría pasado desapercibida, pero no para Ernesto. La noticia dice que en la madrugada de ese mismo día “el desmembrador” –así lo bautizaron cuando lo del crimen- ha dejado la cárcel donde se encontraba recluido… No pudo seguir leyendo.

Alguien ha llamado desde la calle y a Ernesto le protesta el corazón por segunda vez. Conteniendo la respiración se queda escuchando junto al interfono, sin moverse, sin hacer el más mínimo ademán de querer abrir la puerta. El timbre vuelve a sonar, esta vez con más insistencia, una, dos, y hasta tres veces. Se acerca rápidamente a la ventana para observar por detrás de los visillos, pero no alcanza a ver más que unos tejanos y unas zapatillas deportivas. Vuelve a maldecir. Identifica con pavor el clásico ruido de que alguien en algún piso ha pulsado el botón de apertura de la puerta. El que entra ha debido llamar a todos los timbres hasta encontrar quien le abriera. Pega su oreja a la puerta, aguzando el oído, rezando para que el que sube en el ascensor se detenga en otro piso, en otra vivienda que no sea la suya. Son momentos dramáticos en los que su corazón parece no tener descanso, no encontrar cuartel. El tiempo permanece en suspenso y deja de transcurrir, mientras la caldera de vapor que es su pecho está al límite y amenaza con reventar. Suena el timbre.

Ernesto podría haber mirado a través de la mirilla y comprobar que quien se encuentra al otro lado de la puerta es el chico del supermercado, que trae la compra que su mujer, ausente desde muy temprano, ha hecho esta mañana. También podría haber acabado de leer la noticia que el periódico recoge en la página de sucesos y que reza lo siguiente: “El desmembrador ha dejado la cárcel donde se encontraba recluido desde hace quince años, tras ser encontrado muerto en su celda en extrañas circunstancias”. Podría muy bien haber hecho todo eso, sí, pero no ha podido porque su corazón no ha aguantado y se ha parado para siempre.

Peñalba de Santiago. El respeto por lo auténtico

Transitar por los valles de Oza y del Silencio, en el Bierzo, es como retroceder varios siglos en el tiempo. O avanzar, no lo tengo muy claro. Si eres capaz de detenerte  un momento en el inexistente arcén de su angosta carretera (empresa harto difícil, puesto que apenas hay sitios donde libran dos coches)  te das cuenta de la cantidad de cosas sencillas que están al alcance de la mano y de las que carecemos los que vivimos en la ciudad: Cascadas de espumosas aguas blancas, árboles centenarios, frondosa vegetación y pueblos que se esfuerzan por permanecer incólumes al paso del tiempo, respetando la arquitectura original y las tradiciones. Así es Peñalba de Santiago, un precioso pueblecito del municipio leonés de Ponferrada, donde se dan cita la belleza, la grandiosidad de la naturaleza y la lucha por lo auténtico.

"Brillos fugaces"

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"60 minutos"

6,15 horas.

Cuando sonó el despertador, Alice ya estaba despierta. En realidad no había dormido nada en toda la noche. Razones había.

Le costó mucho levantarse y una vez en pie se movió torpemente como si fuese una marioneta, como si alguien tensase los hilos y manejase a voluntad su abatido cuerpo. Por el pasillo pasó por delante de la habitación de su hija. Le hubiera gustado entrar a arroparla y a darle un beso en la frente, como solía hacer cuando ella estaba. Una vez en la cocina cogió el tarro del café, lo abrió, e inspiró profundamente, deleitándose con el aroma que desprendía. Echó dos cucharadas en la cafetera y se sentó a esperar. Pronto la máquina empezó a dar muestras de efectividad y el café empezó a salir de sus metálicas entrañas.

 En la penitenciaría de Atlanta, Georgia, Nate, llevaba también varios días sin dormir. Hacía casi dos años que estaba en el corredor de la muerte y hoy, precisamente hoy, era el día de su ejecución. Inmediatamente después del amanecer le pondrían una inyección letal que acabaría con su particular e infructuosa cruzada. Eso si no llegaba antes el indulto del gobernador. Le quedaba justamente una hora de vida.

6,32 horas.

Alice se sirvió una más que generosa taza de café, incorporó dos cucharadas de azúcar y se puso a darle vueltas para desleírlo. Acto seguido extrajo la cucharilla y contempló como la espuma giraba y giraba en la taza hasta quedar totalmente inmóvil. Las pequeñas burbujas fueron desapareciendo y la superficie pronto estuvo totalmente despejada. Acercó la taza a los labios y bebió un primer sorbo, que le supo amargo a pesar del azúcar. Encendió la radio y consultó el reloj.

A esa misma hora un funcionario entró en la celda de Nate portando el desayuno y ropa limpia, indicándole que se la pusiese. Sorprende lo contradictoria y cínica que puede llegar a ser la sociedad: te dan ropa limpia y un desayuno espléndido cuando te van a despachar, cuando se te va a negar el disfrute del más fundamental de tus derechos: la vida. Creo que más que una despedida a los repudiados es un castigo, para que sepas lo que te vas a perder de aquí en adelante. Nate dejó el desayuno a un lado comenzó a vestirse lentamente, como intentando alargar el tiempo exprimiéndole al reloj valiosos minutos.

6,40 horas.

Alice daba su segundo sorbo al café. Le había puesto otra cucharada de azúcar pero seguía sabiendo amargo. Dejó la taza en la mesa y se concentró en lo que decían las noticias: en una emisora local alguien transmitía desde el exterior de la penitenciaría del estado y hablaba de una inminente ejecución. Especulaba con la posibilidad de que el gobernador hiciese una llamada de última hora y conmutase la sentencia por la de cadena perpetua.

7,05 horas.

En el centro penitenciario todo estaba dispuesto. Nate estaba echado en la camilla, con brazos y piernas sujetos por fuertes correas. Su mirada era ausente y se dejaba hacer sin oponer resistencia. De nada hubiera servido, por otra parte. Toda la fuerza la había empleado en intentar demostrar que él no era culpable, que no había matado a nadie, que todo se debía a un tremendo y fatal error judicial. Ahora su vida dependía de una llamada telefónica. Paradojas del destino. Eran las 7,10 y faltaban tan sólo cinco minutos para la ejecución, para su ejecución. Miró al funcionario que estaba al lado del teléfono y le pareció que sus ojos le transmitían “Ánimo, el gobernador llamará” pero esto no le tranquilizó. Pensó en su mujer, que había soportado todo un calvario en los dos últimos años, y en su hija y unas tímidas lágrimas pugnaron por salir, pero no se derrumbó. Un pinchazo lo devolvió a la realidad. Alguien le había puesto la vía.

7,14 horas.

El café seguía estando amargo a pesar de las cuatro cucharadas de azúcar que Alice le había puesto ¿Sería su boca? Además, se había enfriado. Miró el reloj y comprobó que faltaba apenas un minuto. Siguió con la vista la aguja del segundero, acompañando con imperceptibles golpes de cabeza, su inexorable y despejado camino hacia las 12. En ese mismo momento unas interferencias creadas por una motocicleta fuera de la casa le hicieron dejar de escuchar la emisora. Acercó la mano al dial para sintonizar.

El teléfono de la penitenciaría no llegó a sonar. La radio de Alice sonó y sonó, hora tras hora, hasta que alguien la apagó. Junto a su cuerpo había un sobre apoyado en una taza de café a medio tomar. Los periódicos de ese día hicieron eco de la noticia en primera página: “Nate Adams, el hombre que había asesinado cruelmente a su hija dos años atrás, ha sido ajusticiado a las 7,15 de la mañana en la penitenciaría del estado”.

Hoy he escuchado... "Concierto para violín en Re menor, de Jean Sibelius"

El Concierto para violín en Re menor de Jean Sibelius se ha consolidado en el repertorio estándar de este instrumento. Suele ser programado como compañero de otras grandes páginas nacidas en el siglo del Romanticismo, aunque cronológicamente haya aparecido después (1903/1904), constituyéndose en uno de los grandes conciertos del siglo XX. Sin embargo, esta obra maestra necesitó tiempo y una revisión para conquistar la fortuna, que le fue muy esquiva el día de su estreno en Helsinki.

En 1905 Richard Strauss y la Filarmónica de Berlín ofrecieron el estreno de la versión revisada por el autor, quien suprimió numerosos pasajes, concentrando las ideas y en general mejorando la obra. Las dificultades técnicas que entraña son célebres, pero a diferencia de otros grandes compositores, Sibelius conocía personalmente las posibilidades del violín —alguna vez pretendió la carrera de virtuoso— y no necesitó un “consultor técnico” como Brahms, Beethoven o Mendelssohn.

Mientras la versión definitiva se asentaba, la familia Sibelius mantuvo en su poder el manuscrito con la versión de 1903 (vetada por el compositor). En 1990 permitió que se la volviera a interpretar y a grabar. (Extraído de Quinoff, bitacora de un melómano).

En lo que concierne al concierto en sí mismo deciros que esta que recomiendo es sin duda la versión más romántica, dulce y contemplativa, aunque a la vez la menos dramática. El violín de Ferras es delicado y sensible, en ocasiones hasta casi demasiado, aunque no me canso de escucharlo. Karajan trata de extraer los brebajes más exquisitos a la partitura, melodías con legati continuos y orquesta bien equilibrada con el solista. Esta grabación es todo una referencia, quizá porque tanto Ferras como Karajan amaban la pieza, lo que desde luego se hace evidente.


"La verdadera tragedia de un naufragio"

Un chirrido espantoso quebró la noche, recorriendo la superficie de un océano inusualmente tranquilo. El sonido se prolongó por espacio de unos diez segundos y luego todo quedó otra vez en silencio. Damian Orlowski se despertó sobresaltado y comenzó a vestirse con toda la rapidez de que fue capaz. Cuando abrió la puerta de su camarote y salió al pasillo ya había algunas personas que iban y venían preguntándose angustiadas por lo sucedido. Eran las veintitrés horas y cuarenta y cinco minutos del día 15 de abril de 1912.

Damian Orlowski era un competente científico polaco que trabajaba en Inglaterra en el campo de la ingeniería celular. Su trabajo lo llevaba con mucha discreción, por lo que sus superiores, si bien sabían en qué invertía el tiempo, no estaban del todo al corriente de sus descubrimientos y avances. En las últimas semanas Orlowki había dado un paso definitivo en su investigación, logrando llegar al final de lo que tantos años llevaba persiguiendo y tantos sacrificios le había costado. Comunicó a la dirección y a los inversores americanos que su trabajo se acercaba a su fin y que lo pondría en conocimiento del mundo científico en un viaje que próximamente haría a los Estados Unidos. El día 10 de abril se embarcó en un trasatlántico para cubrir el trayecto Southampton-Nueva York.

¡CQD, CQD…! ¿Alguien puede oírnos? Hemos colisionado con un iceberg y tenemos serios problemas ¡S.O.S.! –Imploraba el radiotelegrafista una y otra vez.

-El Carpathia es el más cercano, capitán, y está a unas 60 millas. Forzando la máquina tardará unas cuatro horas en llegar.
-¡Maldita sea, Philips! Nos quedan apenas un par de horas antes de que todo se vaya al carajo. El Carpathia está demasiado lejos. Siga insistiendo, por Dios.

Al poco tiempo del impacto la gente, aturdida, ya corría de un lugar para otro sin saber qué hacer. Los pasillos de los camarotes eran una continua marabunta humana, una peregrinación de pasajeros angustiados que iban y venían sin un destino, con el único fin de llegar por todos los medios a la cubierta principal y allí informarse de lo que estaba sucediendo. Oficiales y marineros de la tripulación intentaban en vano calmarlos y les apremiaban para que se pusiesen los chalecos salvavidas. En esos momentos de tensa agitación Damian Orlowski vio como una madre con su hijo en brazos era derribada y pisoteada brutalmente hasta perder el conocimiento. Nadie se detuvo para prestarles auxilio. Se quedó mirando al pequeño unos instantes y dudó si ir en su ayuda, pero viendo sus propios brazos ocupados por el voluminoso maletín desvió su mirada, volvió sobre sus pasos y siguió a la gente que se dirigía atropelladamente hacia la cubierta de primera clase.

La cubierta principal era un desordenado caos donde nada parecía estar en su sitio. Por todas partes se veía a gente corriendo, intentando integrarse en los grupos que estaban organizando los oficiales para evacuar el navío. Algunos miembros de la orquesta, que momentos antes habían estado amenizando la cena, tocaban ahora allí. Sus caras, a pesar de la agitación, eran animosas; sus gestos, exagerados. Ponían especial empeño en parecer serenos sin acabar de lograrlo del todo. Sus piezas, alegres en el comedor, sonaban ahora con una carga dramática rayando en lo funesto. Abajo, en la superficie del agua, varios botes sobrecargados se alejaban a toda prisa del barco. Sus tripulantes intentaban apartar con los remos a gente que nadaba desesperada hacia ellos. Fue en ese momento cuando Orlowki pudo comprobar la verdadera magnitud y gravedad del desastre. La proa del navío empezaba a sumergirse, siendo ya notoria la escora hacia el lado de estribor. La popa estaba casi en su totalidad fuera del agua, de manera que pronto empezarían a asomar las hélices. El Titanic estaba sentenciado.

Damián Orlowski vio la oportunidad y pensó que no podía perder más tiempo. Se acercó al grupo de gente menos numeroso y le dijo al oído al oficial que era vital que él tuviese prioridad, dada la importancia de los documentos que llevaba encima –le mostró el maletín- El oficial ni siquiera le miró cuando le espetó:
-¿Más importantes que la vida de estas personas? Póngase a la cola y espere su turno.
-Le repito, oficial –insistió- que llevo documentación importantísima y puesto que lo ha mencionado, mucho más importante que la vida de todas esas personas. Tiene que dejarme subir.
-¿Acaso está sordo? Le he dicho que espere su turno. Para esta gente también es vital subir al bote. Además… no puede subir con equipaje. Tenemos órdenes tajantes de que a los botes salvavidas solo suban pasajeros. Nada más.

Orlowski abrazó con todas sus fuerzas el maletín y se dispuso a subir, costase lo que costase, golpeando en su acción a varias personas que le precedían en la cola. El oficial le cortó el paso, agarrando con sus manos el portafolios con el fin de arrebatárselo. Forcejearon sobre la borda unos instantes, hasta que en un intento por desprender el maletín de las manos del oficial, Orlowski dio un fuerte tirón y, soltándose aquel, perdió el equilibrio cayendo al mar. El oficial se quedó mirando fijamente la fatal trayectoria, hasta que el maletín y su dueño desaparecieron abrazados en la negrura de las gélidas aguas.

Nunca llegó a saberse lo que contenía aquel maletín. Si el oficial hubiese sabido que portaba la solución al enigma más codiciado por la humanidad desde el inicio de los tiempos, seguramente hubiese obrado de otra manera. Si aquel hombre hubiese permitido que Damian Orlowski subiese al bote, el misterio sobre la vida y la muerte, la idolatrada inmortalidad, hubiese quedado zanjado para siempre y no se hubiera ido a pique con el Titanic.

"El timo"

El supermercado abrió sus puertas al público a las ocho de la mañana, como de costumbre. Las cajeras se dirigían hacia sus puestos charlando animadamente y comentando las vivencias del día anterior. Las más jóvenes sustituían las vivencias por risitas, comentarios en voz baja y miradas de complicidad. La gente empezó a entrar y a coger carros para hacer la compra, por lo que en apenas quince minutos la actividad en el centro era ya frenética. Una viejecita con unos grandes lentes de culo de vaso peleaba por hacerse con una cesta colocada en una gran pila que había a la entrada. Después de luchar largamente la cesta cedió a su empuje y con sumo cuidado, como si tuviese miedo a tropezar, se dirigió al interior. Su imagen se perdió entre dos expositores abarrotados de comestibles.

La viejecita caminaba lentamente por los pasillos, acercando mucho la vista a los productos para ver su precio. Cada vez que lograba leer un cartel consultaba una lista que tenía en la mano. Acto seguido lo desechaba haciendo aspavientos con la mano diciendo “esto está más caro”.

Un joven se acercaba por el mismo pasillo, aunque en dirección contraria. Debía tener unos treinta años. Era muy alto y vestía cazadora militar y unos vaqueros raídos y descoloridos. Las botas, demasiado voluminosas, le daban un aspecto de Bigfoot. La viejecita se fijo en él y sonrió divertida.
 —Joven, por favor… —suplicó.
—Dígame, señora ¿En qué puedo serle útil?.
—Pues verá —contestó la viejecita. He sacado un billete de la cartera para pagar en caja y se me ha caído, yendo a parar debajo de este estante. ¿Podría ayudarme? Hace bastante tiempo que mi vista ha dejado de ser incluso aceptable.
—¿Aquí, abajo? Vamos a ver.

El joven se puso de rodillas, apoyó las manos en el suelo y bajó la cabeza para mirar por debajo del expositor. Le pareció ver el billete, aunque estaba bastante apartado. Se acostó en el suelo para que su brazo llegase más lejos y por fin pudo cogerlo. Ya lo tenía en la mano e iba a levantarse cuando vio que era de ¡doscientos euros! Se incorporó un poco y metió disimuladamente la mano en uno de los bolsillos de la cazadora.
—Ya lo he localizado. Ahora mismo se lo cojo —dijo mientras volvía a meter el brazo debajo del estante sacando el billete cogido entre los dedos índice y medio. Aquí tiene, buena mujer, su billete de cincuenta pavos sano y salvo.
—¡Oh, joven, muchas gracias! no sabe el favor que me ha hecho ¡Qué sería de nosotras sin gente tan bondadosa como usted!
—A mandar señora. Que tenga un buen día —respondió casi con una carcajada.

Poco después, en la cola de la caja, el joven sacaba los productos del carro y los ponía en la cinta transportadora.
—Ochenta y cinco con noventa —dijo mecánicamente la cajera. ¿Efectivo o tarjeta?
—Efectivo, efectivo —Y le dio un billete.

Mientras la cajera cobraba miró hacia la puerta de salida y allí estaba la viejecita, esta vez sin sus gafas de culo de vaso. Le sonreía y le saludaba mientras salía del establecimiento.

La boca del joven trazó una sonrisa de oreja a oreja y la saludó también. Mientras asentía no se dio cuenta de que la cajera le estaba diciendo algo.
—Disculpe, no la he oído ¿Qué me decía?
—Le decía que tendrá que darme otro billete o de lo contrario avisaré a seguridad. El billete de doscientos euros que me ha dado es falso.

"Juego de vida"

—Verá, no sé si debo hablar sobre ese asunto. Su familia es muy reservada y yo… ¿Es usted policía? —dijo el viejo.
—No, soy escritor y estoy recogiendo información para escribir un libro. No se preocupe, mi interés es meramente profesional, preservaré su identidad y no iré más allá de lo que usted decida contarme. —Prométame que sólo escribirá lo que yo le cuente y que no pondrá nada de su cosecha.
—Se lo prometo. Podrá echarle un vistazo antes de su publicación. Además, le regalaré un ejemplar dedicado si lo desea.
—En ese caso… —El viejo pareció dudar, pero finalmente se decidió—. Era un niño completamente normal, aunque desde muy pequeño se le vio un interés desmedido por el juego. Le gustaba jugar y apostar ¿Sabe? Daba igual con quien: padres, amigos, vecinos… nadie se libraba del asedio y de sus continuas apuestas. Además, era condenadamente bueno. En cierta ocasión, con apenas ocho años, ganó el primer premio de tute de las fiestas del pueblo, donde había consumados especialistas. Éstos no se lo tomaron muy bien y llegaron a decir que el crío hacía trampas. ¿Sabe? hubo una bronca de miedo y por poco se lía una buena.
—¿Es verdad eso? —dijo el escritor.
—Como se lo cuento.
—Lo que me cuenta raya en lo increíble. Prosiga, por favor.
—Conforme fue creciendo —continuó el viejo— su afición por el juego se incrementó hasta tal punto que se convirtió en una obsesión. Cartas, lotería, bingo, apuestas de todo tipo… todo le valía. El caso es que, sopesando toda su actividad, el balance siempre fue positivo; es decir, ganaba dinero. Fue muy sonado lo de la apuesta a un político que vino a hacer campaña al pueblo. El muchacho le apostó doscientos euros a que era capaz, él mismo, de morderse un ojo. El político, ante tamaño despropósito, apostó la cantidad gustosamente, con la sonrisa socarrona del que se sabe triunfador. El chico sacó de la cuenca su ojo de cristal —El verdadero lo había perdido en un accidente— y se lo llevó a la boca sujetándolo entre los incisivos. La carcajada general de los que asistían a la apuesta dejó al político mudo y sin saber qué decir, mientras el muchacho se colocaba el ojo y extendía la mano para cobrar la apuesta.
—Algo de eso había oído —asintió el escritor—. Fuentes bien informadas me aseguraron que ese político era el por aquel entonces candidato a alcalde y que luego resultó elegido.
—Bueno, yo también tengo que tomar mis precauciones ¿Sabe? Hay que ser discreto —dijo el viejo.
—Me interesa, sobre todo, la última etapa de su vida. Es ahí donde pienso centrar mi historia ¿qué puede decirme de ella?
—Bueno —El viejo bajó la cabeza visiblemente afectado— como ya sabrá, el muchacho murió joven. Muy joven. Vivió muy intensamente su corta vida y en ella lo probó casi todo. Cansado de que ya nada le divirtiese decidió cruzar la delgada línea que separa la sensatez de la locura y la insensatez de la cordura. Decidió apostar en serio ¿Me sigue?
—Creo que sí —dudó el escritor—. Su historia no me es del todo desconocida y por ello la elegí para mi trabajo, pero los detalles que usted aporta me son muy valiosos. ¿Qué sucedió después?
—Sucedió lo que tarde o temprano tenía que suceder –dijo el viejo. Tantas veces fue el cántaro a la fuente que al final acabó rompiéndose ¿Sabe? Durante el último año se le vio pletórico, exultante, tenía una vitalidad y alegría nunca antes vistas en él. A los que le conocíamos y le queríamos nos encantaba verle así, pues era, por norma, taciturno y reservado. Un día nos enteramos de que su cadáver había sido encontrado en un callejón inmundo y solitario. Tenía una bala en la cabeza y estaba lleno de excrementos. —¿Ajuste de cuentas? —dijo el escritor.
—Eso es lo que se hizo creer a la gente, pero la realidad fue bien distinta. Esto que voy a decirle sólo lo sé yo. Él me lo contó pocos días antes de su muerte.
—¿A qué se refiere? —preguntó intrigado el escritor.
—Llevaba once meses jugando. Once largos meses. ¿Sabe lo que supone jugar a eso todas las noches durante once meses? —parecía una pregunta pero cuando el escritor abrió la boca para responder el viejo prosiguió—. Ya no le llegaba con uno, eso era para principiantes, esa noche jugó con tres. Imagino que su adrenalina tenía que estar por las nubes y eso es lo único que a él le ponía.
—Perdone, no acabo de compren…
—Tres cartas, tres fichas, tres boletos… podrían haber sido todas esas cosas; sin embargo eligió tres proyectiles.
—¿Quiere usted decir que…? —El escritor abrió la boca visiblemente sorprendido.
—Así es —El viejo suspiró—. Lo que venía practicando esos once meses y lo último a lo que jugó fue a la ruleta rusa ¿Sabe?

"Dos realidades"

El automóvil entró en la curva a gran velocidad, derrapando y enfilando el borde del precipicio. Su conductor giró hábilmente el volante en un último intento por agarrarse al asfalto, pero la inercia ejerció su implacable ley y el vehículo se precipitó al vacío. Desapareció en el mar en un suspiro, bajo la suave luz de la luna llena.

No recuerda casi nada, apenas unas imágenes entrecortadas, golpes del flash que se pierden en su mente sin dar ninguna respuesta: su jefe, que le llama al despacho y le confirma su sospecha. Palmadita en la espalda y un “si necesitas algo no dudes en llamarme”… Discusión acalorada con su mujer. Resquemor e indicios de ruptura… Copas y más copas… ¿Y?

Su cabeza es un completo caos. Voces desconocidas se suceden y solapan; hablan todas a la vez, excitadas, angustiadas. Después, el silencio. Su ropa, completamente empapada, tiene un fuerte olor a verdura hervida. Se lleva una mano a la boca y asiente ¿Salobre? pero su memoria sigue sin traerle imágenes que le indiquen qué ha sucedido desde que salió de aquel bar.

Está amaneciendo. Camina por un sendero delimitado por filas interminables de grandes salicáceas. Sus hojas, de un luminoso verde pálido, se entrelazan en sus copas enmarcando y dando forma arqueada al conjunto. Los primeros rayos de sol empiezan a filtrarse a través de la vegetación y el día rompe en todo su esplendor. A lo lejos divisa una figura solitaria que viene hacia él y acelera vivamente el paso para llegar a su altura. La distancia parece no acortarse, como si el pavimento fuese elástico y alguien lo estuviese estirando, pero su paso es firme y decidido y la distancia poco a poco va disminuyendo. Las líneas de la figura van tomando forma y pronto cree identificar sus facciones. Le conoce. El corazón le da un vuelco.

Se miran, se tocan, se abrazan confundidos ¿Tú aquí? Se quieren decir muchas cosas pero las palabras no salen. Ni falta que hacen. Los ojos de la figura solitaria caen hasta el suelo para esconder unas gruesas lágrimas que han ido bajando por su rostro. Él sí parece comprender. La imagen de la figura, clara y nítida hasta ese momento, se vuelve cada vez más difusa. Regresan las voces al interior de su cabeza.

 —Hay pulso y el ritmo cardíaco se estabiliza. Le tenemos.

Abre los ojos con dificultad, cautelosamente. Tiene el cuerpo magullado y se siente muy débil. Lo primero que ve son unos tubos fluorescentes que ciegan su visión, pero se va acostumbrando poco a poco. Al fondo ve a su mujer y a su madre que han roto a llorar de alegría.
 —Le he visto, madre —dice con apenas un hilillo de voz.
 —¿Qué dices, hijo? ¿A quien has visto? —le pregunta su madre.
 —A papá, y os aseguro que era tan real como vosotras mismas. No sabéis lo feliz que me siento de haberle abrazado. Era algo que me oprimía el corazón desde que se fue y no pude despedirme de él. ¿Qué es este sitio? ¿Dónde estamos?
 —Ahora en el hospital —le dice cariñosa su mujer- hace unos minutos posiblemente en el mismo sitio al que fue tu padre cuando nos dejó.
 —Es posible que no recuerde más que imágenes entrecortadas perdidas por su mente —le dice uno de los médicos que le atiende— pero pronto se recuperará y resolverá por sí mismo todas esas preguntas que ahora permanecen sin respuesta. Bienvenido de nuevo al mundo de los vivos.

¡Qué bello es morir!

El museo abrió sus puertas y la larga cola de gente que permanecía a la espera fue desapareciendo de forma ordenada y sin atropellos. El día había amanecido desapacible y lluvioso en París pero a pesar de ello y dada la fecha —14 de julio— se esperaba una afluencia masiva de visitantes. Bjorn subió la escalinata que daba a la puerta principal del Louvre poco después de que entrase la última persona que permanecía en la cola. Pasó junto al guarda de la entrada forzando una sonrisa y haciendo una imperceptible reverencia. El guarda sonrió asintiendo, quizá pensando en lo raros que son los nórdicos, que en pleno verano se pasean por los mundos de Dios embutidos en gabardinas abotonadas hasta las cejas.

Bjorn era, efectivamente, de ascendencia sueca. Su altura, su larga melena y sus ojos de un azul turquesa propio de los mares caribeños, le daban esa apariencia típicamente nórdica. Su padre había sido en su día embajador en Iraq, por lo que Bjorn pasó parte su juventud en aquél país, quedando prendado de su cultura y del hechizo que todo lo oriental provoca en muchos occidentales. De vuelta en Estocolmo y en contra del parecer de sus padres, abrazó el islamismo como religión, siguiendo al pie de la letra sus mandatos y obligaciones.

Ya dentro del museo se dirigió al departamento de antigüedades orientales, donde pudo observar maravillado todo el arte asirio y mesopotámico. Bjorn miraba deslumbrado hacia todos lados, disfrutando del ambiente que allí se respiraba y del esplendor de esas antiguas civilizaciones que varios milenios atrás fueran el referente en cuanto a poderío militar y cultura se refiere. Se emocionó al pensar en un resurgimiento de esas civilizaciones, libres de la opresión de las potencias occidentales y de su errónea concepción del universo. Caminaba inmerso en estos pensamientos cuando pasó cerca de un grupo de japoneses que atendía a las explicaciones que daba su guía a los pies del Código de Hammurabi. Se sumó al grupo sin que los japoneses advirtiesen su presencia, asintiendo distraídamente a las acertadas explicaciones de la competente guía.

Salía del departamento oriental cuando oyó una voz a sus espaldas: —¡Eh, oiga, deténgase! La sangre le subió a toda prisa a la cabeza. Se volvió lentamente y vio que un guarda se acercaba a él a grandes pasos. Llevó inconscientemente su mano derecha al bolsillo de la gabardina y se sintió morir.
—¿Esto es suyo? —dijo el guarda con el brazo extendido portando un objeto en la palma de la mano. —¡El mando del garaje…! ¡Oh, sí, gracias…! No sé lo que hubiera hecho de haberlo perdido.
—Tenga cuidado —volvió a mediar el guarda— en los tiempos que corren no están muy bien vistos estos artefactos.

El guarda llevó su mano a la visera de la gorra a modo de saludo y con una sonrisa complaciente se alejó para continuar con su rutina. Bjorn emitió un hondo suspiro y se palpó el costado izquierdo. Su corazón se había disparado y parecía una caldera de vapor a punto de estallar. El museo estaba ahora a rebosar en cuanto a visitantes. Por todas partes se veían grupos que iban de aquí para allá conversando animadamente y comentando las maravillas que se mostraban a sus ojos. Calculó en unas dos mil las personas que en ese momento estarían en el interior del museo. “Buen número” pensó. Introdujo su mano izquierda en el interior de la gabardina comprobando que todo estuviese en orden. Su mano derecha se deslizó por el bolsillo acariciando el mando. Cerró los ojos encomendándose a Alá al mismo tiempo que apretaba con fuerza los dientes. Pulsó el botón para abrir la puerta de acceso al mundo de los santos, de los inmolados, de los mártires. Al mundo que a partir de ahora sería su nuevo reino.

"Crónica sentimental urbana"

Entró en el bar pasadas las diecisiete horas. Afuera, una lluvia menuda acompañada de un fuerte viento calaba hasta la médula a los atrevidos viandantes que osaban desafiar a los elementos. Mientras sacudía enérgicamente la cazadora para eliminar el exceso de humedad echó un rápido vistazo al interior del local. Él era el primero en llegar, estaba seguro. Se sentó en una mesa junto a una de las ventanas.
—¿Qué va a ser? —Le preguntó una camarera joven con evidente desgana, casi escupiendo las palabras.
—Un café con leche, por favor —dijo distraído, sin prestar demasiada atención a la descortesía de la joven. Miraba hacia la calle, donde una señora peleaba por darle la vuelta a su maltrecho paraguas, destrozado por el viento. Al final, viéndolo inservible, optó por arrojarlo a un contenedor.

Ella entró poco después de las diecisiete quince, aprovechando una tregua que dio la lluvia. Se sentó en la única mesa que quedaba libre, en el otro extremo de la cafetería. Él no la vio entrar pues en ese momento estaba leyendo el periódico. Después de acomodarse y de pedir una consumición recorrió con la vista el local. Una mueca de desilusión se dibujó en su cara y, resignada, se puso a dar pequeños sorbos a su hirviente y achicoriado café.

Eran las dieciocho horas cuando él acabó de leer el periódico por completo, incluidos anuncios por palabras y necrológicas. Pese a su creciente nerviosismo todavía era capaz de controlar sus emociones. Miro por centésima vez en dirección a la puerta, por la que entraba en ese momento una pareja riendo a carcajadas. A su espalda, unos niños se peleaban y repartían codazos y cachetes a discreción entre los clientes, yendo, uno de ellos, a impactar levemente en su hombro. Una señora de mediana edad se levantó de su silla como si un resorte la impulsase y asiendo a los niños por los brazos los llevó arrastro hacia su mesa. No sabría qué elegir —pensó— si los golpes de los niños o los chillidos histéricos de la madre.
—Disculpe —dijo esta ya sentada en su mesa— pero es que no hay quien pueda…
—Déjelos estar —la interrumpió— No ha sido nada.

A las dieciocho treinta ella pidió su tercer café. Estaba tan nerviosa como él aunque lo disimulaba menos. Sus continuas miradas a la puerta de entrada, a través de la ventana y por todo el local eran más que evidentes. La cajetilla de tabaco que había empezado nada más llegar estaba prácticamente vacía. Mientras, las últimas hebras del pitillo número quince perdían intensidad en el cenicero para irse apagando lentamente. El milésimo barrido que su vista hizo por el local tropezó con los ojos de él. Por unos instantes ambas miradas se encontraron y se estudiaron. Instantes mínimos, fugaces. Pero no fue más que una ilusión porque ninguna luz se encendió. Su mirada se desvió y continuó escrutando el resto del local sin la más mínima señal de reconocimiento.

Ella y él llevaban más de un año comunicándose por internet en foros y chats y no sabían que apariencia tenía el otro. Coincidían en ideales, en gustos, en aficiones… Mantenían que eran una sola persona, dado que creían conocerse a la perfección. Por eso, cuando uno de ellos propuso establecer una cita ambos convinieron en no dar pistas, en ir de incógnito, como una prueba a superar. Estaban completamente seguros de que saldrían airosos del encuentro.

Poco después de las diecinueve horas ella se levantó y fue hacia la barra para pagar. Su rostro era fiel reflejo del cansancio y de la desilusión. Todavía estaba allí cuando él se levantó con el mismo propósito. En la calle, el viento y la lluvia se habían esfumado de repente y el sol lucía ahora sin limitaciones. Tomaron direcciones opuestas, ahora con la duda de que la sólida relación que habían iniciado un año antes llegara a fructificar.

¿Reciclaxe ou lixo?

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"Cuarta dimensión"

 —Señoras, señores, —una voz con marcado acento argentino sonó por la megafonía— bienvenidos a bordo del vuelo 45103 con destino a Nueva York. La tripulación les da la bienvenida y les desea un feliz viaje. Gracias por elegir American Airlines para volar.

Damián Kozinski sonrió al escuchar al steward. Le encantaba la calidez del acento que acababa de escuchar pues no en vano era el que siempre había oído en casa —su madre era criolla— Se desabrochó el cinturón y se acomodó en el asiento, echando una última mirada a su Madrid del alma, que desaparecía de la vista a marchas forzadas. Sacó del bolsillo de la sudadera el iPod y se ajustó los cascos, disponiéndose a pasar las ocho horas que duraba el vuelo de la mejor manera posible. Desde que sus padres se habían divorciado viajaba todos los veranos a ver a su padre y este año no iba a ser una excepción. Hizo una mueca de resignación a la vez que pulsaba el play del aparato. La guitarra acústica de Jimmy Page en “Stairway to Heaven” entró de lleno en su mente como una poderosa droga, produciéndole una agradable sensación. Un sol inmensamente rojo se ponía por el horizonte mientras altos cirros empezaban a agruparse de forma amenazadora.

Un estruendoso sonido hizo que se incorporase con un sobresalto. Miró el reloj y comprobó que apenas habían transcurrido veinte minutos desde el despegue. Afuera, la tormenta estaba en pleno apogeo y un abundante aparato eléctrico se mezclaba con lluvia en forma de granizo, de manera que al golpear contra el fuselaje producía un sonido ensordecedor. El capitán de la nave se apresuró a informar a los pasajeros.

—Estamos atravesando una fuerte tormenta pero no deben preocuparse, es sólo un poco de ruido y no implica ningún riesgo.

En ese momento Damián se quedó mirando fijamente por la ventanilla.
—¿Ha visto eso? —se dirigió a la persona que tenía a su lado, un hombrecillo extremadamente delgado con un bigote ridículo— ¿Lo ha visto?
—¿Que si he visto qué? —repuso el tipejo, sorprendido.
—Ahí afuera, en el ala. Había alguien sentado. La voz le temblaba claramente.
El individuo lo miro con cara sorprendida primero y de fastidio después, como si entendiese que quería tomarle el pelo.
—Sí, claro que le vi. Alguien que pretende ahorrase el pasaje y viajar más fresquito —dijo soltando una ruidosa carcajada, mientras agarraba la rodilla de Damián y pateaba ruidosamente en el suelo.
“Ellos no existen, están sólo en tu cabeza” —le decía siempre su madre para alejarlo de la visión de extraños seres que lo acompañaban desde muy niño— “Tienes que ignorarlos”
“Soy un estúpido” —pensó Damián haciendo buenas las palabras de su madre— “Debería morderme la lengua”. Miró al hombrecillo y le dirigió una fingida sonrisa apretando los dientes.

La tormenta se fue como vino, de improviso, y Damián, harto de música, se quitó los cascos y apagó el iPod. Las pantallas de vídeo del avión se encendieron en ese momento y aparecieron las letras que anunciaban el inicio de una película: “Alien, el 8º pasajero” pudo leer. “Bueno, ya la he visto, pero servirá para entretenerse un buen rato”. Algo volvió a llamar su atención en el lado opuesto del avión.... Un extraño ser con cara de murciélago y cuerpo de primate estaba mirándole fijamente. De su cara llamaban la atención los ojos, de color verde, que semejaban dos rayos láser centelleando en la oscuridad. Unos grandes dientes puntiagudos como agujas y que exhibía sin pudor, le daban un aspecto entre fiero y cómico. Se fue caminando por el ala desafiando a la gravedad hasta que llegó a la altura del motor. Se sentó y arrojó algo dentro que Damián no fue capaz de distinguir. El motor emitió un fogonazo de apenas un par de segundos y se extinguió. El ser desapareció de la vista.

Damián se quedó helado pero no dijo nada. Miró al hombrecillo de reojo y vio que estaba dormido. Se levantó de su asiento y comprobó que la mayoría del pasaje dormía también, ajeno a los acontecimientos. “Ellos no existen, están sólo en tu cabeza. Tienes que ignorarlos” —la voz de su madre resonó de nuevo en su cabeza— Se encogió de hombros y se puso a ver la película.

En la pantalla Ellen Ripley acababa de mandar al espacio a la criatura y los créditos daban por finalizada la proyección. Damián se desperezaba disimuladamente cuando su mirada se cruzó otra vez con dos rayos de color verde. En el ala opuesta, el vampiro, o lo que fuese, volvía a introducir algo en el otro motor. Fogonazo y de nuevo la completa oscuridad. Damián se recostó en el asiento, cerró los ojos y soltó un suspiro “ya sé, mamá, ya sé” y miró para otro lado.

En el aeropuerto de Nueva York Edward Kozinski esperaba nervioso la llegada de su hijo. Todavía se sigue preguntando por qué el vuelo 45103 nunca llegó a su destino.

Hoy he escuchado... "Arie d'Opera"

La música barroca es una de mis debilidades y de vez en cuando me sumerjo en ella para hacer un pequeño paréntesis de otros estilos. Hoy me ha dado por escuchar a Vivaldi. Concretamente un cd de arias de sus operas más representativas: "Arie d'Opera" se llama.

Es un trabajo del director Federico María Sardelli, dirigiendo a la agrupación Modo Antiquo para el sello Naïve, que cuenta con el concurso de una de mis debilidades: Sandrine Piau y de la no menos impresionante Ann Hallenberg, una mezzo en la que no me había fijado bien y que canta exquisitamente. La única pega que le pongo a este trabajo es el concurso del tenor Paul Agnew, el cual, no sé si es que el repertorio barroco no le va o es que no está a la altura. De todas formas, interviene muy poco. La grabación es también muy buena, como acostumbra a ser en este sello.

En resumen, un trabajo para variar de repertorio y todo un disfrute para los sentidos.

"Deja que el viento azote tu rostro"

La luminosidad de un cielo ibicenco espléndidamente azul le hizo entornar los ojos al mirar hacia arriba. El sol estaba justo en su cenit, por lo que tuvo que valerse de una mano a modo de visera para ver cómo un nutrido grupo de gaviotas cambiaba de dirección constantemente, como si no tuviese claro adónde ir. La bandada pareció por fin orientarse y al rato desapareció por detrás de los edificios abandonados del viejo faro. Hacia allí se encaminó, llevando su paso a la carrera, preso de una gran excitación. Una vez en el edificio subió las escaleras que llevaban a lo más alto del faro y pronto estuvo delante de multitud de aves que pugnaban por encontrar un lugar dónde anidar. Las aves no se vieron importunadas, puesto que sus visitas eran frecuentes y su presencia, soportada. Pasó entre parejas que se esmeraban en cortejos amorosos, entre nidos con huevos o pajarillos recién nacidos, y entre polluelos que, recién abandonado el nido, se esmeraban en experimentar con sus primeros vuelos. Se quedó mirando a uno que, después de agitar decididamente sus alas varias veces, se elevó torpemente, dio un par de vueltas sobre el mirador y fue a posarse como pudo a sus pies, como esperando una ovación. Todavía fascinado por la demostración, se dirigió hacia la barandilla protectora y allí se quedó mirando largo rato hacia la inmensidad del mar, dejando que sus pulmones se impregnasen de la suave y húmeda brisa marina.

La fascinación de Angelo por las aves le venía de muy atrás. Cuando contaba apenas un año de edad su padre le regaló un canario de un llamativo color naranja. El pájaro era especialmente parlanchín y pasó a ser, ya desde el primer día, el pasatiempo preferido del niño. Ni el mismísimo sonajero, ni el socorrido chupete, nada le consolaba cuando rompía, por una u otra causa, a llorar. Sólo Pavarotti –así bautizaron al ave- lograba el milagro de hacerle callar cuando repicaba con sus sonoros trinos. En ocasiones, su padre liberaba al ave de su reclusión para que Angelo se divirtiese viéndole volar. Lo cierto es que cuando lo hacía el niño quedaba fascinado, siguiendo al pájaro por toda la habitación sin perder detalle. Ese fue su primer contacto con estos gráciles y vivarachos seres. Contacto que ya no perdería en toda su existencia.

Y llegó el día en el que Pavarotti murió. Ése día fue recordado por Angelo como el más triste de su vida. Tardó mucho tiempo en superarlo y fue gracias a que su padre, que viendo que las aves en cautividad no captaban ya su atención, le instruyó para poder disfrutar con ellas en libertad. Aquí nació su verdadera pasión, comenzando a leer todo lo que caía en sus manos y a experimentar sobre el secreto de su vuelo. Cuando llegaban los Reyes Magos o los cumpleaños siempre pedía como regalo trajes de héroes voladores: Spiderman, Batman, Supermán,... todos esos trajes formaban parte de su especial guardarropa, pero cuando comprobó que no le servían para sus fines los olvidó y arrinconó en el fondo del armario.

Su obsesión por volar llegó a ser agobiante y su madre no permaneció ajena a esta preocupación. En cierta ocasión le dijo: “Verás, hijo, las aves vuelan porque sin esa facultad no podrían subsistir. Es su vida y les permite alcanzar su sustento. No saben hacer otra cosa. Los humanos somos más complejos y tenemos otras habilidades que nos permiten realizar nuestras funciones. No necesitamos volar para sobrevivir. Si quieres experimentar esa sensación sube a un sitio bien alto, cierra los ojos y deja que la brisa te azote el rostro. Abre los brazos y déjate llevar por tu imaginación. Te aseguro que puedes llegar a sentir tal grado de libertad que te parecerá que estés volando”. Angelo escuchó atentamente todo lo que su madre le explicó, pero se guardó mucho de decirle que lo que ella recomendaba era lo mismo que venía haciendo desde siempre y que la sensación experimentada no se parecía en nada a la libertad que él anhelaba. Le haría caso, aunque sólo en parte.

Desde lo alto del faro Angelo observó cómo el sol atravesaba fugazmente el horizonte, dando paso a un incipiente crepúsculo. Daba la sensación de que el astro tenía prisa por recogerse para ir a aparecer en otro lugar. La barandilla protectora le llegaba por encima de la cintura y estaba sostenida por multitud de contrafuertes transversales que contribuían a darle solidez. Pasó una pierna por encima de ella y después la otra, de tal forma que ahora estaba asido, pero por la parte de fuera, por la parte que da al vacío. Separó cuidadosamente sus manos del cuerpo, yendo a agarrarse todo lo lejos que sus brazos le permitían. Una ligera brisa alborotó sus cabellos, mientras varias gaviotas que habían permanecido a su lado emprendieron el vuelo, como invitándole a imitarlas. Cerró los ojos y liberó sus manos de la barandilla.

No llegó a volar. Y no lo hizo porque el sol hubiese derretido sus alas, o porque, de haberlas tenido, hiciese ademán de utilizarlas. No, no voló porque siempre tuvo claro que sus brazos no servirían para elevarle, puesto que no era un ave ¿O tal vez lo era? En los pocos segundos que duró su aventura encontró por fin la libertad que tanto había estado buscando, ese viento al que su madre hacía referencia, ese fenómeno violento que azotó con fuerza su rostro. Fueron los segundos más largos de su corta existencia.